• Nina Power

Cómo cancelar la cultura nos hizo olvidar el arte de la interpretación


El control corporativo y la iconoclasia tonta nos están enseñando a desconfiar de nuestra propia sensibilidad estética

Vivimos en la era de las grandes plataformas, donde el control corporativo y el pánico de los accionistas se encuentra con la paranoia de una minoría insomne ​​en internet. El arte y la cultura deben ser controlados, y las expresiones de todo tipo se consideran “buenas” o “malas” de acuerdo con los edictos anarco-tiránicos, siempre cambiantes, de nuestros señores tecnológicos, que siguen el ejemplo de los más histéricos entre nosotros.


La atención es finita, pero hay un exceso de cosas para mirar, escuchar y leer. En la era de la información, no es necesario quemar copias físicas de las cosas para eliminarlas de la circulación pública. Por el contrario, simplemente se puede quitar de la plataforma. En las ultimas semanas y en respuesta a las protestas de Black Lives Matter, múltiples plataformas de transmisión han entrado en pánico, eliminando películas y programas que ahora se consideran polémicos. Lo que se entiende por polémico, en los últimos años, se ha ido redefiniendo cada vez con mayor amplitud. Las voces conservadoras y de derecha (Alex Jones, Milo Yiannopoulos, Laura Loomer, Louis Farrakhan, por ejemplo), pero también las de mujeres de izquierda y liberales, como Meghan Murphy, han sido expulsadas de las plataformas de redes sociales ansiosas por establecer las credenciales de su nuevo “despertar de conciencia”, ahora, incluso algunas producciones mainstream tradicional como Fawlty Towers, Little Britain, The Mighty Boosh y The League of Gentleman han sido eliminadas de varios archivos en internet. El rango de lo que se considera aceptable se hace cada vez más chico.


La censura actual es muy desigual. Los sitios de pornografía permanecen intactos, pero las páginas en Reddit de crítica de género se eliminan; Puede ser difícil que los adolescentes pobres tengan relaciones sexuales frente a la cámara, pero las mujeres que discuten los cambios propuestos a la legislación gubernamental en torno al sexo y el género están prohibidas. Realmente vale la pena preguntarse quién quiere que veas qué y por qué. Mientras tanto, conserva toda tu cultura analógica (libros, vinilos, DVD). Nunca se sabe cuándo algo que amas será retirado de la circulación digital.

En las últimas semanas, HBO eliminó de su servicio de transmisión Lo que el viento se llevó, el romance histórico de la Guerra Civil estadounidense de 1939, describiéndolo como un "producto de su tiempo" racista por su retrato nostálgico de la esclavitud y la Confederación. Ahora la película ha vuelto, pero esta vez acompañada de una breve introducción de la estudiosa de cine Jacqueline Stewart. En el contexto de Black Lives Matter y la destrucción de estatuas de propietarios de esclavos, tiene sentido que HBO haga esto: ahora puedes volver a ver la película, pero debes estar seguro de entender la película de una manera particular, en su “contexto”; por lo tanto, HBO aún puede conservar la película y, sin embargo, no “contaminarse”, o ser potencialmente "cancelada", por presentarla. La introducción de Stewart está bien equilibrada y va al grano: llama la atención sobre la ausencia de una descripción brutal de la esclavitud, los estereotipos de los personajes negros como sirvientes ineptos y señala cómo la segregación impidió que las audiencias negras asistieran al estreno.


Pero hay al menos tres implicaciones del gesto de HBO sobre las que vale la pena reflexionar, que se relacionan con todas las plataformas cada vez que bajan algo o a alguien: primero, el simple hecho del poder material de las plataformas para eliminar cualquier libro, película, imagen o canción que se considera "problemáticx" en algún momento; En segundo lugar, la idea de que hay una manera “correcta” para leer los productos culturales a los que se permite el acceso; y, tercero, que no se puede confiar en que los consumidores de cultura piensen por sí mismos, sino que se les debe decir o mostrar cómo entender imágenes, palabras y sonidos.


