Desayuno de luz

December 4, 2016

 

Escribí este texto porque me parece que para desorganizar el mundo, para abrir una noción de lo que puede ser el caos en el lector, para grabar en las hojas la experiencia del invento, para decir cualquier cosa y que suene a amor, para materializar la palabra libre, está este libro que hoy presentamos, que mañana ustedes leerán y que se llama Fuente de Chocolate.

 

La imagen de una fuente tiene en sus bordes el misterio del origen. Una fuente es importante cuando nos preguntamos de dónde vienen sus aguas, o mejor, algo más "metafísico": ¿de dónde viene el agua? Y esto porque el libro tiene el encanto de los grandes enigmas aunque aprovechado para rascarse la cabeza mientras se lanzan al aire pavadas preciosas o sensaciones no evidentes. Tiene algo de surrealismo del siglo XXI, que empieza y termina aquí, en estos sueños. Todo lo que sucede y lo que es en el libro no se puede tocar porque existe la magia, que es el sexto sentido. Algo más: logra emocionar hasta el tuétano a través de disparates. Una literatura así es casi imposible, se me ocurren pocas personas que lo logran, muy pocas, una fue María Guerrieri, que acaba de pasar a la historia íntima de la lectura.

 

Una imagen inaugural del libro lo permite todo: alguien está en una bañadera y llega a la pampa. Es la imagen de la comodidad previa a la ilusión y al bienestar. ¿A dónde nos puede llevar el bienestar? A una hipnosis que tira para adelante. La escritura se para en la primera página para confesar su plan de hechizo, una relación orgánica entre los elementos de la naturaleza (con las personas incluidas) bailando en la literatura. Hay una imagen del primer cuento del libro que me parece una definición de la literatura para que esta no defina. Una nena está descansando después de comer tirada en el pasto pampeano y mira las nubes. Dice el relato: "Las mira mucho, no sabe qué son". 

 

Sin solución de continuidad hay algo de la más extrema invención, una invención tierna del mundo, un mundo lo más tierno que se pueda. Solo alguien que piense al mundo con piedad, con una inocencia poco habitual y afirmativa, puede escribir un cuento en donde los protagonistas sean dos triángulos: Jorge el triángulo y el triángulo Arturo, que dicen frases barrocoides como esta: "me enmaraño con las lianas". En una parte de ese cuento uno de los triángulos piensa en la palabra Tiempo y al pensar una letra se le cuela la letra k. Ni más ni menos. Como si en la imaginación de las palabras que tratan de nombrar al mundo siempre hubiese un musgo vivo dentro. Como si en toda mirada hubiese fantasía. 

 

En Fuente de Chocolate existe la posibilidad de las vidas imaginarias, es lo único que existe. ¿Hay algo peor que las vidas no imaginarias? ¿Hay algo peor que las vidas reales? Es que aparecen triángulos, que terminan siendo lo más lindo que hay, pero también aparecen esclavos, que son lo más terrible que hay. José Luis Mangieri una vez fue a China en pleno maoísmo y habló con un obrero de su generación, este le contó que su madre había sido esclava. Mangieri dijo: “en ese mismo momento pensé en la avenida Corrientes”, como comparando realidades lejanísimas. Hegel pensaba que los esclavos tenían la potencia del que no tiene nada, la potencia de negar, la llave de la libertad. Podríamos pensar en los lectores esclavizados por la literatura mala: ¿Cómo podemos hablar de un esclavo que cuando deja de ser esclavo se muere?

 

También está el capricho, leemos: “siempre, siempre, siempre”. También hay una puerta de tela, o sea una puerta imposible. También está el idioma impresionista, con frases como "la reverberación dorada del agua". También hay un parto dulce. También hay una revelación sobre los vestidos, sobre su capacidad, sobre el capricho de tenerlos, los caprichos del cuerpo que quiere sentirse bien. También hay metamorfosis, las cosas que pasan de un estado al otro sin transiciones, con puros efectos que las deforman, como si las cosas siempre estuviesen en un estado de situación, nunca definitivas. Es ahí donde se acerca a la poesía de Juan L Ortiz. No solo lo más real es lo más imaginario, como es en Juan L. el río, la naturaleza, sino que aun cuando queremos imaginar lo más real, se nos termina escapando. La literatura está, entonces, condenada a escribir lo que se va, el proceso por el cual las cosas dejan de ser lo que son. 


Es un libro sobre la melancolía. Sobre las sensaciones que se van. La melancolía proviene de sentir las cosas, de encontrar el meollo, de huir de la superficialidad. Si huimos de ella estamos en la melancolía. Lo que nos fascina de la melancolía es que nos saca del tiempo. Nos abre un tiempo sin estructuras, nos dice que somos unos reprimidos y que puede haber luz. Toda la vulgata de los pensamientos bajos como pensamientos oscuros es propia de nuestra conciencia vencida por el terror, los oscuros somos nosotros. La tristeza y el miedo, cuando salen, purgan. 

 

Es un libro sobre la fiesta y la paz. Hace poco fui con una amiga a una fiesta a la que nos daba miedo ir, era una fiesta real porque fuimos con miedo y salimos iluminados, valientes. La melancolía empieza cuando nos damos cuenta de que la fiesta es fiesta porque es una excepción. La fiesta nos daba miedo y la fiesta nos sacó el miedo.

 

El libro se cierra con unos aguafuertes sobre Disney. Pienso a Disney bajo la idea de parque. Un parque es algo organizado, extendido, medido, previsible, sistemático. No hay antónimo para la palabra parque. Para una contribución al antónimo de la palabra parque agregaría la palabra fuente.  Una fuente expulsa, emana y purga. También chupa, ingiere y roba. Este libro es una fuente, un espacio real que nos da la chance de vivir irrealmente, esto quiere decir acercarnos más a una palabra que nos da miedo, la palabra libertad. 

 

El lector está parapetado en el libro, empalagado pero al borde de un abismo. Es esa angustia que debe dar saltar al vacío, ese vacío lindo en el alma, ese alivio del paracaídas cuando para la caída y todo queda suspendido. Perdón por el bochinche de la descripción, me parece que el libro genera eso: ruidos, no ruidos molestos, ruidos armónicos. Sí, es un poco paradójico, la palabra ruido connota generalmente fastidio, pero acá no. Para que haya un regocijo en el silencio tiene que haber un ruido, o un goteo de una canilla cuando nos vamos a dormir. El libro abre una canilla y se para a cerrarla, el que queda tendido en la cama de un hotel con sábanas nuevas es el lector, que pasa de largo por una montaña rusa, por los pozos de aire de los fragmentos del libro y se emociona. 


Tuve un diálogo conmigo mismo:

-¿En una novela entra todo? 
-Claro, sí, obvio, es el género por excelencia donde entran todos los géneros
-Aha, ¿y en un cuento?
-Y sí, también puede entrar todo
-¿Y en un poema?
-Ni hablar, también, muchas veces la poesía se encarga de romper todo. Por ende si se rompe todo, todo entra. 
-¿Y en una obra de teatro?
-Claro, porque representa. Representa cosas y todo puede ser representado. 
-¿Y en una pintura?
-Claro, también, porque es una imagen. 
-¿Y en la vida?
-Obviamente, ni hablar en la vida. Cómo no va a entrar todo en la vida, si la vida es todo. Es todo y es lo único. La vida es eso: la posibilidad de que pase todo. La posibilidad de cualquier cosa....

 

Por eso el libro de María es un libro vital, porque su género es la vida. No clasifica ni organiza. Solo escribe como si escribiera, como si pintara, como si esculpiera, como si hablara. Escribe y vive.

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