• Miguel Garutti

La bienal que no se rescata


Cuando vine la primera vez hace un par de años tuve la sensación de que la ingeniería civil de San Pablo es resultado del complejo de inferioridad de los paulistas ante la geografía carioca. Una ostentación de hormigón moldeado en puentes, túneles, museos, bancos. Y la navidad era la primavera de las construcciones. Me acuerdo de ver papanoeles robóticos gigantescos con millones de lamparitas. En la avenida principal había un palacete blanco donde funcionaba la sucursal vip del Itaú --la línea se llama Personnalité, más dorado y más francés que los otros bancos. Frenético de navidad, el palacete tenía en el techo una máquina que escupía nieve artificial a la vereda, que da a un parque muy tropical. Pueden. Podían.

Ahora el palacete está envuelto en un alambrado olímpico de dos metros y medio de altura, coronado con un rollo de un tipo de alambre de púa que tienen acá, que es distinto porque en lugar de púas tiene navajitas. Eso sí, las paredes siguen blanquísimas. No pude encontrar ningún texto que lo confirme, pero me parece un mensaje claro: austeridade, minha gente. Es que acá no hay paciencia para metáforas. Itaú, sponsor principal de la 32ª Bienal "Incerteza Viva", repitió el mensaje. Por todo el edificio había bancos hechos con compensado virolinha, la madera más barata del mercado. Funciona: “eco” de económico y de ecológico.

La situación decepcionó a algunos críticos. Esperaban algo más arte, menos gama de los tierra, más divertido, menos discursivo, menos monotonía de los años setenta, dijeron. Casi que recomendaron no ir. Pero la Bienal eco y “anti-falogocéntrica” fue record de visitantes. Y otros críticos reclamaron, ante la incertidumbre general, afirmaciones contundentes. Que en parte también las hubo. El último día vi cómo tiraron a una docena de performers envueltos en bolsas de basura. Charcos de sangre. Bombeiros. Pero nadie pareció demasiado incómodo ni sorprendido. Todo está muy tranqui. Ya no hay resto para escándalos.

En la primera página del catálogo retumban las palabras de compromiso del ministro de cultura golpista: “con gran sensibilidad, los artistas nos ofrecen interpretaciones de la realidad que estimulan nuestro desarrollo emocional y sensorial, dibujando caminos para nuestra propia comprensión y engrandecimiento en cuanto experiencia civilizatoria”. Qué vergüenza. ¿Será que también le pedimos demasiado al arte?

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