El Sueño

January 14, 2018

 

 

Todos mis compañeros de la primaria y yo éramos hijos de la misma mujer. Los trece; ya no veo a ninguno. Yo no me enteraba por alguien en particular sino por rumores del Once, donde ya no vivo, pero me llegaban los rumores no como algo que fuera secreto o dudoso sino como algo que todo el mundo en el barrio siempre había sabido pero de lo que no se hablaba, como por una cosa de buena educación. Yo lo escuchaba fuerte y claro en Batías, un almacén que vende quesos y conservas, de la boca de una señora que lo charlaba con el dueño. La señora tenía sus compras en un canasto de mimbre y un pañuelo en la cabeza, un pañuelo distinto de los que usan las señoras que en el barrio llevan la cabeza cubierta: uno como el que tiene puesto la bruja de Blancanieves cuando la va a visitar vestida de vieja. En el sueño yo tenía la certeza de que la señora era viuda, y me preguntaba si era obligatorio para las viudas taparse el pelo, si estrictamente es una obligación que aplica a las mujeres casadas; es decir, si las viudas son mujeres casadas. Y en el sueño me distraía tanto con este tema que casi me olvidaba de la conversación de la señora, de que me estaba señalando y hablando de lo parecida que era yo a todos mis hermanitos, y empezaba a nombrar a mis compañeros de primaria. Entonces yo iba para la casa de mi mamá, mi mamá la de siempre, y le preguntaba a ella por esas historias, pero ella no quería decirme mucho, solo me admitía que era cierto, sin ceremonia, casi un poco sorprendida de que no lo supiera. Junto con Magalí y Joni, dos de mis compañeros, lográbamos localizar a un hombre que había sido el marido de nuestra mamá.

El hombre era viejo y arrugado, se parecía a mi abuelo, y usaba sombrero como hacía él antes. Se parecía en el sombrero y en el mal humor, y algo en la maldad en general, en una bronca con gente que no solo no te hizo nada sino que tendría argumentos o relaciones como para esperar algo amoroso de vos. El viejo no quería hablarnos: para el momento en que estábamos conversando ya nos habíamos juntado todos, los trece que éramos, con él alrededor de una mesa grande y cuadrada. Tuve que convencerlo de que nos dijera algo, convencerlo con argumentos. No quería contarnos, decía que no tenía por qué hablar con nosotros, y yo le explicaba que sí, que si fuéramos hijos de desaparecidos le parecería legal y razonable que quisiéramos conocer nuestra identidad, y el viejo me decía que esto era distinto pero finalmente me aceptaba que era igual, y nos contaba. Nuestra mamá se había enfermado grave muy joven, cuando nosotros éramos muy chiquitos, y se había muerto a los pocos meses del diagnóstico. Y él no tenía energías ni ganas de cuidarnos a todos entonces el rabino le dijo que quizás lo mejor era entregarnos a distintas familias de la comunidad, que además les venía bien porque podían adoptar bebés con la seguridad absoluta de que eran bebés judíos, de vientre judío. En el centro de la mesa había paneras iguales a las que había en mi colegio primario, paneras de plástico rojas, amarillas y verdes, con el mismo pan viejo del colegio. Y entonces llegó la sopa (no me acuerdo si alguien la trajo en el sueño, solo que llegó), una sopa de verduras naranja y demasiado dulce, y el viejo nos dijo que nos fuéramos, que ya estaba, ya no quería hablarnos más ni vernos más nunca más en la vida. Nos fuimos y quedó servida la sopa, los catorce vasitos descartables con el humo sobrevolando.