Controlar el acceso, controlar la recepción, controlar las mentes: estos mecanismos nunca son neutrales. Es imperativo que nos preguntemos quién pide restricciones sobre lo que podemos y no podemos ver, oír o leer. Vale la pena preguntar quién, exactamente, no quiere que veas esto. ¿Cuáles son sus motivos para censurar algo o imponer la interpretación "correcta"? En medio de toda la indignación, la preocupación genuina por hacer del mundo un lugar mejor para más personas, nuestras propias lealtades, predilecciones y tendencias, y la simpatía que podamos sentir por los grupos oprimidos, se nos enseña, sobre todo, a desconfiar de nuestra propia sensibilidad estética y nuestra capacidad de pensar por nosotros mismos.




El arte de interpretar requiere, entre otras cosas: confianza en uno mismo y en la realidad del artista y de su obra; tiempo suficiente para ver el trabajo desde múltiples ángulos; y la voluntad de ser molestado en todas direcciones. Puede llevar años comprender realmente un trabajo difícil. La película Salò de Pier Paolo Pasolini de 1975. O los 120 días de Sodoma es quizás la exploración más superlativa del cine sobre la crueldad, el poder, el fascismo, la sexualidad y la narración, pero también es una obra brutal, repugnante, aterradora y profundamente perturbadora, sujeta a varias prohibiciones, algunas en el estreno y otras posteriores. Vale la pena verlas repetidamente, y reflexionar interminablemente, por ejemplo, sobre la afirmación hecha por “El Duque” en la película, a saber, que “nosotros los fascistas somos los únicos verdaderos anarquistas, naturalmente, una vez que somos dueños del estado”. De hecho, la única anarquía es la del poder.


La tolerancia requiere la capacidad de imaginar o simplemente comprender que los demás ven el mundo de manera diferente, a veces extremadamente diferente a la tuya. El arte y la cultura son, ante todo, modos de comunicación: todavía podemos, y debemos, ser capaces de sentirnos conmocionados, conmovidos, perturbados. En cambio, imaginar que lo más importante sobre el arte y la cultura es cómo “proteger” o “escudar” al espectador de los efectos potencialmente perturbadores de una obra de arte es imaginar una noción del yo que es completamente frágil y necesitada de protección permanente.


Hoy en día los más dispuestos a escudar y proteger al espectador son a menudo los que se comportan de la manera más agresiva hacia el arte y las ideas: así nos encontramos, todos nosotros en medio de la violencia y la crueldad de la historia, desatadas por una nueva guerra cultural en donde la libertad de pensar, sentir y expresarnos conlleva el riesgo de empobrecimiento económico, ostracismo social y venganza pública.


Las tendencias autoritarias nunca desaparecen realmente. El arte en los bordes siempre será un riesgo, en el sentido de que nos devuelve todo lo que somos de forma mediatizada, para bien o para mal. A veces, los valores conservadores han amenazado al arte; en otros momentos, como ahora, la izquierda parece encontrar ofensas en todas partes y deleitarse con censurar y oprimir.


Pero bajo regímenes represivos de todo tipo, el arte es vital cuando es clandestino y opositor: pensemos en el trabajo del director serbio, Dušan Makavejev, crítico del comunismo soviético, el socialismo yugoslavo y el imperialismo estadounidense; del rechazo del punk a una temporalidad que solo parecía abrazar valores conservadores; del reposicionamiento del deseo y el placer del arte feminista.


Es el arte el que nos revela, como un relámpago, lo absurdo del status quo, los mecanismos de dominación, cómo nos encontramos atrapados en redes de falta de libertad de todo tipo, incluso, o especialmente, aquellas que pretenden estar “de nuestro lado”.


Preguntate qué harías y quién serías si fueras verdaderamente libre. Solo con una imagen de libertad en mente puedes comenzar a confiar en tu juicio, estética y políticamente. Los mecanismos de censura son a menudo insidiosos y hoy vienen, por ejemplo, envueltos en el lenguaje de la bondad, la compasión y el dolor del otro. La censura se internaliza con frecuencia de forma preventiva: no siempre necesitamos plataformas para castigarnos cuando decimos algo "incorrecto"; a veces sabemos de antemano qué es lo que debemos o no debemos decir. Pero el arte, como la vida, es a menudo muy difícil: tampoco depende de otros decirnos cómo debemos interpretarlo. Podemos y debemos confiar en nosotros mismos (y en los demás) para hacer frente a los aspectos potencialmente devastadores de ambos.


publicada originalmente el 30 de julio de 2020 en ArtReview

Traducción: Mario Scorzelli


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