• Elisa Palacio y Juan Laxagueborde

Sociología de cafetín III


J: Todas estas semanas estuve hurgando bastante en los rincones de youtube. Mucha gente está desempolvando sus archivos VHS, digitalizando y subiendo materiales por años y años guardados en placares. Hace poco apareció un video de Horacio González dando una charla en la Facultad Libre de Venado Tuerto / Rosario, en 1992. Lee una crónica sobre sus paseos por los bares rosarinos un sábado a la tarde y deriva sobre las transformaciones y las continuidades de las ciudades. Es muy lindo. Quería citar el comienzo, porque me parece importante para nuestras charlas. Dice que un día estaban con David Viñas en un bar de la avenida Corrientes y este le dijo, mientras miraba para el lado del mostrador: “Si somos capaces de explicar todo esto, podemos explicar todo.” Lo que Viñas había visto era una galería de retratos, almanaques, recortes de diarios y conmemoraciones que tapizaban la pared posterior del bar. Todo rodeando un reloj de café Cabrales. Pensaba en varias cosas y en lo interesante de la idea de Viñas, de que hay en un bar una especie de resumen cultural de la vida de la gente. Los bares son sitios extraños, ni del todo públicos ni del todo íntimos. Están cargados, muchos de ellos, de ciertos sedimentos, años y años de permanencia en el mismo lugar, con el mismo decorado y las costumbres intocadas: pegar cositas alrededor del reloj. Algo así pasa en McPancho, el kiosco/bar frente a Puán, donde el dueño escucha música a todo lo que da, es amable, gritón, a veces demasiado marcial con los mozos y colecciona detrás del mostrador decenas de fotos con jugadores de fútbol, personajes de la farándula, profesores de la facultad, entrevistas a esos profesores que salieron en diarios que leyó, y muchas cosas mas que no recuerdo. La expresión de Viñas, me remitió a la idea de coleccionismo, de archivismo, de fetiche, de hobby, que muchxs tenemos. Como si en cada unx existiese una serie de objetos que cuentan algo que nos excede; nuestra versión bastante fidedigna de las cosas, de la historia, de cierto secreto de vivir. Como una enciclopedia estrambótica que siempre otrxs interpretan para contarnos lo que somos y que es un altar laico que simboliza una ética. Pensaba entonces, y acá término, en qué relación habrá entre un bar y un museo, entre lxs que manejan un mostrador (incluidas las paredes de fondo) y lxs curadorxs.

E: Esto del coleccionismo y los fetiches me hace poner poundiana y pensar en la idea de que los objetos existen para ser mirados. Dice Ezra Pound en su poema “Un objeto”:

Esta cosa, que tuvo un nombre y no un corazón / ha adquirido familiaridad donde pudo haber afecto,/ y nada ahora / disturba sus reflexiones.


Éste híbrido entre lo público y lo privado y el espíritu coleccionista en relación a los bares en las ciudades, al menos en muchas de Argentina, es algo que también vengo pensando y que pusimos por escrito con Jacquie Golbert en una nota publicada en el Flasherito el año pasado, también los comparamos con museos, ¡qué loco! Ahora que releo, creo que la cita a Mark Fisher se une con la de Pound. Los objetos -culturales- necesitan siempre ojos -nuevos- que los miren. Culturales y nuevos lo suma Fisher, el poeta parece ser más universal que el crítico.

No sólo miramos objetos en los museos, eso es obvio, pero ese valor del objeto que requiere ser observado parece encontrarse en espacios particulares. ¿Quizás tu pregunta sobre el museo/bar, curador/dueño del bar tenga que ver con la diferencia entre un objeto y una obra de arte? Diría que no y de hecho muchos museos son colecciones de cosas, no necesariamente obras de arte. Hay museos históricos que relatan la vida de personajes a través de sus objetos: su cama, sus libros, su botiquín.


Cuando estuve en México fui a dos de estos “museos casas”: al de Trotsky y al de Frida. Son bastante famosos, pero hace no mucho (¿qué es el tiempo?) fui también al Museo Gauchesco Ricardo Güiraldes, en San Antonio de Areco. Este último es una rareza. Hay colección de objetos de la vida del escritor y de la tradición gauchesca. Tiene también, en la entrada, una pulpería museo de principios del s. XIX. Acá se mezcla, literal y materialmente lo que estamos hablando, un museo bar. En esa pulpería, La Blanqueada, transcurren momentos claves de Don Segundo Sombra de Güiraldes. El museo también tiene varios Fígaris y algunos Sívoris, que vienen ahora a hacer la rima.

