Una manta en el pasto

January 14, 2018

 

 

Dos chicos despliegan una manta sobre el pasto. Las flores de la manta parecen volar por el aire. El pasto verde, parejo, recién cortado, tiene rico aroma. En algunos lugares hay flores amarillas y blancas. Parecen margaritas, pero chiquitas; son flores silvestres. Los chicos abren la mochila y sacan unos sanguchitos, una botella de Coca Cola; y ya instalados ponen música del iPad. Se miran y se dan un beso. Es beso es corto pero intenso. La presión de los labios de uno queda sellada en los labios del otro. El sol forma un charco de luz dorada en una parte de sus cuerpos. Por momentos la luz alumbra sus piernas. Por otros, los brazos. Unos segundo los pies descalzos.

 

Al rato pasa una nube, seguida de otras, manchando el cielo, que ahora parece un dálmata. Donde antes había luz, ahora hay sombra. El más petiso, Lautaro, lee un Twitt que dice: Se escapó un criminal insano buscando gay para mutilarlos. El Twitt proviene de una agencia de noticias. Lautaro se queda duro. Finge no haber leído nada.

 

El alto, aunque hace menos de 24 hs que lo conoce (se conocieron en una disco) le resulta familiar y lo nota nervioso. El Twitt siguiente dice que hallaron en la casa del criminal, que se escapó de la cárcel, 20 penes en el frezer. El alto, Rodrigo, mira el cielo, está más oscuro que antes y le propone volver al departamento. Le dice que en la casa tiene todo lo que necesitan, que pueden hacer pan casero, relleno con queso, o ver una película en la cama. Lautaro no le contesta, sigue con el iPad en la mano mirando Twitts.

 

Se levanta un remolino que embolsa vasos da gaseosas abollados, papeles, bombillas, plástico, envoltorio de alfajores, diarios y tierra seca. Las parejas que estaban a su alrededor se levantan y se van. El parque queda vacío. Cuando ellos están sacudiendo la manta, oyen un ruido que viene de los árboles que están detrás, formando una especie de bosque. Lautaro se mete en la oscuridad, entre los árboles para ver qué pasa. Encuentra un hongo crecido. Le gusta. Agarra el celular y le saca una foto. Atrás está Rodrigo, lo estaba siguiendo sin que su chico lo supiera. Lautaro encuentra ojos negros por el aire, entre los árboles; parecen los de un zorro que en vez de abalanzarse sobre él, se aleja. Agarra de la cintura a su chico y le dice que suba al auto. Cuando abre la puerta, oye otro ruido en el asiento de atrás. Se da vuelta y ve que las camperas hechas un bollo, como si alguien se hubiese tapado con ellas. Rodrigo, que ya sabe lo que está pasando, porque se interceptó con un chico que corría para la avenida, en estado de pánico, y le contó la noticia a los gritos, se transforma. Ahora sus ojos parecen trompos girando sin destino. Inmóviles en el auto, tratan de prender la radio, pero no saben cómo hacerlo, acostumbrados a escuchar música del iPhone. Se sorprende al ver que no queda nadie en el parque, que el pasto vacío parece una enorme manta de clorofila. Los pocos autos que quedan están en movimiento, bajando el cordón, avanzando hacia la salida y perdiéndose por la avenida. El petizo alcanza a ver a un policía y al chico que corría asustado; están abrazados atrás de un árbol.

 

El cielo vuelve a despejarse. De un segundo a otro no hay nubes y el cielo celeste parece transparente. Rodrigo agarra la mano de su chico, que está sobre el volante y le dice que espere. Se estira para atrás y abre la mochila. Mete la mano. La mueve buscando algo, algo específico que no encuentra. Saca un taper con los bizcochitos que habían preparado. Guarda el mantel enrollado abajo del asiento y de la mochila saca el termo. Se miran. Abren la puerta y bajan. Caminan unos pasos y extienden la manta, abren el taper, preparan mate, le ponen yerba, edulcorante; y buscan el iPad para poner música.

 

El cielo otra vez se oscurece. La tormenta que amagaba a irse, vuelve para instalarse. No hablan. Lautaro pone una música, las notas de piano salen del iPad. Cuando Rodrigo le pregunta qué es, le dice Debussy, y agrega “A mi papá le gustaba escuchar esa música, ése es el mejor recuerdo que tengo de él: Sentado frente al ventanal, con el ventilador pegándole en la cara y contándome, de buen humor, el argumento de las óperas que más le gustaban, o la biografía de Chopin, cómo Mozart componía sus piezas; después el loco se transformaba y dejaba de hablar. Se ponía malo, de mal humor, y yo le tenía miedo.

 

El cielo parece un monstruo que va bajando hasta cubrirlos como una lona para asfixiarlos. Un trueno tapa el piano de Debussy, y después otro, que los deja sordos. Comienzan a caer gotas, gruesas y frías, esparcidas; pero a medida que pasa el tiempo se intensifican. “Se sentaba en el sillón que daba a la ventana, con su vaso de whisky, y ponía esa música”. “Hace frío, vení, abrazame”. La lluvia comienza  a caer con fuerza. Se miran y se ríen. Se dan un beso. “¿Sabes que decía mi papá? Que las almas de los muertos se volvían sonidos, vibraciones y que los músicos los ponían de manera tal que cuando los escuchábamos les daba vida a ellos”. “¿Es decir que la música servía para conectar a los vivos y los muertos?”, le pregunta Rodrigo recorriendo el contorno del cuerpo de Lautaro. “Hay ruidos. Tengo miedo”, dice mientras Lautaro lo interrumpe: “¿Bailamos?”.

 

“¿Qué? ¿Te volviste loco?” “Bailemos. Bailamos hasta que pare la tormenta. ¿No te diste cuenta? Alguien quiere separarnos, pero…”.

 

El parque queda vacío. La tormenta se instala como para no irse. En el taper, ya sin bizcochitos, se llena de agua. “Bailando se nos pasa el frío”, le dice Rodrigo mientras Lautaro observa el parque de una manera que no lo había visto antes, y se ríe. “Pareces feliz”, le dice a su compañero. “Los dos estamos felices. O yo, por lo menos, soy feliz viéndote feliz…” “¿Mañana?” “Mañana, preocúpate de mañana”, dicen los dos al mismo tiempo. Habían leído el cuento de Juan Forn. “Sigamos bailando, sin miedo, sin frío, hasta que pase la tormenta.  Entre la espada y la pared siempre podemos elegir la espada”.

 

 

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