Un sol vectorial

October 19, 2017

 

El barrio Ménilmontant está en una colina alta, todos los lugares tienen vista. Los edificios están plantados sobre parcelas largas y estrechas, perpendiculares a la pendiente. En los 90, en una operación gris entre saneamiento y especulación, la mayoría de sus edificios antiguos fue reemplazado por bloques modernistas de bajo costo. Pudo así continuar su historia de faubourg popular, de anexo, gracias a que en Francia todo lo reciente es sinónimo de pobre. Junto con Belleville, se convirtió en un área de nuevos espacios de arte, algunos autogestionados, que intentan esquivar el ciclo de vida que los hace desaparecer, como Castillo Corrales, o los convierte fatalmente en galería, como Shanaynay / High Art. Entre esas empresas heroicas está Julio, el espacio de María Ibáñez Lago y Constanza Piaggio, que pone en contacto artistas argentinos con extranjeros y hace una muestra por mes.

 

El espacio que recibe a tous les poissons sont pacifistes, la muestra de Carlos Huffmann, Florencia Rodríguez Giles y Romain Sein es una caja de luz, al que se entra como a una pecera. Las obras están colgadas a alturas dispares, en el piso, en el techo, muy arriba o muy abajo. Contrariamente al precepto minimalista en donde el sagrado recorrido del ojo humano termina la obra, acá las propiedades del ser humano no cuentan. Para entrar al mundo vital del agua hay que acudir a  instrumentos de visión y respiración que actúan como prótesis de la gravedad. Se siente el detenimiento de uno mismo frente al mundo, escuchamos nuestra respiración y percibimos nuestro peso. Como las atmósferas de Pierre Reverdy, en donde nuestro paso es mas pesado, todo se invierte y “el mundo se cierra sin ruido y de una sola vez”.

 

Como en los sueños. Hace años que Florencia provoca situaciones de extrañamiento en acciones colectivas que buscan activar un estado de conciencia que quiebre nuestros hábitos de percepción. Como las construcciones de danza de Simone Forti, despiertan el reservorio de fuerza de lo comunitario, capaz de reemplazar la fragmentación rígida por movimientos orgánicos sin premeditación. En un contexto actual de absorción solitaria, pero no íntima, en la tecnología, éste es un momento excepcional de atención, que exige negociar con los objetos que se tienen enfrente, máscaras, esculturas, sonidos, graduaciones de luz. Las máscaras de la exposición y las acuarelas son el registro catectizado de estas experiencias, sin los cuerpos que en algún momento los ocuparon. Éstas fueron respiradas, prestadas, manipuladas e interpretadas durante la serie de performances que se llamó la noche salva.

 

Las obras de Carlos tienden líneas y lazos que tratan de atravesar los límites contractuales de la pintura (el marco), la escultura (el espacio entre los dos), y la instalación (el espacio entre los tres).

No es suficiente que la pintura apunte afuera de sí misma, a una red de posiciones artísticas y tecnológicas, o a chistes internos, sino a algo directamente invisible. Su última muestra en Benzacar despojaba las imágenes de la estructura que las contenía. En Instagram también postea cosas borroneadas, sin el contexto, muchas veces famoso, que las haría reconocibles. En esta muestra reincide en los espacios vacíos. Es que no hay nada, no hay explicación posible más que la arbitrariedad para justificar el salto de un medio a otro, o para el caso de un objeto hacia una obra de arte. Ese hueco se llena con historia, o como respondió Charly García en una entrevista cuando Caparrós le preguntó como llenaba el espacio vacío entre Chopin y los Beatles: con ravioles.

 

Romain Sein es el francés de la muestra, y me cautiva que haya elegido el calor extremo como fuente para acceder a un estado alucinógeno. Porque acá se manifiestan así, como olas intensas y cortas, de sólo algunos días, que quiebran el cotidiano y afectan todos los temas de conversación. En el video de Romain el mareo pesadillesco no es sólo un sitio físico sino también tecnológico. A partir de un loop de imágenes de un jardín de cactus en México recompone nuevas secuencias en photoshop que retrabaja hasta el hartazgo. Los dibujos acompañan la distorsión infinita. Uno es una mancha puntuda, como un sol vectorial, que me hizo acordar mucho a mis migrañas con aura. Cuando aparecen, me quedo ciega de un ojo y el otro empieza a ver manchas geométricas de colores – el que las sufre sabe que no exagero. Lo bueno es que son siempre una excelente excusa para dejar de hacer cualquier cosa que esté haciendo, en cualquier momento del día, tomarme un taxi – y como ninguna medicación es eficaz, salvo tal vez un rivotril – arrojarme al sueño.








 

 

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