Aparecí en la casa de Joni junto con Gad, otro de mis compañeros. La mamá de Joni (la adoptiva) nos hacía café con leche. Nosotros tres estábamos sentados alrededor de la mesa sin ofrecer nada, como si fuéramos chicos. Comimos galletitas mientras la mamá de Joni nos servía el café con leche. Gad y Joni charlaban de cualquier cosa, creo que charlaban de fútbol, de Ríver, hasta que en un momento me enojé y les dije que teníamos que hablar de lo que acababa de pasar. Lo dije tan fuerte que la mamá de Joni se asustó y se fue tratando de no hacer ruido, nos dejó solos en la cocina. Al mirarla salir en silencio me di cuenta, o me doy cuenta ahora recordando, de que aunque en el sueño nosotros éramos adultos ella era muy joven, todas las madres que aparecen en el sueño aparecen muy jóvenes, como cuando nosotros éramos chicos, o sea que en el sueño medio que tenemos todos la misma edad, nuestras madres y nosotros. La mamá de Joni era rubia y tenía puesta una pollera color ladrillo que le llegaba hasta la mitad de la pierna.

Cuando nos quedamos solos yo me puse a llorar, y les pregunté a los chicos si no estaban tristes, angustiados, si esto que acabábamos de saber no les producía nada. Estaban un poco incómodos, pero más que nada por mi llanto. No me consolaban, no hacían ningún ademán de tocarme, solo me miraban con un poco de lástima. Se quedaron un rato callados. No parecía que estuvieran disimulando sino que realmente no les importaba tanto, como a mi mamá, como a casi todo el resto de la gente. La sensación era que solo me molestaba a mí. Entonces habló Gad, despacito, sobre el silencio que en realidad no era silencio porque yo seguía llorando con ruido: “Si somos judíos, si tenemos esa certeza, que la tenemos, la verdad es que es medio lo mismo de quién seamos hijos, ¿no te parece?”.

Me fui de la casa de Gad. Bajé por el ascensor de ese edificio que debía ser de los años 70, como casi todos los edificios en los que vivíamos nosotros, no tan viejos como para ser antiguos, con los techos bajos y rejas enteras en los balcones, rejas que nuestros padres habían puesto en los 90 para no tirarnos a nosotros por error. Caminé por la calle San Luis, hasta la pizzería kosher a la que íbamos en la primaria, la pizzería en la que vimos derrumbarse a las torres gemelas mientras almorzábamos todos juntos porque era 11 de septiembre y no había clases y era nuestro último día del maestro antes de que la secundaria nos separara. Me senté en la pizzería y me compré un café. Los mozos de la pizzería de San Luis no cambian nunca, son siempre los mismos tres o cuatro señores malhumorados, antiniños y antisemitas. Mientras tomaba el café me acordé de que todo el mundo dice que yo soy muy parecida a mi mamá, y que siempre pensé que era mentira, y finalmente yo tenía razón. La gente se sugestiona, se inventa los parecidos.

Ya en mi casa, no sé si el mismo día, o unos días después, en el sueño sale todo seguido, tomé mate con una chica de mi ambiente, de mi ambiente actual, no el judío, una chica periodista que no conozco muy bien pero que me parece muy agradable, que no sé por qué estaba en mi casa. Estábamos tomando mate y charlando y yo le había contado la historia nueva de mi mamá y mis hermanitos compañeros de la primaria. Entonces ella se puso muy seria y muy incómoda, como si tuviera que decirme algo y no se animara, se mordía las pielcitas de los labios con mucha fuerza. Finalmente me preguntó si yo estaba segura de que no era hija de desaparecidos. “¿Pero vos sos tarada?”, le dije, “yo nací en el 89”. Y ella me contestó con una voz filosa de nena, “¿pero y si no naciste en el 89? ¿Y si tenés 40 años?”. La chica se fue y yo me quedé sola en el baño. Me miré al espejo, me toqué la cara, me miré los costados de los ojos, las manos, el cuello.

Las viudas y las divorciadas no tienen la obligación de cubrirse la cabeza. Es una costumbre que lo hagan pero hay muchas excepciones reconocidas. Rabbi Moshe Feinstein, un sabio de principios de siglo XX, escribió que él le permitió a una viuda joven descubrirse el pelo porque su trabajo en una oficina lo requería.

 

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