Los últimos días del mundo del arte… y tal vez los primeros de uno nuevo.

April 8, 2020

 

La vida después del coronavirus será muy diferente.

 


Artículo de Jerry Saltz, "The Last Days of the Art World … and Perhaps the First Days of a New One" publicado originalmente en Vulture, 2 de abril de 2020. Traducción de Carlos Huffmann y Laura Ojeda Bär



 

El título de este ensayo no es mío. "Los últimos días del Mundo de Arte" fue el título que mi editor le impuso a un ensayo que escribí, la semana pasada, sobre mi último día en las galerías de Nueva York justo antes de que cierren hasta una fecha futura imposible de prever. En ese momento sentí que era un título demasiado sensacionalista y falso. Me enloquecí, asustado, y le pedí que lo cambie. Pero menos de siete días después, estoy viendo su luz oscura y pensando que quizás había más verdad en esa desoladora predicción de la que quise creer en ese primer momento.

 

¿Por qué no lo entendí así originalmente? En gran parte, creo yo, porque he atestiguado cómo el mundo del arte lidia con episodios como éste ya antes –no pandemias, por supuesto, pero sí contracciones y crisis de varios tipos, que han dado forma, no destruido, la comunidad que amo. Pensé, “no seas catastrófico; veamos qué pasa”. En lo personal soy un verdadero creyente de un mundo pasado específico. Me hice adulto durante los últimos años de la década de 1970, con un mundo del arte mucho más pequeño, no profesional ni monetarizado, donde no existían cosas como carreras estables, ventas, ferias de arte, grandes audiencias ni subastas. Este mundo funcionaba gracias al deseo y la pasión de semi-bandides, vagabundes, buenes-para-nada, visionaries, pervertides, genies, parásites, exiliades, gitanes y artistas bohemies. Era un mundo anterior a éste que conocemos hoy que se ha vuelto tan grande, hiperactivo, circense, inestable y profesional –todo sazonado con cifras de dinero obscenas, concentradas en unas 1500 manos de unos suertudos hombres (blancos, en su mayoría).

 

Siempre elegí ver al mundo del arte –aún después de que se volvió corporativo– en este espíritu: frustrado por las extrañas concesiones que nos veíamos obligados a hacer con el dinero pero todavía seguros de que, en el corazón, les artistes seguíamos siendo semi-criminales, malhechores. El mio fue un mundo antes de que perdiéramos "el underground"; antes de "greed becomes form"1 (parodiando el título de la expo "when attitude becomes form"2), como lo sugiere Francesco Bonami. Era un mundo donde, yo siendo un joven transportista, Paula Cooper y Robert Gober me invitaban a sentarme con ellos para tomar café y cigarrillos cada vez que les llevaba una entrega a la galería; donde al llamar a la galería Marian Goodman para organizar un envío, ella misma me atendía el teléfono, y al llegar allí me ofrecía algo de comer y hacíamos el papeleo juntes; donde fui testigo de la pura historia del arte ocurrir ante mis ojos viendo a John Cage comiendo en un diner; donde en los tardíos 1970s pude ver a la suma de todas las cosas, John y Yoko, causando conmociones sísmicas de pura admiración al deslizarse por Madison Avenue. 

 

Este optimismo me ha hecho siempre estar seguro que el mundo del arte podía y sobreviviría cualquier cosa. Pero la última semana este optimismo empezó a morir. Incluso un amante del arte eterno como yo tiene que admitir que la infraestructura del mundo del arte está en la cuerda floja desde hace tiempo. Parte puede que ya haya desaparecido. ¿Y en 3, 6 meses o –Dios no quiera– 12 o 18 (nunca existió una vacuna para un coronavirus)? Van seguir existiendo galerías del otro lado de esta grieta, y museos y artistas produciendo, por supuesto. Pero temo que tal desgarro sólo exacerbará las inequidades que dominan cada vez más este universo, con megagalerías y artistas estrellas, y que la distancia entre elles y el resto del mundo solo se incrementará, invisibilizando cada vez más a artistas y galerías con menos recursos. 

