La caída de los grandes momentos

April 22, 2019

 
Hace un poco más de seis meses comenzaron a viralizarse las fotografías del museo histórico de Brasil consumido por el fuego. 200 años de historia abrazadas por un calor furioso que no supo diferenciar entre categorías arqueológicas y temporalidades. Todo se convirtió en un susurro débil devenido en humo espeso. 


Hace unos días, en la capital francesa, la catedral de Notre Dame que resistió a dos guerras mundiales no lo pudo hacer ante un falla eléctrica siendo la nueva víctima del fuego. Las imágenes de las llamas consumiendo a paso lento pero constante parte de la estructura de la catedral fueron multiplicadas por distintos medios expandiéndose por el globo. 


La tragedia sirvió para que miles de personas desempolven sus fotografías junto a la iglesia construida hace más de 800 años adhiriendo unas palabras de lamento, sintiéndose parte de algo. no se bien de qué. Otras en cambio, acompañaban las imágenes del fuego con el epígrafe "la única iglesia que ilumina es la que arde" haciendo real una consigna que sólo estaba en el campo de la fantasía simbólica. 


Pareciese una cuestión kármica del propio elemento,utilizado en épocas anteriores para quemar libros y ahora destruyendo a los grandes monumentos construidos por el humano como símbolo  del pensamiento moderno. Más allá de las posturas y de la corrección política, dos cosas son claras: el hombre moderno es fetichista y el fuego irreversible.


Desnudo el museo y en brasas parte de la catedral, las políticas públicas son la arquitectura que queda para el devenir de esas instituciones ¿Qué se hace, cómo y para qué? ¿Existen instituciones de derecha? ¿Instituciones progresistas? ¿Instituciones de izquierda manejadas por la derecha y viceversa? 


El Museo de la Solidaridad Salvador Allende nace en Chile en 1972 como un proyecto artístico durante y en apoyo a la Unidad Popular. El sábado por la noche fue asaltado. Entraron en la oscuridad de la madrugada vulnerando los sistemas de seguridad. Destruyeron la vitrina donde reposaban los objetos personales del ex presidente para llevarse el carnet de militancia del Partido Socialista de Allende fechado en 1933 junto a dos obras de Hugo Rivera de finales de la década de 60. 


¿Para qué alguien querría un carnet de militancia viejo? ¿Existirá algún comprador en el mercado negro o sólo se tratará de un atentado simbólico?


El hombre moderno es fetichista y el fuego irreversible, pienso. Está claro que para poder entender el presente e imaginar un futuro, el pasado es clave y fundamental. Pero en vez de lamentar monumentos ajenos a nuestro contexto y a nuestras problemáticas, quizás haya que preguntarnos qué clase de memoria estamos sosteniendo. ¿Es posible mantener viva la memoria de un pueblo escindiendo de la sacralización de objetos, documentos o arquitecturas?


Pienso en el patrimonio inmaterial y nuevamente en las políticas públicas como arquitectura. 
El fuego es determinante y voraz. Pero también puede abrir posibilidades de repensarnos, de quemar parte de la mochila que arrastramos del pesado: esclavitud, conquista y barbarie, entre otras atrocidades y empezar de nuevo.

 

Cuando las cosas se destruyen no queda más que organizarse y volver a construir. Pero ¿más de lo mismo?
Cierro los ojos y fantaseo con todos los museos que Osvaldo Baigorria imagina en su poema Poesía Estatal. ¿Cómo serán las muestras de un museo de puertas abiertas administrado por drogodependientes? ¿Qué medidas tomará el director del Museo de Memoria Selectiva del Proletariado? ¿Cómo se conservará el Museo de las Musas?

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