Garamona para siempre

October 21, 2020

 Sobre Para siempre (Francisco Garamona. Iván Rosado, Rosario, 2020)

 

En los poemas del último libro de Francisco Garamona el asombro y la fantasía comercian con una lírica nunca al servicio de una conclusión pactada de antemano. Son chispazos incluso a veces reflexivos acerca de su misteriosa condición, las imágenes y la música de las palabras. Hay insistencias formales en las narraciones verticales de Para siempre. Una es el recurso de la repetición que genera música y cadencia en los versos pero también, como si enfrentáramos dos espejos, una idea de infinito. El procedimiento está a la vista pero no por eso resulta menos asombroso su artificio. Quizás sea cierto que todo poema es siempre una forma inacabada. Las relaciones humanas, el amor sin sentimentalismos, el misterio de la noche, el encantamiento, lo pasajero, lo transitivo, lo fantasmal, la amistad, la quimera creativa, lo que subyace. Garamona nos muestra con su sello distintivo, dotado de una complejidad que en apariencia es fácil, lo cambiantes que pueden ser las relaciones humanas. En versos como monedas, aparecen mostrados en sus dos caras los lados opuestos de las cosas. Cito unos versos del poema “Arcoiris”: «Los camiones del norte/ ya no llevan al norte. (…) Yo quería sentir/ y quería enamorarme./ Pero yo no quería sentir/ y no quería enamorarme». Sintéticos, dinámicos y enigmáticos, los cuarenta y cuatro poemas de Para siempre proyectan la claridad de una fuga hacia adelante. Los poemas de Garamona también son un  inventario de operaciones para actuar a través de las circunstancias, entre vivencias desechables, efímeras y fugaces, a partir de metáforas y personificaciones, antítesis y juegos de opuestos. Como si la desesperación y la urgencia que enmascaran estos poemas mantuvieran su equilibrio inestable, en un hilo narrativo continuo. Leemos en “Los niños de los otros”: «porque estamos poseídos,/ (…) arrastrándonos como animales/ por el borde del borde de un lugar/ que creemos elegir, aunque sea él/ el que nos busca todo el tiempo». Donde se propone una relación interpersonal extremadamente afectiva y necesaria entre las cosas, y donde lo metafórico y la antítesis comparan ideas contrapuestas. Leemos en el poema “Un espíritu curioso”: « Ese pincel es mágico,/ ese pincel es lo más./ Posee a quien lo posee/ y también es poseído». Roberto Jacoby afirma, desde la contratapa del  libro: «A través de la voz de Garamona hablan muchos seres que se metamorfosean en una estela iridiscente. (…) Garamona es una cumbre de la poesía, o sea, de todo». Después de publicar más de cuarenta libros de poesía en los últimos veinte años [«Si insisten veinte años con los suyo/ –aún andando a tientas– / terminarán siendo geniales», “Artistas” (Voy a decirte algo en secreto, Club Hem, 2018)], Garamona, un poeta genial que dice mucho con muy poco, en Para siempre nos ofrece su voz tenue, por momentos melancólica, siempre vívida. Sus poemas transforman lo banal en maravilloso, la realidad en fantasía.

 

De Para siempre (Francisco Garamona. Iván Rosado, Rosario, 2020)

 

 

El monarca 

 

Yo quería que ella pintara
la tumba de Trakl, claro,
de color azul, un azul
oscuro como el cielo.
Yo quería que ella pintara
las formas de su cara
redondeada de niño,
con los ojos perdidos
por el vapor del éter.
Que en el follaje disperso
alrededor de su tumba
hubieran como manos
señalando la ausencia
aunque debajo de la tierra
su esqueleto reducido a polvo 

existiera todavía.
Yo quería que ella pintara

esos hoteles imperiales 

construidos sobre las rocas 

de las montañas de su país natal,
con habitaciones en formas de ataúd
flotando en las estrellas,
con un deseo de muerte y exaltación
multiplicado en diáfanas escenas.
Yo quería que ella pintara
para el relicario de mi corazón
ese secreto azul del cielo
como la sangre de un monarca niño
asesinado en el salón
de un palacio de invierno.

