• Elisa Palacio y Juan Laxagueborde

Sociología de cafetín II

E: Como aprendimos o refrescamos muchxs a raíz de lo que está pasando, el 40% de la población del país vive en el famoso AMBA, la zona más afectada por el virus que frenó al mundo contemporáneo. Esto coincide con explosiones de marchas contra el racismo y la desigualdad en muchas ciudades capitales. La crisis global reveló cuán profundamente divididas, desequilibradas, expulsivas e insostenibles son estas ciudades. Me pregunto si el futuro puede proporcionar una pequeña ventana para que nuestras hipergentrificadas e inaccesibles urbes se reformulen, se achiquen, quizás en densidad, y revitalicen sus escenas locales y comunales, como hablábamos en la conversación anterior.


J: Se me ocurre un ejemplo palmario para derivar sobre estas cuestiones. El otro día vi un video del ministro de Cultura de la ciudad de Buenos Aires, Enrique Avogadro, filmado para el MAMBA. Dice que en el futuro “la cultura tiene un rol central en la construcción de nuevas redes sociales. En un mundo que va a ir de lo masivo, alocado y veloz a lo sostenible y probablemente un poco más lento”. Después pondera las formas “horizontales” y “solidarias” que según él vendrán luego de la pandemia. Atisba un orden más afectivo, “más conectado con el ahora”. Finalmente dice que “aparece lo local”. Augura que lo local va a salir fortalecido. Mueve sus manos como figurando un entramado barrial, está muy entusiasmado con las conexiones, “las conversaciones a nivel local”. Termina diciendo que los museos tienen que lograr que la gente cuando salga converse. Pues bien, creo que hay mucho información ahí sobre cómo la derecha capitaliza la vida popular: al gobierno macrista, que dirige hace 13 años esta ciudad, y es producto de todas las transformaciones semióticas, colectivas y urbanas pos Cromagnon, si hay algo que no le interesa es “lo local”. Toda la señalética, los recursos, su afán de “gestión cultural” y sus faroles, están enamorados de la idea de hacer de Buenos Aires una “marca ciudad”, contratar franquicias de ferias de arte, fomentar la ciudad como un “polo” más del mercado mundial de tráfico de obras y capitales simbólicos de artistas. Por lo demás, la gente conversa desde que existe y, mal que le pese a Avogrado, conversa de lo que quiere. Pensaba en cómo, ante esta época de poder hacer muy poco, un gobierno se aferra a palabras interesantes e intenta volverlas concepto, como horizontalidad, o localidad. Las asociaciones anarquistas, los circos, los tugurios de tango, los sótanos, las bibliotecas comunitarias, las sociedades de fomento, los clubes barriales, los localcitos sin otro fin que la sociabilidad discutida en otras formas del vínculo y mil cosas más, han demostrado, por lo menos en los últimos 130 años de vida común en esta ciudad, que no necesitan del candor de Avogadro para existir. Sus palabras nos hacen acordar que existen muchas cosas más que funcionarios como él, que sus intenciones y las instituciones que administra, algunas más interesantes que otras, claro. Incluso, muchas veces lxs trabajadorxs de las propias instituciones públicas logran resistir con ocurrencias y con los recursos que hay, la vocación lavada del gobierno porteño. Hay muchas maneras de vida, dentro y fuera del Estado, puestas a discutir con el plástico y la cáscara de los tecnócratas como él, hiper estimulados por sus “ideas”. Se hizo largo, pero me parece un buen punto por donde empezar. El ejemplo de Avogadro es parecido a lo que charlabamos de los bares. Lo local ya estaba, siempre está. El punto es que ahora la “gestión cultural” hace lo posible por hacer algo con eso.


E: Me interesa pensar si estos localismos y esta horizontalidad que Avogadro invoca, con su calma y sus buenas intenciones, incluye a los vecinos de los museos y del polo que crearon y venden como sitio de arte. Porque hay una gran diferencia entre esos localismos que nombrás, es decir la cultura popular y toda la parafernalia que inventa el PRO, para hacer surgir lugares bajo una política diseñada para vender terrenos. ¿Dónde hay una relación directa de los museos y las políticas del pro de hoy (y de toda esta década) con la vida y la cultura local que rodea sus espacios de arte? Más allá de los sueños de las instituciones globales del Estado. El señor Avogadro se muestra cool y light hablando de la pandemia en la ciudad, de la nueva normalidad y propone pensar un futuro utópico en vez de distópico. A mi en este contexto escuchar “lo local” y “solidaridad” me hace sonar una alarma en la cabeza que alerta sobre cómo está distribuido el espacio en la ciudad. Me pregunto si los gobiernos de derecha están pensando realmente los temas de hacinamiento, vivienda, tierras, etc.


J. Claro, porque Avogadro está pensando en acercarse a esas actividades sociales permanentes que sostienen a una ciudad, hasta diría que la vuelven posible. Intenta dejar por un rato su lugar de sujeto minimalista atento a las “nuevas agendas” y tiene una especie de preconciencia para pensar la cultura más allá. Al decir “lo local” se mete en un berenjenal, se agrega potestad. Se lo ve, para decirlo de alguna manera, envalentonado y prudente, pero en tres minutos de duración. Su posición cándida es solo una estrategia para poder hacer algo cuando el circuito internacional de los estados y de las ciudades que tienden a ser marcas, se cortó y se cerró por muchos meses.


