• Jazmín Berakha

Amonitas en una bota de lluvia


Me quedé dormida cuando cayó la bomba. La humanidad desapareció finalmente y yo no me enteré. Me despierto en un pasillo, creo que es una obra en construcción abandonada y empiezo a caminar. Avanzo lento por este recorrido precario, prestando atención a los detalles. No hay rastros de personas y sin embargo, me encuentro con una serie de obstáculos que parecen tan arbitrarios que empiezo a preguntarme si no hay alguien detrás de todo eso. Tubos de luz que atraviesan el pasillo a lo ancho, a la altura de mi pecho, me obligan a agacharme. El techo empieza a bajar cada vez más. Mi cuerpo responde caminando quebrado y agazapado, como si hubiera un peligro inminente del que tengo que protegerme. Un enorme cubo de gomaespuma gris ahuecado en el centro deja ver una bola de pelos en el fondo, primer indicio de materialidad orgánica, de rastros de vida. Camino sobre un colchón tirado en el piso…¿alguien estuvo durmiendo ahí? Tal vez el cuidador de esta construcción antes de abandonarla o desaparecer. Tal vez esa persona está todavía cerca y puede encontrarme. Tengo un poco de miedo, no se si de la conciencia de estar sola en ese mundo derrumbado o de la intuición de que este recorrido es sólo el preámbulo de algo más grande que está por suceder.

Ultimamente pienso mucho en el fin del mundo. Traje de un viaje algunos fósiles de amonitas, unos caracoles marinos espiralados que vivieron en la Tierra hace millones de años. Los restos de vidas pasadas de la Tierra siempre tienen esa cualidad inherente a ella, siguen siendo parte del planeta, no son ajenos. En cambio, pensar en el fin del mundo atravesado por la humanidad es imaginar una serie de vestigios artificiales incoherentes, configuraciones nuevas e imprevisibles. Guardé las amonitas dentro de una bota de lluvia en mi valija. Amonitas dentro de una bolsa de plástico dentro de una bota de lluvia. Esa es la imagen de los futuros fósiles.

Si el fin del mundo llegó y yo sigo viva, quiero saber de qué se trata. Sigo caminando. Aparece un espacio a mi derecha, formado por la mala unión de dos estructuras que no coinciden, como si estuviese detrás de bastidores, un espacio trasero y oculto, y paradójicamente, el primero que veo con indicios de actividad. Ojos, lenguas, dentaduras y manos, unidos al azar con vendas rojas, estaqueados como cabezas reducidas de los jíbaros. Las luces de tubos se apagan justo cuando intento acercarme. Vuelven a prenderse, pero prefiero irme. El camino me lleva hacia un pasillo con más interferencias. Tengo que abrir y cerrar puertas de espejo que multiplican mi imagen hasta el infinito dándome la sensación por un momento de que hay otros humanos a lo lejos. Pero es sólo una ilusión, cuando abro la última puerta vuelvo a estar sola. Camino entregada a esta nueva suerte que me hizo sobreviviente y entro, con la sensación del viajero frente al templo de una civilización desconocida, en una gran sala donde todo está sucediendo a la vez. Es el mundo de los zombis, de las partes humanas, de los androides desmembrados en la bacanal del apocalipsis. La unión forzada de partes de cuerpos con artefactos se presenta rabiosa mientras un sonido que puede ser tanto de las profundidades de la tierra como del espacio, avanza y me invade.

¿Esto es el futuro o el infierno? Me pregunto mientras camino a través de la discoteca de los desarmados. Me detengo frente a una gran pared de espejo y el tiempo se estira indefinidamente mientras me miro a sí misma y me doy cuenta de que la extraña soy yo. Soy la única cosa simétrica que existe en este lugar. Tengo dos brazos, dos piernas y una cabeza en el medio de los hombros. Dos cejas, oscuras y equidistantes. Mis ojos están abiertos a la misma altura, son los dos marrones y están ubicados a igual distancia de mi nariz, que ocupa el centro de mi cara. La conciencia de mi propio cuerpo se suma a la música rumiante que suena intermitente en mi cabeza y empezó muy despacio a moverme. Primero en el lugar, rompiendo la simetría al intercalar el movimiento de una rodilla con el de la otra. Bajo un hombro y mientras vuelve a subir bajo el otro. Muevo una cadera para atrás y toda la pierna acompaña el movimiento que se contagia hacia un brazo y la cabeza, que también giran para el mismo lado. Quiero ser como ellos. Empiezo a recorrer el espacio sin un camino armado, saludando a mis nuevos amigos los desarticulados.

Nadie me había preparado para esto, nadie me había dicho que el fin del mundo podía ser tan excitante. La materialidad de los cuerpos presente pese a todo. El mundo puede terminar para los humanos, pero sus artefactos quedarán formando nuevas combinaciones en una fiesta infernal.

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