Me gustan estos museos de colección de objetos. Me gustan los museos en general pero, a veces, salir del cubo blanco es un alivio. Mirar esas cosas que tienen el paso del tiempo marcado en su materialidad y que muchas veces están amontonadas y no aisladas por una cinta que te impide acercarte. Me recuerda a la sensación que me genera mirar fotos. Un gusto enorme y border, melancólico y vicioso. Creo que tiene que ver con que les humanes tenemos una obsesión por contar, leer y que nos cuenten historias, y con dar sentido, ¿no?


J: Me parece que se puede resaltar de lo que decís la idea de amontonamiento. Pero no decir mucho más de ella. Dejarla ahí, sin reflexionar, intocada. Para que pensemos sus antónimos, sus palabras contrarias que connotan higiene, pulcritud, orden…No conozco el museo de Güiraldes ni el de Trotsky, pero sí el de Mujica Lainez o el de Yrurtia o el de Ricardo Rojas. Uno muy lindo, escondido en la plaza Dorrego de San Telmo, es el de la pintora Raquel Forner y el escultor Alfredo Bigatti, una casa racionalista en donde tenían también sus talleres. Lo que decís me hace pensar en la idea de hospitalidad. A saber: de qué manera algunos museos tratan a sus visitantes. Qué pasaría si a las casas-museo le sacáramos el término museo. Las soguitas y las advertencias de cartelería que nos separan de los bienes domésticos, de los sillones, las cajoneras, las bibliotecas, los balcones, las hornallas, el pasto. Decía: todas esas divisiones no-hospitalarias, más bien conservacionistas, desaparecerían porque dependen y se complementan con el concepto de museo. Pero no hablo ni pretendo pensar en un “museo participativo”, nada más lejos. Pensaba si no habría algo llano, más a escala, en poder habitar esos lugares como si fueran hoteles o lugares para quedarse a pasar el día sin que un guía te diga, “eso no lo podes hacer”.


¿Por qué las burocracias siempre creen que cuidan mejor los lugares que las personas que vamos a visitarlos? Ese prejuicio institucional de que ellos cuidan y el visitante no, es todo lo contrario a la hospitalidad. Estoy pensando en eso, en los museos-casa como casas con todo lo que implica, como hogares, como lugares de acogimiento y permanencia. Lugares donde descansar, contemplar, trabajar, organizarse, vivir un rato, entre los objetos (lo que queda de los espíritus) de los que vivieron ahí. Todo esto que digo es un esquema binario para poder pensar algunas cosas, para pensar la idea de casa y de museo juntas, para después separarlas y seguir pensando. Para ver qué de casa tienen los museos que no tienen el concepto de casa adosado y para pensar qué de museo o de relicario tienen muchas casas, departamentos o habitaciones como las de cada unx de nosotrxs o de lxs lectorxs. Pensaba también en la defensa que hace Santiago Villanueva (“+Zombie -Tren fantasma”, revista Mancilla n15, 2018) de las casas-museo como espacios para pensar concretamente la curaduría doméstica, con más “dejadez que especulación”. Ahí, en la valoración de la dejadez, está pensando algo que me interesa, la idea de hacer con lo que hay. Eso que hay siempre es “escaso” para lxs curadorxs hiperespecializadxs que gustan de agregar paratextos y manierismos para que “el público entienda”. Me parece que está pensando en tratar de que la relación con la casa sea imperfecta, incluso a veces, por momentos, hasta gris. Una cosa más: ahora que releí ese texto de Santi me doy cuenta que aparece varias veces, y valorada, la palabra “amontonamiento”.


E: Me gustan estas nociones como cuidados burocráticos y prejuicio institucional, también la idea de una curaduría doméstica, que creo que tiene que ver con el coleccionismo. Pero me interesa un poco repasar la deriva de esta conversación, sobre todo ya que teníamos intenciones de que de esta resulte una especie de síntesis hegeliana. Veníamos de los bares, la ciudad, las políticas culturales y los museos. Ahora comenzamos -comenzaste- citando un video de Horacio González, que cita a Viñas para pensar y entenderlo todo en un bar. Después hablaste del kiosco de Puán y su estética coleccionista. En cuanto a esto último, el coleccionismo, creo que podríamos seguir y seguir, ¿por qué la gente colecciona? Hay algo del legado versus la finitud. Siguiendo con la deriva, te preguntabas por la relación entre bares/cafés y museos y esto, junto al coleccionismo, nos llevó a pensar en la diferencia entre objetos y obras de arte; en qué objetos merecen ser mirados, según Pound, todos, o los que el poeta elija.


