El juglar secreto

April 21, 2018

 

 

Cuenta la leyenda que Jorge de la Vega, uno de los cuatro fantásticos de
la “Nueva Figuración” (los otros eran Luis Felipe Noé, Ernesto Deira y
Rómulo Macció, aquella banda de forajidos que dio vuelta como un guante
la historia del arte plástico argentino durante los años sesenta) tenía una
afición secreta, poco recuperada y de la cual casi nadie se acuerda:
escribir canciones y desgranarlas con su guitarra, al principio entre amigos,
para ir con el tiempo ganando su público. Cuenta la leyenda, también, que
esa afición terminó de cristalizarse a su vuelta de un trip lisérgico por los
Estados Unidos; de modo que la veta musical corrió paralela a su torción
final hacia el arte pop. Lo que dió como resultado la grabación de un disco
en 1968 titulado “El gusanito en persona”, el cual es un eslabón perdido
dentro del rock psicodélico argentino.


A diferencia de la exuberancia explosiva de su obra plástica (“Quiero que
mis obras choquen con el espectador con la misma intensidad con que
chocan todas sus partes entre sí…”) sus canciones comienzan atenuando
su virulencia. Son suaves y encantadoras, como susurradas afectivamente
entre amigos. La extraordinaria dicción de su voz se expresa con claridad,
los motivos de sus letras son gráficos y coloridos. Sin embargo, si uno
acerca un poco la lupa se encuentra con recursos que tal vez no sean
reconocibles a simple vista, pero que se acoplan de alguna manera con su
obra plástica. La canción El gusanito, por ejemplo. Su letra introduce una
especie de dislocación espacio-temporal, pero atravesado por una serie de
diminutivos que se van enroscando entre sí y en el cual podríamos
preguntarnos cual es la referencia primera: ¿El dibujo del gusanito, el
gusanito mismo o el mundo del derecho o del revés? Un poco a la manera
del “esto es una pipa” de Magritte.


O el tema Proximidad: una especie de canción dadaista de protesta, pero
cuya bajada de línea ha sido extirpada, quedando solo una enumeración
de procedimientos “sumemonos, adicionemonos, recopilemonos…”, en
una suerte de barroquización de consignas como las de “solidaridad” o
“participación”, tan de la época. El arte de De la Vega fue siempre
conceptual, aunque inevitablemente político.


Pero como todo “secreto a voces” se cuela por las rendijas de la historia,
cuarenta años después el músico, poeta y editor Francisco Garamona a

decidido re-imaginar aquel legendario disco. Además del leve cambio de
título: “El gusanito, mucho gusto”, la versión de Garamona respeta las
letras y el ritmo pero amplifica algunas concepciones que estaban en
gérmen, como la sonoridad psicodélica característica del rock de la época.
Y al mismo tiempo atenua la vertiente más cool jazz y la cadencia
gobernada por la figura del cantautor que tenía el original (a diferencia de
Diamantes en Almívar, en donde continua esa veta crooner de De la
Vega). O intercepta, en la misma sincronía que el artista plástico, la balada
pop con altas dósis de emocionalidad: La hora de los magos.


En el original, las canciones de De la Vega nunca abandonan del todo ese
tono confidencial del que le habla a un publico inmediatamente presente: el
público underground de aquella época. Por esa razón, cuando lo
escuchamos hoy en día no podemos evitar introducirnos en la intimidad de
toda esa geografía emocional: la vanguardia artística y conceptual de la
Buenos Aires de fines de los años sesenta. Esas idas y venidas entre el
instituto Di Tella a la Galería del Este, pasando por el bar Moderno y el
café La Paz.


Pero ha pasado demasiado tiempo… Y mientras escuchamos las estrofas
de El gusanito, mucho gusto ¿no es como si tuviera la misión secreta de
introducir un anacronismo deliberado, en nuestro presente un poco
distópico y cínico?


Pero no tanto para celebrar de forma melancólica un pasado que ya nunca
viviremos, sino todo lo contrario. Una celebración en presente, en la cual
las formas del arte y de la amistad (y de la cual Garamona mismo es
partícipe y anfitrión) se conviertan en una garantía contra la nostalgia.

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