Somos lindxs

June 20, 2017

 

Una forma recurrente que adopta el arte contemporáneo es la performance que orienta el cuerpo en dirección al deseo para combatir -aquello que continuamos llamando con una increíble falta de creatividad- el capitalismo.

 

Ese discurso paradójico que exalta “la sensualidad” y “la pasión” de la misma manera que cualquier anuncio publicitario es una gran mentira. El cuerpo es una performance constante que no sucede solamente durante la inauguración de una muestra. Después de que los artistas dejan de hacer sus movimientos “aparatosos” la performance continúa tristemente como la vida.

 

El capitalismo es un gatito y no le tiene miedo a la gente mimosa. La única forma de enfrentarlo es a los golpes, de esa manera uno puede lograr sacárselo de encima un rato, como sucede a veces en Medio Oriente.

 

Parece que allá tienen una forma particular de transformar su cuerpo que a la vez transforma el conjunto de la sociedad. Es la forma del cuerpo-bomba de las personas que se inmolan por su pueblo.

 

La idea progresista que afirma la existencia de un cuerpo-juguete que el individuo puede transformar libremente de acuerdo a su voluntad y de esa manera permanecer a salvo de los males del capitalismo no solo es falsa sino que es fea.

 

Mientras alguien está reventando su cuerpo por los aires otros durante los días de inauguración se maquillan y se ponen ropas “extravagantes” para hacer “performance”. Eso, en el mejor de los casos, lo peor que puede hacer es herir los sentimientos de alguien que se sienta burlado, utilizado, esnobeado o banalizado por el arte contemporáneo.

 

¿No seria un poco injusto para el cuerpo-bomba decir que ese cuerpo-juguete es un cuerpo anticapitalista?

 

Es como comparar una estrellita fugaz con una bomba molotov. Quien prefiere ver un palito que tira chispas en línea recta hasta extinguirse en silencio antes que una botella prendida fuego volando con una gracia superior hasta estrellarse y explotar contra algo. Hasta los nenes más chiquitos lo saben, los matices del sonido, lo impredecible, las llamas del fuego insurgente, las cosas derretidas, los efectos, todo es mucho más lindo.

 

Ese cuerpo-juguete puede ponerse un poco de rouge en la boca para sacárselo a la noche antes de dormir así no mancha las sabanas nuevas, pero no puede combatir el capitalismo.

 

Lo único que puede hacer es un buen negocio y sacar algo de provecho explotando los discursos de las “luchas sociales” que, a pesar de los golpes, parecen seguir gozando de una buena imagen.

 

Son esos mismos artistas, indignados por el cyberbulling que realizan los famosos, los que de alguna manera se están burlando de los pobres, los inmigrantes y los aliens con su performance.


Para ver hasta que punto el capitalismo es inmune a los mimos alcanza con observar que la gran mayoría de las personas no tiene problemas en darle un abrazo y una palmada a un inmigrante para sacarse una foto y subirla a su facebook. El verdadero problema llega a la hora de tener que compartir sus propiedades.

 

El capitalismo no está muy asustado por las operaciones de cambio de sexo, los videos hots, los reclamos de libertades individuales o los movimientos progresistas y mucho menos por el arte contemporáneo, sin embargo parece tener un poco más de miedo con los misiles de Kim Jong-un.

 

Quizás la única forma de transformar la sociedad a partir de una transformación en el cuerpo sea reventando por los aires y el arte tal vez sólo sea una forma más de esa gran competencia retórica para ver quien parece ser el que mejor defiende los derechos de la humanidad.

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