• Arturo Carrera

Roberto Jacoby, sus últimos libros


Qué alegría, qué fuerza, qué sensación de que nunca leímos y que ahora leemos con la emoción de una primera vez.

Sabíamos que Roberto Jacoby era un artista y sabíamos de su genialidad, de su capacidad creativa. Porque desde los años sesenta Jacoby no paró de seducir con su talento plástico y sus invenciones placenteras, siempre ligadas a una profunda y reveladora crítica de la realidad. Y así, por generaciones enteras, su don ha sido reconocido no sólo en Argentina sino en toda América y en Europa.

No podemos dejar de sentirnos involucrados, nosotros, los argentinos sobre todo, en aquel extraordinario proyecto de la moneda Venus que él ideó: había allí una crítica mordaz de los desequilibrios económicos y su relación con el arte, había también una profunda revisión de la idea de dinero desde los orígenes hasta los cautivantes proyectos de nuevas formas del valor y del intercambio que en Occidente han viajado de Platón, con la distinción importante entre la economía y la crematística (o sea el arte de acumular riquezas), hasta Joseph Beuys y sus extraordinarias teorías del dinero y el ahorro. Y después, sus observaciones y también, por qué no, las letras de sus canciones para Virus, la banda que todavía nos conmueve.

Pero no había publicado tantos libros de poesía. Como si hubiera permanecido durante unos años, yo diría, en esa guarida que los románticos como el poeta Keats llamaron “capacidad negativa”, ese querer quedarse convencido de que, para crear poesía, había que ser capaz de permanecer en ese estado inquieto y conflictivo, en esa incertidumbre misteriosa. Pero no fue así. De golpe, como un auspicioso Hokusai, yo imagino que empezó a decirse: “Hacia los cincuenta años publiqué una cantidad infinita de dibujos, pero todo lo que hice antes de los setenta y tres no es digno de ser mencionado. Hacia la edad de setenta y tres años comprendí algo de la verdadera naturaleza de los animales, de los pastos, de los peces, de los insectos. En consecuencia a los ochenta habré hecho progresos, a los noventa penetraré el misterio de las cosas y cuando tenga ciento diez, todo lo mío, una simple línea o un punto serán cosas vivas”. Dan risa estas palabras del pintor japonés. Pero nos permiten pensar en por qué pintamos, por qué escribimos. Incluso hay poetas que después de haber publicado muchos libros se vuelcan a pensar que no hicieron nada. Nada especial. Y suspenden o recomienzan todo de nuevo. Pasolini por ejemplo cuando dijo: “no, no escribo poesía desde hace dos o tres años. La verdad es que no me lo esperaba. Empecé a escribir poemas cuando tenía siete años, y he seguido escribiendo sin interrupción hasta hace precisamente dos o tres años.

Ya no escribo poemas. Porque he perdido el destinatario. No veo con quién dialogar utilizando esa sinceridad típica de la poesía, que llega incluso a ser cruel. Durante años he creído que existía un destinatario de mis “confesiones” o de mis “testimonios”. Pero ahora me he dado cuenta de que no existe; de que con los amigos no es necesario expresarse a través de la poesía: se expresa uno existiendo. Las exageraciones, los excesos y las ideas de cada uno se expresan viviendo. La

poesía necesita que haya una sociedad (es decir, un destinatario ideal) capaz de dialogar con el pobre poeta. En Italia no existe tal sociedad. Existe aún un buen pueblo simpático (especialmente allí donde no llegan los periódicos ni la televisión) y una pequeña élite de burgueses cultos y desesperados. Pero una sociedad con la que uno se pueda poner en contacto a través de la poesía no existe. (Lo digo porque un poeta ha de tener ilusión, pero cuando la ha perdido no debe figurarse que la tiene todavía)”.

Pero por fortuna éste no es el caso de Roberto Jacoby. No perdió la ilusión. Creo que la situación crítica en la que nos encontramos, acicateó ese deseo de ser como dijo Pound, “la antena del planeta”. Y algo que lo empujó contra toda ilusión. Contra toda la tarea de la ilusión (digamos al pasar que ilusión etimológicamente viene de in lusio, es decir poner en juego). Y acá estamos con sus nuevos y preciosos y terribles y tragicómicos libros. Exposición, Poema Rosales, El castillo inflable, Rara, Tadzio. Y La carta, ese último documento del horror, de la dulzura y el amor familiar y el exterminio de sus parientes judíos.

Hace unos años traduje un poema de Pasolini y hoy me doy cuenta, al releerlo, que puedo reemplazar por momentos el nombre de Pasolini por el de Roberto Jacoby.

Los poemas de Jacoby me ofrecen su estética de momento límite; estamos escribiendo en un momento límite; tienen algo que le falta a la lengua; tienen esa mínima parte de acción que refuerza a tientas nuestro apoderamiento de la realidad en este mundo. De manera que con un mismo movimiento, de helicoide que sube o baja o se deshace, entrega en la luz, ciegamente, imagen por imagen, eso que nos retira a cada instante del mundo: esa parte de la lengua que se exilia en el misterio de las hablas y que le falta al misterio de cada uno. Pero también nos estrella contra otro dominio del lenguaje. Ya no la “poesía” entre comillas sino su pérdida; ya no el saber sino los incontables sujetos; ya no la palabra sino su rumor en el agua:

poética de quien disolvió su cuerpo en la lucha ultrapolítica, en el sitio poco esperanzado de la revolución y el compromiso.

En un tiempo de amordazamientos, Jacoby nos quita las mordazas; en un tiempo de vendetta reivindica para la poesía ese aspecto que debería volver a situarla en los fundamentos de la humanidad: único vínculo crítico entre el hombre y su entorno. Poesía más en su acción, en el Arte de la Vida, que en su inacción de vida poética en incierta potencia: la de la literatura que se jacta de sí misma, vanidosa. Para cada lector, para cada adolescente de provincia, la lectura de los poemas de Jacoby tiene un “antes” y un “después”, o lo que es más misterioso: efectos que preceden las causas.

Podemos volver a leer cada poema. Su escritura se deja atravesar por nuestro brío. ¿Podemos incluso imaginar que los escribimos?

Texto leído en la presentación de seis libros de poemas de Jacoby

Presentación de seis libros de poemas de Roberto Jacoby publicados por n direcciones en 2018 y 2019 Exposición Poema Rosales y otros versos sobre escritura El castillo inflable y otros poemas de viaje Rara Tadzio La carta

Sábado 8 de junio de 2019 a las 19 hs en La Casa del árbol (Av. Córdoba 5217 - CABA)

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