Sociología de cafetín

 

 

E: Estuve pensando en la función de los bares y la vuelta de Twitter en base al texto de Charly Gradin de la Mancilla del que hablábamos el otro día. ¡Ahora con la pandemia es al revés, volvió tuiter porque cerraron los bares! Su función social y su materialidad se volvió un anhelo tal que el flujo constante de Twitter parece suplir ese bullicio de bar repleto. Cataratas de caracteres sobre el encierro, las cadenas de Alberto, recetas de cocina, quejas compartidas, y humor para descomprimir la tensión social que conlleva estar encerrades y sin ver a otres. En pequeños nichos los twitteros chatean, comparten lecturas, música, pensamientos, se reencuentran, hablan en público, quizás luego de años de no hacerlo. Tímidos usuarios de otras redes aparecen en la del pajarito azul a elaborar oraciones y lanzarlas a la red. Nos respondemos, hablamos sin parar: es el bar que no tenemos. Cada tanto aparecen tuits que oran: “Extraño el Varela” o “¿Cuándo abrirá el Santa Lucía para sentarme en la mesa de la ventana?”, y confirmamos juntxs que lo virtual no alcanza.

 

J: A mi lo que me interesa de ese texto, escrito en 2012, es la idea premonitoria de que después de twitter volverían los bares, de hecho ese es el título del ensayo. Por lo que decís, estamos de nuevo ante un auge de twitter, con lo cual los bares podrían volver. El punto es este: si los bares vuelven, qué ansiedad y qué consumos reflejan, ahora que los bares “de viejes” se afirman como un movimiento moral o la quintaesencia de lo genuino. La pregunta podría ser ¿Cómo y qué bares “vuelven”?

 

E: Creo que hablar de @Bardeviejes nos lleva a preguntarnos por ese ennoblecimiento, como dice María Carman sobre el barrio del Abasto, que se hace de estos bares, o la estetización, su romantización, como queramos llamarlo. ¿Cúal es el problema puntual ahí? Digo, para no ponernos nosotrxs moralistas o en un lugar de la vereda que es difícil de describir, ¿el de preservar un aura? jaja, no sabemos bien qué es... Podemos tomar el ejemplo de Roma y de Los galgos, casos en lo que “restauran” esos bares y les añaden como un brillo nuevo que podríamos adjetivar como cool, juvenil, etc, etc, pero ¿qué tiene de malo eso? realmente… creo que el problema concreto sería el aumento de los precios y la consecuente expulsión de muchos de sus clientes.

 

J: No es fácil este tema, es verdad. Desde ya es una cuestión de gustos y elección. Pero para ir un poco más allá: creo que lxs dos podríamos consensuar que nos gusta más el bar Mar Azul de Rodríguez Peña y Tucumán, que Los galgos, que a pocas cuadras hace “todo bien”, con su estela de Cinzano y gastronomía “de bodegón”. Creo que podemos clarificar las cosas pensando qué hay de desentendido en ciertos bares que nos gustan y cómo muchos bares que podemos ver como problemáticos en términos culturales, lo son en tanto llevan formas de vida cotidiana a un valor de cambio farolero. El Instagram Bar de Viejes defiende a los bares que ellos nombran así porque los santifican, esa es la única forma de fanatizarse. Hay algo litúrgico obturador en lo que hacen. No por casualidad la estetización destruyó durante veinte años a Palermo viejo y ahora va por Chacarita (el Palermo de esta década), que está cerca y tenía todo intocado. El rumor del mercado “progresista” no deja de ser mercado y no deja de ser una forma de estetización en haras de rédito económico y precarización laboral de sus empleadxs. Si luchan contra Starbucks no es solo porque les gusten más los bares “normales”, sino porque tratan de llevar agua para el molino de su negocio. No necesariamente los “bares de viejes” pertenecen a señores buenos, románticos y de mentalidad filantrópica, también hay fascistas dueños de bares así. No hay más que ver la película Bolivia, de Adrián Caetano, 2001. 

 

E: Creo que ese razonamiento muchas veces lleva a pensar que es mejor un Roma nuevo que un Starbucks o un Le blé y perdemos de vista lo que decís vos de que, a través de esta estetización, surge Palermo y hasta la pérdida de nombre de sus alrededores, por la extensión de algo que vende, la palermización.

Es como una cadena, de la cual habla Martha Rosler, donde dice que los artistas (en ese caso) tienen que hacerse cargo de dónde muestran. La autora ahí hace referencia a instituciones culturales como museos, pero luego también diferencia entre los movimientos y actos de okupas y los de gentrificación. Bar de Viejes no ocupa los bares, les saca fotos, los embellece, los sube a una red social y se pone un logo.

