• Mario Scorzelli

La navidad del arte


Se acerca el fin de otro año en la ciudad, los galeristas van cerrando sus locales y armando las valijas para viajar al país en el que se realiza la próxima feria mientras piensan cuántos perfumes van a comprar para olvidar el olor del Riachuelo.

Son unas vacaciones merecidas. La asociación de galerías de arte trabajó mucho para elaborar métodos de evasión fiscal, trámites de subsidios, el blanqueo y otra serie de responsabilidades burocráticas que sirven a los fines de regular el vector por el que circulan las mercancías en el arte.

Los objetos de las últimas muestras se van amontonando en algún rincón, ocupando inútilmente un espacio en el mundo, como los paquetes envueltos en papel de regalo que descansan al pie de los árboles navideños pero con una sutil diferencia. Esos objetos que estuvieron en una galería de arte tuvieron una vida intrascendente y ahora nadie los reclama, mientras que los paquetes abajo del arbolito parecen tener toda la vida por delante.

Si creyera en una visión dualista del mundo diría que es un momento en el que las formas coinciden con sus contenidos. Los galeristas se pasean como turistas, visitan los lugares más conocidos y se autorretratan en imágenes y textos banales, mientras las obras descansan en galpones como la materia acumulada de un basural.

A todo esto, los curadores se apresuran a producir muestras y llenar los huecos en las agendas de las galerías que ya están pensando en el próximo año. La operación es siempre la misma: un grupo de obras se reúne bajo un título diferente para nombrar siempre lo mismo. Los títulos y las imágenes funcionan como apariencias cambiantes de lo siempre igual, como si en el fondo hubiera algo imposible de cambiar: el arte contemporáneo. ¿Eso es todo lo que podemos hacer? Los artistas deberíamos sentirnos muy decepcionados.

En el sector público también necesitan vacaciones y volver con aires renovados, pero ese es otro problema diferente, quizás peor.

Diciembre solía ser un mes de alta conflictividad, en el pasado exhibía movimientos de insurgencia que hoy parecen estar sepultados. Los adornos navideños cubren la ciudad con los colores rojo y verde de Papá Noel y el arbolito. Pero esos colores son también los colores de los libros que alguna vez escribieron Mao y Gadafi.

Aunque esos libros fueron escritos por personas derrotadas, tal vez hoy puedan ayudarnos a pensar qué se puede hacer para dejar atrás la idea que repiten una y otra vez los galeristas y los curadores sobre el arte contemporáneo. Esa idea sobre el arte contemporáneo ya parece ser algo del pasado.

Quizás podemos llevarnos esos libros a la playa para leer y pensar: ¿qué queremos hacer el año que viene?

Espero que volvamos menos melancólicos, que dejemos de tener esperanza en esa misma idea que vienen repitiendo los curadores y los galeristas para poder empezar a decir que ya no se trata del arte contemporáneo sino de algo peor.

(Mientras tanto, abajo de un arbolito, otro libro rojo espera ser leido. Es el libro de Vladímir Putin, subtitulado Palabras que cambian el mundo, que ya se encuentra disponible en el mercado.)

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