Loki, el curator

November 10, 2018

 

 

La historia de la curaduría argentina puede contarse a través de las andanzas de dos personajes que como en cualquier narratología el personaje que interviene en la historia representa la oposición a un protagonista con el cual debe enfrentarse. Los sistemas de valores sociales del arte contemporáneo tienden a crear fábulas donde los signos se elevan al nivel del mito.

 

Dos artistas se reunían a charlar, observando todo lo que ocurría a su alrededor. Una tarde vieron a unos artistas acercarse a un curador. —Pobres incautos, que van a ayudar a este curador farsante, sin conocer su verdadera intención —comentó un artista a otro, desde lo alto de un árbol. —En varias oportunidades, con un pañuelo en la boca, se ha puesto a llorar, engañando a seres generosos, que se acercan a socorrerlo y terminan en su paladar. —¡Mira!, se acerca una bandada de artistas—continuó— ¡Pobres!, en su vientre ya están. Pero un artista, el más astuto, se escondió y, cuando fue hallado por el  curador, le colocó un palo en el hocico, dejándolo con la boca abierta, así pudieron escapar los demás artistas de su interior. —¡Bien merecido se lo tenía! —Rieron los artistas.

 

En esta historia tenemos, por un lado, al curador racional – para quien predomina el concepto de las muestras, el argumento a partir del cual deciden qué artistas y qué obras convocarán para ilustrar su curatorial statement- y, por el otro, nos encontramos con el curador intuitivo –que tiende a actuar por afinidades electivas y criterios estéticos personales, no sintiéndose obligado a justificar sus decisiones con un discurso teórico, sino que se afirma en una suerte de “soberanía” de la mirada. Ambos quieren dominar el arte, pero el primero lo quiere hacer mediante la previsión, la prudencia y la regularidad, en cambio, el segundo sólo toma como real la vida disfrazada de belleza, es decir, que toma como verdad aquello que le interesa, porque eso le hace feliz.

 

Como lo curadores racionales intentan conquistar el arte con la verdad, no dejan de cambiar de verdad a cada rato. Hoy hablan de una cosa, mañana de otra, siguiendo la dirección de una veleta movida por los vientos. Así la  verdad se convierte en una mentira útil que se desvanece en el aire. Es que los curadores siendo independientes en un mundo cada vez más inestable son más dependientes de las turbulencias. Por eso para que la situación de la vida no cambie se la pasan llenando carpetas en sus oficinas, la racionalidad se ajusta los cinturones para no moverse de la silla, o por lo menos hasta que el auto frene para luego cambiar de modelo.

 

La verdad de las tesis curatoriales suele estar en el pensamiento recibido o en encontrar un hueco para decir algo –aunque sea cualquier cosa disfrazada  con una pseudo construcción racional. Una propuesta, una tesis maltrecha.  Aunque a veces parecen que hablan de la vida misma solo leemos conceptos, proyectos y statements lejanos de las vivencias y de la sensualidad, y que a su vez encarnan falsos debates y ostentan valores de dudosa raigambre: siempre una noble causa “política”.  Tesis curatoriales cargadas de operaciones metafóricas, transferencias arbitrarias y abstracciones, el olvido de las diferencias pasando por alto lo individual, patchwork de teorías, ensalada de filosofía, una hueste  de metáforas, antropomorfismos y metonimias adornadas. Y ésta es una tradición de larga data: piensen en todos los curadores independientes desde fines de los 90  hasta el día de hoy. Y sin embargo, no se les cae una idea, si es que piensan o alquilan un sombrero.

 

El segundo tipo de curador es más irracional tanto en el sufrimiento como en la felicidad.   Alcanzan momentos felices y bellos en la irregularidad de la vida. Saben que no pueden alcanzar la verdad, por eso no la buscan. Pero han sido persistentes, se sabe lo que piensan, hacen obras, publican libros y revistas, se dedican a la pedagogía y hacen fiestas. No vacilan ni cambian. Desde Gumier Maier, Fernanda Laguna y Londaibere hasta Santiago Villanueva y Lolo y Lauti. Tienen ideas claras, y propuestas definidas. Una historia que ya está por alcanzar tres décadas ininterrumpidas de una supuesta transparencia, honestidad y dirección.