E: Claro, en este presente de fronteras cerradas y aislamiento social, se permite explotar lo bonito de pensar un museo como espacio de encuentro. Borra lo expulsivo de las políticas de su partido y se dice interesado por lo local, lo horizontal, la enseñanza en el arte y la cultura cuando es claro que no hay relación entre su idea de localismos y la de encuentros reales.

Yo insisto que hablar hoy de todo esto me parece inherente a hablar del espacio y las políticas alrededor de eso, porque hay barrios y territorios con características y complejidades diversas, y porque el contexto hoy evidencia cuestiones básicas de salud y derechos.

A raíz de esto me interesa la mezcla de las ciudades y el campo, creo que es algo que se está empezando a plantear. La ciudad y la pandemia, entre otras cosas que estaban por debajo, parecen llevarnos hacia una idea de la vuelta al campo o de mezclar el campo con la ciudad como una nueva posibilidad.


J: Es que la ciudad es producto de ese cruce, ¿no? La ciudad es siempre un espacio abigarrado. Pero eso no significa que se tenga que hacer de la diversidad una moneda de cambio. Los espacios geográficos más rurales o llanos se vinculan con la ciudad cada vez menos. Porque cada vez más se piensa a la ciudad como una sola cosa. Los gobiernos como el de Larreta tienen la vocación de hacer circular velozmente, como productos, a personas, sentimientos y lenguajes. Y justamente, el campo, es el reino de la permanencia, del habitar, del quedarse y amalgamarse con el territorio. Lo perverso de las políticas culturales macristas es que esa velocidad tiene el carácter de un ciclo económico. En términos culturales, todo lo que se hace, tiene vocación exportadora, “lo que los porteños podemos mostrar al mundo”. La idea de hablar con el mundo en la forma más penosa de olvidarse de lo local, porque “el mundo” no existe, y los lugares, los barrios, las esquinas, sí. “El mundo” es en realidad un sistema de intereses económicos siniestros, pero “lo local” es la memoria cultural de una ciudad complejísima a la que se quiere igualar, zonificar, o identificar, para fetichizarla, para venderla. Me hace acordar al poema de Borges “Último sol en Villa Luro” (1925), que es parte de los poemas en los que narra su relación con las caminatas que lo llevaban hasta los confines de la ciudad, ya donde empezaba a volverse campo. Hay un verso ahi que dice así “Cuántos países a la vez: el campo, el cielo, las afueras”. Hay otro verso que dice: “el mundo está como inservible y tirado”.


E: Acá me recuerda al tema de los cafés-bares de la ciudad que ya hablamos: ennoblecerlos para vender. Lo mismo con los barrios en las políticas del PRO. Pequeñas marcas registradas que conforman otra más grande: la ciudad. La ciudad como producto, para el turismo, por ejemplo. El tango como un producto, la villa 31 pintada de colores como un producto empaquetado, donde toda la complejidad, lo real, lo local y la diversidad queda tapado y no interesa porque revela otras cosas que no les conviene atender. Esas cosas suelen ser los actores mismos, los que habitan la ciudad y cómo la habitan: si tienen acceso a los servicios, como algo concreto que revela la desigualdad de derechos. Esos actores son los vecinos de los museos de La Boca, sin ir más lejos para Avogadro, o quienes están dentro de esos paquetes como el barrio Mujica coloreado o el Abasto tanguero.


J: Es el problema de la representación, que aún siendo un tema a esta altura permanente en occidente, no deja de ser contemporanísimo. Sería largo y quizá pueda quedar como discusión para una futura charla, pero quiero dejar acá apuntadas unas cuestiones, a partir de esa obra de Gabriel Chaile en la que interviene ollas que usaron algunos comedores comunitarios. La obra en sí es discutible y sospechosa por su afán “visibilizador” de las luchas populares, como si a esta altura necesitaran que alguien las represente así. Esa obra y su contexto fue cubierta por María Paula Zacharías para el diario La nación, en la feria Art Basel, en Suiza, el año pasado. Me parece que esa nota puede contribuir a pensar la relación entre el periodismo, ciertas zonas de las artes visuales y la pericia para transformar un escenario lleno de problemas en el teatro alegre de la filantropía. Es imperdible, además, lo que dice el galerista Federico Curuchet, cuando habla en nombre de otro, cuando “representa” al propio Chaile.


E: Claro, cómo narra el periodismo eso y qué representa esa narración. Volvemos al tema de lo popular, finalmente. Hace poco Juan Grabois, de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular, le acercó al presidente un proyecto post-pandemia: el Plan General San Martín, Poblar y Crear Trabajo. El plan propone crear puestos de trabajo, fundar pequeños pueblos, llevar a cabo la integración urbana de barrios populares, crear nuevos barrios, entregar tierras a las comunidades agrarias y cuidar el medio ambiente promoviendo la utilización de energías renovables. Por otro lado, en otros países, donde quizás no tienen el problema de la pobreza, hay también un incipiente boom sobre volver a habitar los pueblos. Allí y acá lo local se reivindica como calidad de vida. No me interesa irme al otro extremo de idealizar el campo, los pueblos o el horizonte pampeano. Lo que me interesaba es exponer los temas que creo que son primordiales a la hora de hablar de la cultura, de la ciudad y de horizontalidad. El distanciamiento social hoy revela más que nunca que es necesaria esta redistribución del espacio. Hablar de espacio es hablar de tierra y es hablar de riqueza. El calentamiento global pide techos verdes, más árboles, menos consumo y más compost así como iniciativas de tipo huertas comunitarias. Todo eso hace pensar en que necesitamos mezclar más las ciudades con el campo y redistribuir el espacio social cuidando las culturas locales.

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