Pienso en ocupar los bares, el gesto ocupa como el de habitar y permanecer, dónde socializamos y dónde nos encontramos. Discutir con la presencia cómo queremos que el tiempo pase. Tiene que ver con algo de la ansiedad que decías vos. Lo mismo con el elegir, dentro de lo posible, qué consumimos. Desde el lado de la ecología también, y la construcción exagerada en la ciudad. Ir en contra de eso y habitar lo que ya existe.

 

J: Es re interesante lo que decis porque me hace pensar en el tema del habitar, del hábito, de la permanencia, del bar como “escuela de todas las cosas”, como dice el tango. Del lugar donde uno puede ir solo, porque se encuentra siempre con alguien o con algo. Pensaba que no solo esta forma de reivindicar bares adolece de un pensamiento sobre el habitar, el permanecer, sino que fomenta una ansiedad, un conocimiento acumulativo de los bares, como esos planes turísticos de “ruta del vino” o “mapas de bares”. Si algo tienen de bueno algnxs bares es que se parecen a hogares y para que se parezcan a hogares hay que ir, estar, renegar y alegrarse, aburrirse y deleitarse. Una letra helvética dorada en el vidrio y un vermú con soda no garantizan formas libres de vida. No sé qué las garantizaría, probablemente nada, porque tal vez no haya un afuera del sistema global. Salvo, como hacían los anacoretas, vivir en la práctica del “abandono del mundo”. Es difícil estar verdaderamente en algún lugar sin ansiedad, me parece que los bares que nos gustan son los que combaten eso sin alharaca. Por otro lado, después de la tragedia de Cromagnon la ciudad está cada vez más reglada y esas reglas también incorporan a quienes mercantilizan la nostalgia y regulan la memoria colectiva con comercios aggiornados un poco al pasado pero mucho más a los consumos globales. Para eso prefiero la melancolía, que es menos activa pero más consciente de sus impedimentos. 

 

E: Qué bueno que nombres Cromagnon porque creo que, por una cuestión generacional, no podemos evitar leer la ciudad sin pensar en ese hecho. ¿Querrás decir que estos bares fueron como una resistencia a ese accidente que dividió la vida nocturna y cultural en dos épocas? No había pensado esto pero puede ser, esos bares que nos gustan y no están iluminados por las luces nuevas de la mercantilización son como el under que perdimos luego de las restricciones post-tragedia cromagnon, ¿no?

 

L: Lo que quiero decir es que después de Cromagnon la ciudad está mucho más “visible”. Todo se parece más a una vidriera. No olvidemos que el macrismo surgió como cultura política entre las repercusiones de Cromagnon. Bajo esa inercia en 2007 ganaron las elecciones de la ciudad, ¡que gobiernan hace ya trece años! Necesariamente esas marcas están, esa ética global y esa perspectiva de hacer la ciudad más “fluida”, llena de polos y zonas identificables, esa “identidad” de los barrios y de las esquinas y de los lugares en que se entiende que uno puede “divertirse” no es otra cosa que una manera de congelar, de formatear el ritmo de una ciudad. La voracidad de los nombres, las zonas marcadas, los límites, las legislaciones, la presencia burocrática ya casi total del Estado en la vida metropolitana, ha llegado también al pocillo del cortado o al triolet, y ese es un problema que no se si a esta altura tiene solución. La ciudad, como bien nos enseñaron Simmel, Martínez Estrada o María Moreno, tiene en su centro el problema y la chance de ser un lugar caótico, donde luchamos por la supervivencia y a la vez nos liberamos en la marea del anonimato. Podríamos pensar qué aún no tocó la estética global y canchera de la ética contemporánea, pero no decirlo, guardarlo como tesoro, pensarlo como guarida y vivirlo sin publicidad. 

 

E: Quizás sea eso: vivirlo sin publicidad. Aunque también está el rol del periodista, el del que quiere denunciar o “salvar” esos bares que están cerrando. El dilema ahí es si hay manera de ir contra este proceso, y cuál es esa manera, ¿no?

 

J: Una manera creo que puede ser caminar la ciudad cuando unx no tenga que trabajar o tenga un ratito. Es gratis y democrático, caminar es lo contrario al panorama y creo que puede ser una forma de discutir contra los lugares “a los que hay que ir”. Caminando los descubrimientos son más pedestres, pero capaz terminan siendo más descubrimiento. La ciudad se nos puede abrir de otra manera en cada esquina.

 

E: En la caminata no hay acumulación. Me hace acordar a un libro que leí hace poco de Vivian Gornik, ella habla de caminar la ciudad, hace una oda de eso y en otro relato compara el ir a los bares con el escribir cartas. Cuenta la historia de un intelectual en Tel Aviv que culpa a la televisión por el hecho de que los bares estén vacíos. Ese personaje sufre por los bares vacíos de su ciudad y dice que a raíz de esto la gente “dejó  de hablar”, es muy notable y tremendo. Gornik, por su parte, relaciona el dejar de ir a los bares con el dejar de escribir cartas y le echa la culpa al teléfono. ¿Qué pensará ahora de Twitter!?

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