• Pablo Rosales

Están muertos


Hace unos años me sumé a una comitiva de jóvenes artistas bahienses para visitar la colección de Juan y Patricia Vergez: una singularísima ex fábrica ocupada por grandes instalaciones de artistas de renombre internacional como Martin Creed, Rirkrit Tiravanija, y Olafur Eliasson, entre otros, que sólo puede ser visitada con cita previa pues no abre al público. Recorrimos los varios pisos y nuestra guía, la propia Patricia Vergez muy amablemente encendía y apagaba a nuestro paso tanto las luces de la salas como las obras que requerían de la electricidad para su correcto funcionamiento. Normalmente, cuando uno llega a un Museo los espacios se encuentran ya iluminados y en funciones, por lo que es extraño representarse esa verdadera “noche de los museos” cuando las obras duermen ocultas a la visión humanoide que les da sentido.

Una de las obras era un políptico de pinturas de un artista joven alemán de los años 90: en las telas había pokemones, había chorreaduras de vivos colores, había textos manuscritos, había algunas figuras abstractas –dichas “geométricas–”, todas figuraciones conviviendo como garabatos en una hoja, pero que componían un gran y placentero políptico mural. Patricia nos cuenta que este artista, que era muy exitoso y también joven, un día toma un vuelo Berlín-París, el avión cae, y muere. Entonces nos señala un texto en un sector de la pintura que de algún modo hace mención a la muerte; un texto que recuerdo vagamente, oscuro, pero quizás irónico en contraste con estas figuras alegres (y también) siniestras que el artista pintaba. Patricia dice-No sé qué piensan ustedes… pero yo creo que el quería morirse…” la visita continuó con normalidad, pero esas palabras resonaron en mi recuerdo claramente hasta hoy. El comentario me pareció injusto. Pensé que este joven (ahora eterno) solo quería seguir “triunfando” y disfrutando de fiestas (y quizás drogas), no lo podía imaginar siquiera pensando en su posible muerte, pero quizás lo que me enojó es que no pude dejar de notar que la autoridad de quién pronunció la sospecha mortal provenía de ser la propietaria de la obra a interpretar. Si bien la burocracia de historiadores comisarios y críticos del arte filtran las voces de los tenedores de las obras y los reducen a una cartela de agradecimiento por el préstamo eventual de la pieza, eso no me tranquilizó.

Entonces comprendí, o me empezó a gustar (que es casi lo mismo) ese díptico de pinturas de Clorindo Testa donde hay una cabeza sin cuerpo (o un cuerpo sin cabeza: conozco dos versiones) y en una pintura escribió “estoy vivo” y en la otra “estoy muerto”. Las dos afirmaciones son ciertas, sólo dependiendo de la instancia de la contemplación: al realizarlas, el pintor estaba vivo, indudablemente. Luego, estuvo muerto, pero se dice vivo a través de su obra; del mismo modo que en la obra, mientras vivía el artista ya estaba un poco muerto. La cuestión que me interesa en las obras escritas o los textos en las obras es: ¿cómo la obra que decimos querer que “hable por si sola” también puede hablar por nosotros cuando ya no estemos presentes? Y de esta manera quizás evitar que la muerte del artista se transforme en el consumo de una vida como obra.

El colmo de la muerte del artista como justificación de una obra es el suicidio como obra de arte. La frase “This is my best work of art” rematada con la palabra “fin” escrita en la mano del artista Alberto Greco: ¿es la obra de un simple loco?, ¿o un incivil bromista dispuesto a llevar su chiste hasta el final? Lo más horrible de esta actitud de suicidio por el arte es, creo yo, el satisfactorio efecto de comprensión que se produce en el espectador, que da por tierra todo lo construido por la obra, para reducirla a una anécdota moral.

Aparte, suicidio y sociales: Jan van Ader: ¿primer víctima de la Selfie de riesgo? Santantonín: ¿un suicidado por la sociedad del espectáculo? Mark Rothko: ¿El exceso de espirituosidad conduce a la muerte?

Aclaración: El investigador Fernando Davis a quién consulté vía Facebook, me aclaró que se conoce que Alberto Greco escribió la palabra fin en sus manos por el testimonio de su amigo Claudio Badal que es quién encontró a Greco en su casa agonizando y lo llevó al hospital en el que finalmente murió. Su declaración aparece en el catálogo de la retrospectiva de Greco en el IVAM de Valencia en 1991. La frase “Esta es mi mejor obra” escrita en la pared es un mito del cual no existen pruebas, seguramente propiciado por los dichos del propio artista. Me tomé la libertad de traducirla al inglés para equipararla al “My life is my best work of art” de F. M Peralta Ramos.

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