Bien en el Mal

Cuando no hay nada para hacer se tiene al menos la palabra, la voz, o la mano para dibujar.

 

Anibal Brizuela dibuja neurosis paradigmáticas. Capas y capas de una misma pena. Ruega por la gente. Brizuela está bien en el mal, se la banca como un pendenciero que en vez de disparar pistolas las representa.

 

Tenemos la suerte de que la editorial Iván Rosado, junto a Fabiana Imola, Carina Busto y Claudia del Río, hayan hecho posible un libro con la obra reunida de Brizuela, que miramos y leemos con estupor. Tantísimos dibujos a tres colores, la mayoría confeccionados en instituciones de encierro de la provincia de Santa Fe. El autor nació en Lanús en 1935, pero no se sabe cómo llegó a la pampa gringa. El libro abre y cierro su mito, que se pasa de corazón en corazón, ahora, en quienes damos con un ejemplar.

 

Este libro arriesga una imagen del poder. Las lapiceras no sirven para firmar decretos y cheques, sino para repetir en esquemas aquello que está en la Biblia, en la escuela, en la TV, en la cola del Pago Fácil, en el diario y en la mesa del domingo: las palabras perversas que sintetizan la vida. Para Brizuela la vida está hecha de amor divino, de hospitales y de guerras sucias. Cambiemos ese triángulo por lo que querramos y en un segundo vamos a tener la certeza de lo mismo que él. Del triángulo emana una calavera que está muerta pero que puede ser también la osamenta (la energía) con la que se construye el mañana. 

 

Estos dibujos son portales para entrar a castillos medievales donde viven metaleros apocalípticos que hacen la música para ennegrecer lo que entendemos por mundo.  Date cuenta, podría decir Brizuela, estás enfermo y solo te curas si confías en mí, que soy el enfermero alquímico.

 

Los dibujos son un canto a un dios fracasado. Brizuela es bastante fascista por su formalidad pura. Colores plenos, repetidos, revestimientos planos. Son propagandas con el lenguaje del poder para decir la nada. Entonces ya no es fascismo sino su contrario. Una publicísitica para vaciarse. Frases con efecto, muy pero muy simples, que cuando se leen parecen ser lo último que vamos a leer, antes de percatarnos de que todos estamos un poco locos por aguantar las cosas tal cual son.

 

Hay que decir que Brizuela es un dark que tira para el lado de los buenos. Los edificios eclecticistas góticos del barrio de Balvanera, que construyó Virgilio Colombo en la década de 1910, son fieles compañeros de su imaginación y de sus ornamentos. La mampostería refinada y oscurantista del arquitecto se traduce en los dibujos de Brizuela, que agregan la candidez de un loco lindo.

 

Pensamos de Brizuela lo mismo que juan L. Ortiz pensaba de Federico García Lorca: que era “un niño en los infiernos con las alas del ángel de la melodía”, que “no quería poner ritmo al viento / porque escuchaba a la secreta sangre, a la profunda sangre.”

 

En este libro es posible encontrar el cielo y el infierno. Lo gracioso es que todo está puesto en la misma superficie, sin ser superficial. Tiene punch. Tiene poco y con eso sobra. Las cantidades innecesarias se las deja al mundo de los vivos muertos, los burócratas del arte y los organizadores de bienales latinoamericanas que deciden todo desde una oficina de mármol.

 

Los mensajes de alto impacto que lanza Brizuela le hablan a dios. Pero a un dios que desconoce, al que busca desde siempre. Es un artista romántico.

 

 

 

 

 

 

 

 

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