En la vida hay que elegir

March 14, 2017

 

El fútbol, la cumbia a todo volumen, el agua podrida del Riachuelo y algunas cositas más llenan de brillo y miseria al barrio de La Boca, ese mismo barrio que al igual que San Telmo fue un barrio de clases adineradas durante buena parte del siglo XIX. Sin embargo a finales de ese mismo siglo, cuando la fiebre amarilla azotó a la población, los ricos se fueron hacia el norte de la ciudad para estar más tranquilos y menos enfermos. Así dieron origen al barrio de Recoleta, sin saber que su viejo barrio se convertiría en un aguantadero para los inmigrantes y obreros. Hoy, La Boca es un híbrido de sectores populares, centro turístico y germen del mundo del arte (Distrito de las Artes en términos macristas).


En ese Distrito de las Artes sucede La Evaporación del Encanto, una muestra de Nani Lamarque. En su trabajo siempre se veían cosas generadas durante “la década ganada”, como remeras de La Cámpora o panfletos kirchneristas, pero “la década ganada” terminó y ahora empezó “la revolución de la alegría” -ah, qué lindo estar contento-. Un objetivo de “la revolución de la alegría” es crear ese Distrito de las Artes mencionado anterioremente en el barrio de La Boca a costa de… bueno, qué importa el precio a pagar. Lamarque, atento a las coyunturas políticas, dejó de lado la estética kircherista que buscaba el empoderamiento del choripán para nutrirse de una más acorde a estos tiempos: fotitos medio low d iluminadas por un foquito bajo consumo, una película con imagen y sonido HD, esculturas hechas con basura del barrio y un conjunto de pinturas colgadas entre las rejas de la trastienda de la galería como plato principal.

 

A Lamarque lo marca demasiado “la década ganada”, es un claro sujeto kirchnerista, pero no se acopla a cantar lo que algunos llaman la canción del derrotado. Porque a quién le gusta la derrota. Aggiornado su arty-kircherismo, ahora señala en su muestra las tensiones que habitan en ese barrio que el macrismo (y por qué no también el mundo del arte) busca revitalizar. Digamos que La Evaporación del Encanto es otro capítulo algo ajado dentro de la crítica institucional (incluso critica al mercado del arte al vaciar y exhibir la trastienda en la sala la galería) y conduce hacia un objetivo difuso, un señalamiento hacia la nada, una crítica hacia algo que “está mal” pero que en el fondo seduce: todo lo que se muestra en La Evaporación del Encanto circulará por el mercado del arte bajo las reglas que este impone -razonamiento crítico incluido. En esa niebla confusa hay que preguntarse si, al igual que en cualquier discurso gubernamental, el contenido es cínico o ingenuo.

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