El Mago sin Dientes y la República Sadomasoquista

December 1, 2016

 

 

Pablo Cabaleiro, más conocido como el Mago sin dientes, saltó a la fama cuando Ricky Maravilla le dio una piña en cámara y, abracadabra, le hizo desaparecer un diente. La trompada no fue fortuita, sino que está anudada en un torrente de significantes que convierten al Mago en una figura histórica, en la que el bullying toma un cuerpo social.

 

El Mago sin dientes fue al Colegio San Martín de Avellaneda, escuela centenaria de la que egresaron Jorge Lanata y Mariano Martínez. Se cuenta que el Mago cumplía años todos los días y que, ya vejado en la primaria, sus compañeros contribuyeron a estirar sus orejas. Con el clásico tirón por año cumplido, a diario, no se buscaba contribuir al desarrollo de su sabiduría, como se pensaba en la antigüedad.

 

El mago fue uno de los niños más abusados de su generación. Como el niño proletario, era diariamente humillado por sus compañeros ricos. No había más placer que torturarlo y ver en su cara una mezcla de idiotez y terror.

 

Como aquella tarde en Entre Ríos, en un campamento, los niños vacilaban: ¿a qué nuevo tormento lo iban a someter? La venganza burguesa y el goce de obligarlo a masturbar a un compañero en público, a mostrar la virilidad de los otros con la primera eyaculación de los once años y a tragar el semen de los compañeros mezclado con el de animales. Pero esa no fue su mayor humillación.

 

A pesar de liderar el podio del bullying, el mago no era el niño más débil del curso. Otro infante deforme, petiso, raquítico y con asma podría haberle arrebatado el trono de bufón. Pero el petiso tenía algo de lo que el mago carecía, y de ahí que fuese defendido por los malvados colegiales que obligaban al mago a ser golpeado por el petiso, sin que pudiera defenderse.

 

Quizás aquella tarde en Pasión de Sábado, Pablo Cabaleiro creyó que la historia iba a cambiar y que por fin iba a llegar el día en que pudiera transferir su fantasma. Tenía la oportunidad de someter al Petiso Maravilla, burlase de él en una cámara oculta. Pero el mago estaba condenado por el significante, por esas orejas que en Occidente son motivo de burla, por esa cara que convoca al cachetazo. Y otra vez, el petiso iba a golpearlo, a sacarle un diente y a bautizarlo.

 

El mago, en lugar de encerrase o suicidarse, transformó las consecuencias de pertenecer a la clase explotada en potencia, en humor.

 

El poder padecer se hizo poder. Y es así que el mago encarna esa clase pestilente, White Trash, detestada por la burguesía y los intelectuales: es el invisible que encarna al sujeto de la historia actual.

 

Las sociedades se describen bajo el mito de los de arriba y los de abajo, pero hay muchas formas de estar arriba y abajo. Muchas veces los de abajo son erótica y políticamente más vivaces, exigentes y necesitados que los de arriba, y controlan la escena como el masoquista que arrebata la energía del sádico, como el masoquista que dicta las órdenes de tortura. La cultura White Trash, con el Mago, pudo contrarrestar su invisibilidad con la humillación y la venganza.

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