 

Desde ya que mucho de esto depende de cuanto dure este trance. A la vez que Corea del Sur ya está volviendo al trabajo y algunos inclusive llegan a reportar "business as usual", la respuesta fallida de EEUU a la crisis planteada por el coronavirus sugiere que nuestra cuarentena puede durar un rato largo. El cocinero David Chang estima que "90 porciento de los restaurantes" no reabrirán cuando esto haya terminado; estima que el mundo de la gastronomía volverá a los días pre-internet de los 1990s, antes de que la diversidad llegara a la comida. Si los restaurantes son demasiado frágiles como para no colapsar, entonces el muchísimo más pequeño y frágil mundo del arte podría estar por experimentar pérdidas terribles. 

 

Y en el mundo del arte, las cosas ya eran muy inestables para todes quienes no estuvieran en la cima de la pirámide. Muchísimas galerías informaban sobre sus problemas financieros para pagar costos cada vez más altos para participar (¿figurar?) en un sinfín de ferias de arte, viajar a bienales y exhibiciones alrededor del mundo. Les artistas estaban abandonando las galerías más pequeñas por megagalerías. COVID-19 ha multiplicado este panorama exponencialmente. La mayoría de las galerías no tienen reservas de dinero para atravesar una cuarentena de seis meses. O para reabrir y después volver a pasar por esto de nuevo, si regresa el virus en otoño e invierno. The Wall Street Journal reportó que muchas instituciones culturales no tienen reservas para aguantar cerradas más de un mes. La mayoría de las galerías no están mejor preparadas. Cerrarán. Sus empleados ya están siendo despedidos. Si los subsidios no incluyen previsiones para el mundo del arte contra desalojos, reducciones de alquiler y cheques del Estado, la predicción de Chang de que el 90% de los restaurantes cierren puede repetirse entre las galerías, el principal vehículo de entrega de arte contemporáneo.

     

Las escuelas de arte podrían tener el mismo destino. La semana pasada, el San Francisco Art Institute, institución que existe hace 150 años, anunció que no comenzarán las clases del próximo otoño (comienzo del año lectivo en EEUU). Es cierto que las escuelas de arte se han vuelto demasiado caras, pero aún así es posible que un siglo de desarrollo e infraestructura educativa sean diezmadas, junto con los trabajos y beneficios de decenas o cientos de miles de personas que trabajan en estas esferas. Estos trabajos son la única manera que tienen les artistas para ganarse la vida.

 

Creo que la pandemia podría ser el fin de las ferias de arte exceptuando Art Basel, dueño de su propio espacio en Suiza, y tal vez Frieze –les ingleses aman una buena producción con una gran, glamorosa y teatral tienda en el espacio público–. (No creo que muchas galerías la extrañen). Desafortunadamente, las subastas puede ser que sean las cucarachas en la mina de carbón del mundo del arte. No requieren de mucha presencia física; mucho se hace digitalmente y online. Me pregunto, sin embargo, si los conocidos rituales prepotentes para establecer jerarquías y cachetadas financieras se llevarán a cabo si no hay público.

 

¿Y les escritores? Las revistas y blogs de arte dependen de las publicidades, ¿pero qué tienen para publicitar esos publicistas? ¿Están las galerías de arte pagando contratos publicitarios previos a las revistas de arte para publicitar muestras que no se llevarán a cabo? Hace tan solo una generación, los diarios y las revistas le daban trabajo a cientos o miles de crítiques de arte profesionales. El reciente declive de la actividad significó una reducción de ese número por al menos un factor de diez, y un período prolongado de sufrimiento económico significará una aceleración de esta tendencia. ¿Podrán las publicaciones pagarles a sus escritores, staff y aportes? Los blogs y pequeñas organizaciones, y galerías-semillero comparten un poco del ADN de las casas de subastas, con menor planta y menos costos fijos. Pero sus ingresos son menores también. Ahora mismo, los blogs y las galerías están posteando un contínuo flujo de listículos, arte que puede ser visto online, intentando organizar "online viewing rooms" y otras actividades que puedan hacerse desde la cuarentena. Todas estas actividades logran mantener los ánimos altos pero no producen prácticamente ningún resultado económico.

 

En cuanto a los museos, también están cerrados. Muchos ya despidieron a gran parte de su staff: el poderoso Met estima que puede perder 100 millones de dólares y ha anunciado despidos masivos; el Hammer Museum echó a 150 trabajadores part-time; el L.A. MoCA, a todes sus trabajadores part-time; el S.F. MoCA, a 135 empleades de guardia; Mass. MoCA, a 120 empleades. Mientras tanto, muchos mantienen sus laboratorios de restauración, el cuidado de sus colecciones, pagan seguros carísimos, servicios de electricidad y otros miles de costos invisibles. Más allá del Getty, Kimble, el Met y el MoMA, la mayoría de los museos no tienen grandes donaciones que les permitan atravesar la coyuntura actual. Como observa Olga Viso, ex directora del Walker Art Center, “Todos esos colchones y reservas… se han consumido”. Toda institución que tenga que ganarse su presupuesto de operaciones anual está en apuros.

