El fin de la grieta

 

Las babas del diablo se funden en los labios del curador y del artista. Una gota se escapa por el cuello de Diego Bianchi y llega hasta su pecho.  Javier villa encierra en sus manos peludas las caderas de Bianchi y aprieta hasta generar dolor. El artista afloja el elástico de su calza deportiva para que caiga, el curador entiende la señal y se da vuelta.  Los cuerpos comienzan a frotarse, los falos se agrandan como si fueran egos y uno decide entrar, el del artista. La noche ilumina la espalda de Diego Bianchi y deja ver las manchas de sudor que se borran con los arañazos del curador. El fogoso ritual se extiende varias horas hasta que ambos caen agotados, el sello de su alianza ha sido forjado. Ahora solo queda esperar los frutos de su experimentación.

 

Es un grato ejercicio imaginar cómo los artistas y curadores deciden aliarse entre sí para crear una muestra y en el caso de la exposición “El Presente está encantador” de Diego Bianchi más interesante aún pensar en los roles de curador y artista que se desdibujan dentro de un museo desesperado por construir una identidad que justifique exposiciones tan disimiles entre sí.  Diego Bianchi deja de ser solo un artista para dar cuenta de sus dotes como curador del patrimonio de la institución caprichosa.  Ahora le corresponde la “grata” tarea de revitalizar el tesoro moribundo, de hacer “un diálogo” coherente entre el pasado y el presente.  Se le pide mucho a un artista que desde hace tiempo trabaja con la opulencia y ahora la opulencia se lo devora a él.  

 

La muestra es un banquete de hipótesis sobre las “múltiples” conexiones entre las prácticas y procedimientos de los artistas de los años 60-70 con el trabajo de Bianchi.  No se entiende muy bien si hay puntos en común que van más allá de las obviedades como el exceso de materia o si simplemente Villa quiere seguir reforzando los postulados de La Paradoxa en el Centro: Ritmos en la Materia del Arte Argentino de los 60, la gran precuela de esta forzada ficción.  En todo caso el verdadero crimen reside en generar una conversación para entendidos, esa comunión entre pasado y presente queda a disposición de los historiadores de arte, artistas y demás agentes culturales que se repiten en un escenario soberbio, que no está dispuesto a darle un mínimo de información al visitante sobre las nociones de patrimonio o sobre las obras de la colección. Las personas deben conformarse con fijarse en el folleto a que obra corresponde cada número pegado en el piso. En fin, la charla infinita que propone el arte la siguen teniendo unos pocos interlocutores y el espacio, como siempre, sigue vacante.

 

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