 

La historia de la curaduría argentina está hecha de una gran confusión. Unos buscan la verdad pero cambian de calzones y bombachas a cada rato. Previsibles y metódicos. Las tesis curatoriales son mentiras útiles. Han dicho algo pero nadie lo recuerda. Los otros hacen muchas cosas, muchas muestras, muchas obras, saben que hay que hacer porque el mundo está en constante cambio y descomposición pero no cambian. Permanecen en el  mismo horizonte pero se los recuerda: el del placer, el gusto y la mirada.

 

Entonces, tenemos a unos que buscan la verdad pero la trafican a cada rato para surfear las necesidades vitales de la independencia (aquí tenemos una consecuencia no buscada: una teoría pragmática de la verdad), y los otros que saben que la verdad no existe pero que permanecen cristalizados en la fiesta (una teoría pragmática de la felicidad, pero que tiene esa recursividad propia del sistema psíquico, retorna siempre al mismo lugar).

 

La historia de la curaduría argentina es la historia de la mentira, de un error. No está regida por las leyes de la historia ni del deseo, sino por la irregularidad. Entonces, en esta historia “nada es verdadero, todo está permitido”. El arte está constituido por imágenes falsas, por mentiras. La historia de una fábula que se construye en términos performativos, es decir, se institucionaliza.

 

Estamos frente a una larga lucha, por recursos escasos y por un sistema alimentado por la  gratuidad del trabajo artístico, entre el ducato curatorial y los artistas. Una curaduría que no solo puede ser represora sino que puede proteger y cuidar. La curaduría no es una institución postmoderna sino medieval, el comisariado de la belleza. El curador no solo tiene que seleccionar, reprimir y encontrarle un sentido a las obras sino que tiene que proteger y cuidar esa energía desregulada. Una energía que se parece a la de los afluentes que solo podía ser canalizada por los divortia curatores, los que cuidaban de los acueductos en el imperio romano. Sean independientes o no tan independientes tratan de anclarse en un modo de organización estable –que está desapareciendo-, acobijados por los vejestorios de las instituciones descascaradas y que desregulan la vida que estos curadores intentan apresar. Entonces desde ahí operan, como diría Mario Scorzelli, con una política de selección natural frente a los artistas que viven en el estado de naturaleza: guerra de todos contra todos para los hobbesianos o políticas de la amistad para los lockeanos (nunca hay un solo bando).

 

Es una lucha entre astutos que sin saberlo disputan la mentira verdadera. Como sospechaba Platón, el arte se encuentra alejado de lo verdadero y al parecer realiza tantas cosas por el hecho de que alcanza sólo un poco de cada una y aún este poco es un simple fantasma. El arte es un mundo de sombras de las sombras, se aleja doblemente del mundo real, siguiendo un falso reflejo de la luz real. La mentira tiene el poder de constituir el mundo, pone como cierto, inamovible y natural cierta consideración sobre la cual nosotros lo comprendemos, construimos y habitamos. Las mentiras construyen un mapa que suplanta a la realidad que se extingue. Las mentiras preceden a los acontecimientos que estas crean.

 

Pero frente a este mundo de mentiras los curadores racionales persisten con sus severas verdades de pacotilla, y los curadores intuitivos en sus placeres, miradas que poco tienen que ver con la distinción entre lo verdadero y lo falso, pero que permanecen en una noche interminable, por lo tanto, en un error.

 

Como no hay dos sin tres, hay un tercer curador que podríamos decir que aún no existe aunque haya encarnado algunas acciones dispersas en la historia de la curaduría argentina. Este es Loki, el curator. ¿Quién es Loki? Es un dios perteneciente a la mitología nórdica, se lo conoce como el «origen de todo fraude» o como «una hipóstasis de Odín», también llamado: «Lengua de plata», «Transformista», «El astuto», «Mago de las mentiras», «Dios de las travesuras», y «Dios del Caos», entre otros títulos.

