Gloria al extasiado

July 1, 2019

 

 En muchas de las películas de madurez de Pedro Almodóvar, aparece alguna
escena que suspende el transcurso del relato. No se encuentran
desconectadas de la historia, pero plantean una situación particular en la que
los protagonistas del film se convierten en espectadores y nosotros, el público,
observamos el meta-espectáculo. Sin embargo, no es el relato dentro del
relato, ni las referencias culturales –que abundan en el cine de Almodóvar- lo
único que caracteriza al tipo de escenas que quiero identificar. Es también el
embelesamiento. Un momento de emoción extrema, en el que vemos un canto,
una danza, una obra de arte, pero también vemos a los personajes en ese
trance propio de la experiencia estética. Pienso, por ejemplo, en Caetano
Veloso entonando el lamento de rucucú paloma en Hable con ella (2002),
mientras el personaje que interpreta Grandinetti llora contenido, o el primer
plano de Penélope Cruz haciendo palpable la nostalgia, al cantar el tango en
versión flamenca que da nombre a Volver (2006).


En Dolor y Gloria, la última película del director manchego, hay una escena que
entra en esta categoría improvisada. Suena la introducción instrumental de la
versión de Grace Jones de La vie en Rose, una mezcla entre chanson
française y bossa. El actor Alberto Crespo (interpretado por Asier Etxeandia) se
contonea de espaldas al ritmo de la melodía por unos segundos. Lleva un
pantalón violeta y una camisa azul, que arman una combinación tan inusual
como amable sobre el fondo bermellón. El intérprete se agacha para apagar la
vieja radiocasetera y se sienta en una silla, enlazando en un movimiento los
únicos dos objetos que hay sobre el escenario. De frente a una pequeña, pero
repleta sala de teatro, inicia su monólogo. Es el relato evocativo de una relación
pasada. Una historia triste, en la que el amor nunca acabó, pero tampoco fue
suficiente. La platea observa fascinada, no inhalan ni exhalan. Un hombre llora
en la tercera fila.


El actor y el hombre conmovido que coinciden en ese momento catártico,
tienen en común al protagonista de la película, Salvador Mallo (Antonio
Banderas). Salvador es un director de cine exitoso que se encuentra pasando
por un período incómodo. Aquejado por una variedad de dolencias físicas
–desde jaquecas paralizantes hasta frecuentes ahogos al tragar-, y por una
mente que magnifica su malestar, se siente impedido de realizar la actividad
que ha dado sentido a su vida: filmar. Pasa los días en su piso madrileño que,
aun en la penumbra, permite entrever cómo ha habitado sus espacios y vivido
su vida. Llena de colores, de intereses, de curiosidad, de trabajo, de placeres,
de arte y, sobre todo, de deseo. Un deseo que se encuentra en letargo y sin
cauce para rebrotar.


A la presencia de Maia, la señora que organiza su casa, y de Mercedes, su
amiga/asistente, se suman los vínculos circunstanciales, pero significativos,

que entabla con los dos hombres enlazados por el monólogo: Alberto,
protagonista de uno de sus largometrajes icónicos, con quien no tenía contacto
desde el fin del rodaje, y Federico (Leonardo Sbaraglia), el novio de juventud
extrañado. Estos encuentros no modifican la soledad de Salvador. Son lazos
eventuales o relaciones que lindan entre cariño, lealtad y contrato. En su
presente no hay, ni siquiera a su alrededor, parejas, familias, grupos de amigos
o equipos de trabajo. Los apegos de Salvador pertenecen al pasado. Sólo las
escenas de su infancia, que acometen como un dolor de cabeza, le aseguran
una compañía continua. La palmaria presencia de su madre (Penélope Cruz),
cantando con sus vecinas mientras lava la ropa a la vera del río o sorteando la
adversidad en el trajín de la mudanza a un nuevo pueblo, pero también la del
muchacho que despierta su primer ardor.


Más allá del debate que suscitó esta película acerca de la “autoficción” –tema
al que, incluso, se alude en un diálogo entre Salvador y su madre, ya grande y
enferma- no podemos esquivar la identificación de Almodóvar con su
protagonista, al menos, en lo que refiere a la manera de abordar el profuso
universo, interno y externo, que vuelca en su actividad cinematográfica.
Aunque no conocemos la obra de Salvador Mallo, podemos imaginar que, al
igual que el cine del español, no falla en hablarle a los que sienten en
disidencia. Los largometrajes de Almodóvar son la educación emocional para
quienes escapan de los mandatos tradicionales, se salen de la
heteronormatividad o construyen su género, pero también, como lo
demuestra Dolor y Gloria, para los personajes complejos, que eluden una
pronta clasificación. Aquellos que son descreídos del cuidado mutuo, ariscos
para optar por el amor incondicional de una mascota, y anticuados para caer en
la efímera indulgencia de las redes sociales, pero, en cambio, encuentran
resguardo y nutrientes en las voces íntimas y a la vez lejanas, de los textos, los
óleos, las canciones, las escenas, producidas por otros hombres y mujeres,
quizás tan hondamente perturbados como uno. El tiempo de Salvador (o
Almodóvar) transcurre en un espacio etéreo que adquiere forma y sentido, para
él y para el mundo, al “rodar”. Es un extasiado que no puede más que vivir
perpetuamente en ese instante suspendido, en el que se contiene la
respiración y se arremolinan unas lágrimas en los ojos. Qué suerte que el
éxtasis se contagia y nosotros estamos vivos para ver el encantamiento.

 

Dolor y Gloria (España, 2019). Guión y dirección de Pedro Almodóvar.

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