Relaciones públicas ad-honorem

August 21, 2020

 
Un queridísimo amigo me dice muy seguido que admira el modo que tengo de mantenerme escurridiza dentro de la escena artística.

 

Llevo  la mitad de mi vida participando del circuito de arte contemporáneo de galerías, museos y ferias, a veces disfrazada de artista, a veces de asistente, alguna que otra generando espacios y otras, acompañando la obra con paisajismo musical o un texto, o simplemente como amiga y ávida consumidora de arte y relacionista pública ad-honorem (a ver cuándo se ponen las pilas que quiero vivir de lo que hago). 

 

Como en todos los ámbitos, surgen discusiones sobre la práctica y sus métodos, sus límites, problemáticas e injusticias, que no son otras que aquellas que el mundo capitalista genera por su propia naturaleza y que se vienen discutiendo hasta el hartazgo por teóricxs e hijxs de vecino desde que el mundo es mundo.

 

Me pregunto si es posible un escenario donde la esfera artística se preserve impermeable ante las injusticias del mundo del que forma parte y la realidad gatilla en mi cara la respuesta.

 

La reciente elección y posterior renuncia de Juan Carlos Lynch y de Mónica Grobocopatel, como presidente y vicepresidenta, respectivamente, de la Fundación arteBA, puso en evidencia en primer lugar la torpeza extrema e impunidad con la que todavía se manejan las élites dominantes al expresar públicamente sus “opiniones” y el descontento generalizado de la comunidad artística, que expresándose en redes sociales como nunca antes (quizás por el encierro, quizás porque así sean estos tiempos donde hay cosas que no son, o mejor dicho, ya no deben ser toleradas) logró su cometido y consiguió gracias a esa presión ejercida, cambiar el curso de los acontecimientos, aunque, a mi juicio, sólo superficialmente. Los nombres serán otros pero el sistema y los dueños del poder y los negocios son y serán siempre los mismos.

 

Demasiado ya se ha dicho sobre los exabruptos machistas, gordofóbicos y racistas del Sr. Lynch y conozco a la perfección el origen de la Sra. Grobocopatel y su fortuna, ya que residí varios años en su ciudad de origen, Carlos Casares, cuya economía es manejada con la mano férrea de un señorío feudal. Me pregunto entonces, quizás con cierta ingenuidad, si realmente son tan distintos de sus antecesores, o cuán contenta se encontraba la comunidad artística con la anterior administración, que nada hizo tampoco, más allá de sonrisas y cierta pretensión de horizontalidad, por cambiar el status-quo que tan injusto nos resulta a lxs artistas, que somos, si no se modifican cuestiones de fondo, lxs últimos orejones del tarro.

 

Celebro la indignación y el compromiso para cambiar aquello que no nos gusta. Celebro la unión de lxs artistas. Celebro que se alcen sus voces y se realicen propuestas que impliquen un cambio real de la precaria estructura en la que estamos inmersxs, pero también me cuestiono si no hay cierta hipocresía y doble moral en reprobar unos nombres y hacer la vista gorda con otros, porque nos resultan más “simpáticos” o actúan de forma más amigable, siendo que provienen de la misma clase social y comparten los mismos valores, la misma visión del mundo y los mismos objetivos. Marx quería que los pobres nos uniéramos y jamás leí ese pedido de unión a los poderosos, porque ellos ya están unidos en su bola de poder y dinero.


Just sayin’


 

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