Un meñique operado con inteligencia artificial importa más que toda tu problemática

 

Hace unos días fue la marcha del orgullo drogadicto acá en Fort Lauderdale: veinte o treinta sujetos, entre usuarios compulsivos de opiáceos, anfetosos, ketosos, etc. Los de la ayahuasca y los enteógenos parece que rompieron y están armando su propia organización. Fui y me desengañé. No sirve de nada el orgullo, pensé, más que para cocinarte en tu propio tarro. Pero también tuve una visión. Se las cuento.

 

Estamos mirando a Messi arrimándose al área grande con la pelota entre los pies y los reflectores del estadio le hacen brillar los reflejos de la barba; vemos a los defensores contrarios, de tercera categoría, que tratan de rodearlo; a los aguateros; al cuarto árbitro feliz de estar tan cerquita de Messi; al público ralo del domingo a la tarde. Partido amistoso; Europa del Este. Si exceptuamos a Pipita y a algún otro, podríamos conjeturar que Messi gana más que todas las personas que lo rodean a 50 kms de distancia, juntas. Ahora imagínense que a Messi le hacen un caño, le cortan las gambetas, se cansa y levanta la mano para que lo cambien a los veinte minutos. Messi es la alegoría de la élite intelectual, en mi visión, que termina con cascotazos al micro a la salida del estadio, rumbo al 6 estrellas pagado por los contribuyentes. Le gritan a Messi, cosas feas. "Progresistas en limusina", se escucha. "Ya ni es argentino ni nada, ¿para qué vinimos hasta Smederevo? Andá a pedir por Mariano Ferreira, la puta que te paríó."

 

La fractura del compromiso de clases al interior de la izquierda no tiene otra forma: un día la elite intelectual perdió la mano y quedó desorientada. No perdió cuando a la izquierda le fue mal en las urnas sino cuando la realidad económica contravino sus imágenes, reflejándolas en una burbuja de irrealidad y volviéndolas en su contra. El progresismo de nuestro milenio quiso ser demasiado progresista en un mundo en el que, hace días apenas, el director global de Deutsche Bank dijo en una conferencia en Frankfurt, entre palitos de apio y guacamole, que la mayoría de los empleos bancarios van a ser robotizados en el futuro inmediato. Lo dijo en tono de "qué pena", "busquemos algo", mientras la izquierda estaba discutiendo en la redacción de The Guardian si las reversiones de clásicos del cine como IT o Ghostbusters son (o no) sexistas, si incurren (o no) en el whitewashing.

 

Estamos en un punto de inflexión: de aquí a cincuenta años se va a poner en discusión qué hicimos para detener al populismo de derecha, no menos que para mitigar el cambio climático. Y mejor agradecer que por ahora la derecha populista en el Hemisferio Norte no está reclamando raras intervenciones militares en países como Venezuela, sino todo lo contrario. Por ahora.

 

Debería ser obvio que la tarea de una élite intelectual capaz de contribuir al rejuvenecimiento de la izquierda sería la de intentar explicar (explicarse) el resentimiento social actual, comprenderlo, ofrecerle la mano de la empatía incluso, en lugar de negarlo o (peor) escracharlo y mostrarlo como un feto en un frasco de formol mientras se subrayan infinitamente las historias de éxito al interior de la fuerza laboral activa y sus infinitos devaneos identitarios en pos de un mundo más y más conectado, global y políticamente correcto. Porque ese feto feo que putea y come pollo frito es un feto que crece, o como dicen que hace la Bombonera: late.

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