• Lucrecia Ganzo (Libres del Sur, Berazategui)

El provinciano curado


Hay que tener cuidado cuando el mundillo del arte te da luz verde para exponer tu obra en instituciones hegemónicas y deformadoras como fueron, son y serán los museos. Te pueden comer vivo o peor aún curarte de una enfermedad que nunca tuviste. Este es el caso del Gabriel Chaile, el artista del raro peinado cool que expone actualmente en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. La exhibición o la justificación de la misma ubican al sincretismo como recurso fundamental a la hora de poblar de “significados simbólicos” los materiales con los que se hicieron las obras. El adobe y el ladrillo son materiales de los maestros de oficio, no tienen simbolismos propios sino que necesitan de un maestro del arte, de una cosmovisión elevadísima para ver en el ladrillo, en la tierra y en el barro aquello que por sí solo no parece tener valor simbólico. Por suerte, están los artistas para extinguir el silencio que hace dormir a los objetos. Lamentablemente un artista puede hablar de cualquier cosa, pero no significar cualquier cosa.

Lo de Chaile en pocas palabras: una escultura enorme con pechos y huevos incrustados, un horno de barro símil jirafa que estaba muy contracturado en esa sala tan chiquita. Había unos mantras dibujados en la pared, estilo jeroglífico, y en un extremo de la pared una estructura de madera que sostenía un colchón y ese colchón sostenía un parlante y ese parlante sostenía un vaso de agua. Eso no estuvo mal, parecía un chiste. Algo liviano dentro de tanto barro impoluto. Toda la muestra sostiene la idea de un tucumano que viene a contarnos a modo de bienal de São Pablo los misticismos de su tierra y su infancia. Ese es el tema, que las obras de Chaile hablan mucho de él y no de sí mismas: todo gira alrededor de lecturas que hacen los circuitos artísticos blancos sobre un artista que viene del interior. Viste cuando una señora de country se asombra con la pulsera rara que tiene su mucama y ella por compromiso se ofrece a traerle una. Bueno, algo así. Digamos que ante tanta metáfora expuesta no queda mucho espacio para el misterio, la muestra escupe e impone relaciones vagas entre el arte y la antropología. El texto de sala cocina a fuego lento toda la ficción curatorial y las obras sorprenden por ser tan obedientes. En un momento durante la inauguración, la curadora no paró de referirse a la provincia natal de Chaile y cómo influyo no solo en la obra de Chaile sino en la historia de la Argentina entera. Una pregunta de manual dentro de la exhibición que justifica todas las intenciones del artista en su región, en su biografía. Y lo peor: el artista parecía bastante cómodo dentro de ese encierro.

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