 

Loki es un cambiador de formas, un brujo que puede captar lo imperceptible proponiendo una ingeniería de lo imprevisto mutando las coordenadas del espacio-tiempo. Loki, como curator, es un monstruo anomal de creatividad aumentada y expandida cuya diferencia antecede toda clasificación. Sin propósito claro, hedonista, ambivalente, superficial, malicioso y travieso, propone un modelo de curaduría embaucadora en la que sus elecciones remiten a la contingencia y el caos. 

 

El artista Emiliano Miliyo actuó de algún modo como Loki quizás porque usó el anillo del Nibelungo cuando curó la muestra “Subjetiva 1999-2002. Belleza y Felicidad en retrospectiva” inaugurada el 15 de enero del 2003.

 

A fines de la década de los ochenta, Miliyo era parte de un grupo de estudiantes de arte llamado “Mariscos en tu calipso” en el que participaban Máximo Lutz, Esteban Pagés, CAS y Sebastián Gordin y que expusieron en el Museo Bailable invitados por Emei y el Coco Bedoya, y en Mediomundo Varieté. Miliyó tambien fue invitado por Laura Bucellato a exponer en el ICI (1992) y participó de muestras de la galería del Rojas en los años felices.

 

Subjetiva como curaduría fue un experimento, un capricho, un ataque a los artistas desde adentro, como los perpetuados por los traidores. Una retrospectiva de Belleza y Felicidad que fue vista como un boicot,  una intriga, una conspiración contra Fernanda Laguna y sus artistas. Una curaduría que secretamente solapó un funeral –en la manera de exhibir la muestra con una tela negra- para anunciar una estética difunta. Una conjura, el carácter clandestino de su organización, una infiltración, la invisibilidad de un artista que en lugar  de curar la obra de otros artistas se transforma en el forense de una galería. Un plan para desprestigiar a Belleza y Felicidad, un ataque, una crítica hacia sus artistas y a la generación de artistas del Rojas. Miliyo traicionó, como artista curador, la confianza de sus pares con un relato encargado a Ernesto Montequín (texto que se bajó del catálogo pero que se repartió en la inauguración) en el que defendió las tesis estéticas que proponía simultáneamente Rodrigo Alonso en la muestra titulada Ansia y Devoción en Proa (una curaduría que se propuso no solo en las antípodas del Rojas sino como su superadora en el marco de una supuesta lucha entre el arte por el arte y el arte político en el marco de la crisis económica y política de 2001).

 

Cuando Miliyo encarga el texto curatorial a Montequín o  en las evasivas respuestas al interrogatorio de Diana Aisenberg y Gustavo Bruzzone publicado en la revista Ramona, se puede ver a un  conspirador que intenta borrar sus huellas, que está siempre dispuesto a abandonar todo argumento previo, hacerse anónimo, cruzar la frontera, convertirse en otro. Fue una acción de un embaucador que generó mucha molestia entre los artistas por curar una muestra de “contradicciones forzadas”. Un curaduría psicópata de una muestra que no cierra y que para el curador está bien que así sea.

 

La naturaleza es cambiante e irregular, y en cambio, el curador racional desea verlo todo estructurado, pretende hacer regular el mundo para dar seguridad, y el curador intuitivo sigue haciendo fiestas porque quiere divertirse.  Ambos tienen miedo al cambio, porque el cambio provoca una situación distinta a la anterior y, por tanto, desconocida. El miedo del curador es, en efecto, lo desconocido. En cambio, Miliyo como un curador psicópata actuó  de manera seductora y manipuladora sin culpa ni empatía. Un poco a la manera de Loki quien no está interesado en la búsqueda de la verdad ni de lo mismo, no le teme al cambio, ni a las situaciones distintas, y desconocidas. Sabe que la naturaleza es cambiante e irregular, y que la realidad es incesante devenir.

 

"Ustedes deberían saber que el engaño es mi mejor arma". “No tengo un plan. La mafia tiene planes, los policías tienen planes. Soy el perro que persigue un auto. No sabría qué hacer si alcanzara alguno. Sólo hago cosas. Odio los planes. Los tuyos, los de ellos, los de todos. Ustedes son personas esquemáticas tratando de controlar sus mundos. Yo no soy así. Yo les muestro lo patéticos que son sus intentos de controlar las cosas”.

 

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