Este objeto cualquiera, y digno de ser mirado, nos llevó a los museos casas. Me interesa el movimiento de estas charlas: ir de afuera hacia adentro y afuera otra vez. De los bares, a la ciudad, de ahí a los museos y finalmente a las casas.


J: Esto que venimos charlando, del entrar y salir, me parece que lleva a ciertas cuestiones que quedarán picando, a eso también se le puede decir síntesis hegeliana. Algo que se abre de nuevo en el tercer movimiento de la charla. Puede dejarnos cerca de la pregunta por el afuera de algo así como un “todo”, un sistema, una forma de vida, un conjunto de experiencias contemporáneas o destinos, que no parecen tener afuera. De la pregunta por el ejercicio de la libertad o la disidencia o la rareza en la vida contemporánea.


María Moreno, que tiene una capacidad única de analizar lo extraordinario y lo rutinario juntos, dialogando o en conflicto, dice en Black out que “el desenfreno es una negociación”. Siempre pensé esta frase como un alerta acerca de la imposibilidad de jugarla de libre, porque hasta lo que llamamos desenfreno forma parte de una serie de reglas y convenciones que nos exceden, que nos dictaminan ciertas maneras de hacer las cosas, aún las que se nos aparecen como más autónomas o íntimas. Somos las personas presionadas por la sociedad que las personas creamos. Creo que ese no-afuera significa que todos participamos de alguna manera del narcisismo y la estructura de visibilización y “decir lo mío” en la que estamos entrampados. “Si no podemos cambiar la realidad, cambiemos de tema”, decía su compinche Germán García con sarcasmo y con realismo. Queda ese entre, ese dualismo afuera-adentro, para quizás seguir hablando de las cuestiones de la crítica, de la disidencia y de lo común. De todas esas cuestiones como memorias y legados, pero también como objetos o frases coleccionables que pueden desafiar este tiempo.


E: Me quedo con la pregunta por la libertad relacionada con el afuera y el adentro. El otro día leí en twitter: “la privacidad es la nueva libertad”. Esto dicho en una red social que se actualiza a cada microsegundo con contenido personal, político, público e íntimo me pareció, no sé si un oxímoron, pero al menos llamativo, ilustrativo del momento y el tipo de sociedad en el que vivimos. Obviamente creo que esto del afuera y el adentro en pleno confinamiento por pandemia es algo que resuena particularmente. También con internet y su exposición, la visibilización y decir lo mío, como decías más adelante.

En relación a todo esto y volviendo al tema que nos convocó, ese espacio cuasi público y cuasi íntimo que son los bares, me parece lindo citar algo que me enteré hace unos días y es que Cecilia Pavón, que para muchxs como yo es una poeta faro, sacará pronto un nuevo libro de poemas por la editorial Mansalva titulado La libertad de los bares. De esa misma escuela se me viene a la mente otro caso como el de “Nunca nunca quisiera irme a casa” revista fundada en 1997 por Gabriela Bejerman y Gary Pimiento en la que nuclearon escritorxs, djs, músicxs, diseñadorxs y artistas plásticxs. (Hasta los mismos Smiths resuenan con la misma frase: Take me out tonight /Where there's music and there's people / And they're young and alive / Driving in your car / I never never want to go home / Because I haven't got one / Anymore).


Pienso en el arte y en la mezcolanza de saberes como una forma de vida y un ejercicio de libertad. Y al mismo tiempo pienso en eso como un especie de afuera y en volver adentro como algo más de calma y maduración. Quizás esto sea un anhelo, una búsqueda de equilibrio. Quizás la disidencia sea el refugio, un postulado de libertad, disidencia en el sentido de la postura crítica y de pensar en conjunto.


Con respecto a esto último y a tu cita de María Moreno creo que está bueno traer el concepto de autonomía de Castoriadis. En él analiza y proclama el autos, en su origen griego, que nos lleva al “yo mismo” y el nomos que hace referencia a “las normas/leyes”. Para él ser autónomo es tener libertad de pensar pero situándose en lo comunitario.


Pensándolo desde las restricciones de la sociedad y del mercado, y yendo y volviendo a lo que hablamos en la primera conversación, pienso en los límites que tiene entonces un ejercicio de libertad como puede ser el ciclo Todos los bares del mundo cuando se topa con el conservadurismo del bar o con la estetización de las redes sociales.


Las leyes y la sociedad nos vienen dadas y fueron hechas por la misma sociedad que conformamos, como ese viejo lema existencialista que dice “somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotrxs”.

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