 

Lo que nos trae a la más vieja, ténue y preciosa de todas las profesiones, les artistas. Desde luego, el arte seguirá existiendo. Eso va de suyo, debido a que el arte es mucho más grande y profundo que el business que lo sostiene. El arte solo desaparecerá cuando todos los problemas que el arte se propone investigar estén explorados. Aún así, solo meses antes de la llegada del COVID-19, el gran pintor Peter Saul pareció leer algo en la borra del café, cuando dijo: "Hay demasiados artistas. Demasiados artistas, punto." Efectivamente el ecosistema en el cual el arte se produce ya está cambiando. Ahora mismo no están funcionando los grandes estudios, con docenas de artistas asistentes, trabajando para producir la obra de une sole artista, con sus enormes planteles de administrativos supervisando la producción. En este momento el arte se está haciendo en espacios pequeños, en mesas de cocina, con las cosas que están a mano, niñes corriendo alrededor, la comida preparándose a un brazo de distancia, el lavarropas girando, en el seno de la vida. Esta es la manera en la cual nuestra especie hizo sus cosas durante la mayor parte de los últimos 50,000 años. La creatividad estaba con nosotres en las cavernas, está en cada uno de nuestros huesos. Los viruses no matan al arte. Pero hasta les artistas más exitosos serán empujados a sus límites, con lo cual ni hablemos del 99% que vive al borde del filo.

 

Pero mientras mis recuerdos de los 70s me aseguran que les artistas van a sobrevivir, incluso prosperar, bajo cualquier circunstancia, hay un gran detalle del mundo en el que operan que sí me preocupa. Durante la última década aproximadamente, el mundo del arte que peligra ha perdido la habilidad de adaptación. O, más bien, parece poder adaptarse solo de una manera, sin importar la situación: creciendo cada vez más. Expansión y aumento fueron las respuestas a todo.

 

No creo que ese sea el recurso saludable en este clima. Y así, en ese espíritu, me gustaría hablar francamente a favor de lo que el arte siempre ha sido –algo hecho en contra de las reglas del capitalismo avanzado. El arte no se concierne con el profesionalismo, la eficiencia y la seguridad; le importan la excentricidad, el riesgo, la resistencia y la adaptabilidad. Mike Egan, dueño de la visionaria Ramiken Gallery, me escribe: "El arte no va a sobrevivir como una cosa aburrida, un bien social que tenemos que defender desde una sensación de responsabilidad para con el bien social. El arte explotará con los deseos de las personas que quieran ver acción, con llantos, gritos, armonías y algunas muertes." Y sigue, "Fijate lo que va a pasar ahora, las galerías van a quebrar –a menos que sobrevivan. ¿Y cómo sobrevivir? Pasión. Obsesión. Deseo." En efecto, en este momento de atrincherades, Egan movió su galería a un lugar decrépito frente a un basurero, y me cuenta que abrió una "exposición secreta". Creí sentir retumbar al viejo trueno del arte cuando oí estas palabras. En este y otros gestos similares imagino que despuntan unos nuevos "Primeros días de un mundo del arte".

 

Pase lo que pase, hemos sido todes reclutades al servicio del arte; voluntaries de América. Tenemos que ser libres, amoroses, generoses, ser tan creatives y sin miedo como nos sea posible; adaptándonos a los cambios que puedan venir y no recayendo en viejos dogmas, de otras épocas, malos e inaplicables. Nos esforzaremos por lo que amamos. El panorama es desalentador, pero las postas ya están siendo pasadas a generaciones que surgirán del otro lado de esto, que tendrán la brillante oportunidad de construir un nuevo mundo del arte. Cuán largo será este interregno, no lo sé. Pero del otro lado, les sobrevivientes poseerán conocimiento de lo que aprendieron sobre sí mismes durante aquellos días en los cuales el ángel de la muerte caminaba entre nosotres. 


 

1 "la codicia se vuelve forma"

2 “Cuando la actitud se vuelve forma”


foto de portada:: Noam Galai/Getty Images

 

 

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