 

 

Un espíritu curioso

 

¿Y ese pincelito que se quemó
por pintar cerca del fuego?
Está pintando todavía.
Unas escaleras de oro
y unas torres con campanas.
Pastos de verde esmeralda
y cielos de nubes lejanas.
Recubre todo con un aire 
de exotismo e inocencia.
Ese pincel es mágico, 
ese pincel es lo más.
Posee a quien lo posee
y también es poseído.
Hay en un lugar una gruta
cubierta por una cascada
que tiene adentro un cuadrito
que alguien pintó en un segundo.
Cuando se parte una roca
y queda en forma de corazón
el pincelito se alegra.
Dime tu nombre amiguito,
que yo no se lo diré a nadie.
La revolución del arte
es el arte de la revolución.

 

 

Imitación de una poeta extranjera

 

Busco la sombra de un viejo deseo,
para poder cantar mi canción de amor 

entre las nubes.
Alto, bien alto, llegando al sol 
que con sus rayos calcina el desierto 
y a las piedras que bailan si están solas.
Porque saben que vamos hacia ellas,
y por eso casi no se mueven.
Aunque en los grandes terremotos
crujen bajo las estrellas 
y se parten y se apagan.
Dentro de los volcanes son la sangre 
de un dios que brilla
cantando nuestra dulce
canción celeste y rosa.
Nuestra canción son dos bebés 
que se inclinan contra la orilla 
de un río helado y transparente
y meten sus manos ahí y toman agua.
Ellos están desnudos y todavía no nacieron
pero ya viven en nuestra canción de las semillas. 
Los poetas siguen naciendo y leones de fuego
los despedazan en las nubes.
Y morirán cantando en el atardecer
con las caras vueltas al futuro,
una canción de duras piedras y de días fascinantes…
Contra el viento y la luz 
que se apagan en sus corazones.
Pasan las semanas y vuelven las noches
donde se aprende a vivir salvajemente. 
Dame mi canción de alunizaje,
porque quiero aprenderla ahora
para empezar de nuevo,
con este canto necesario y nuevo...
Mi canción de amor entre las nubes,
con ribetes de pesadillas y de sueños.

 

 

Delete

 

Eliminar para todxs
derrotas en la tierra
victorias en el cielo
un campo quemado
la casa la vida la familia
los hijos y las hijas
también eliminados
los lentos arcoíris
cruzando entre las nubes
después de la llovizna
los perros de madera
podridos hace años
la vida en las ciudades
los trenes de juguete
el amor la tristeza
las lágrimas de piedra
fijas sobre los pómulos
de una estatua que representa
a una diosa extranjera
que espera desde hace siglos
por ser desenterrada
y volver a vivir.

 


Un fleco ardiendo

 

¡Heavy metal de vino,
espectro tornasolado,
qué buenos fueron
todos esos momentos!
Tapado de piel de oso,
guantes de cebra en punta,
inmejorables, sí, por cierto...
Visera de antílope voraz,
pulsera libre de precinto,
mano que saludaba
sin equipaje ni nada 
que la opacara 
en sus flexiones opulentas, 
de puras palmas lisas...
Parcela de un cementerio de cachorros,
llavero al que silbabas en lo oscuro,
panel irredimible en sus ribetes,
que llegó y se fue en un segundo...
¿Acaso pensabas que despedirse era simple?
Un bar despierto donde el lavacopas
es un genio. Una casa, una casa, 
para él ya y también para todos sus amigos.
Una ardilla ruda y despareja,
aferrada a un poste del alumbrado,
mitad muerta y mitad viva,
despojada en su propio movimiento.
Nosotros la miramos,
la vimos volver e irse,
aunque no sé,
nos confundimos.
El pelo de su piel tenía un color ceniza,
amarillo o marrón, duro y eléctrico. 
¿Era libre? Vaya uno a saberlo.
Me acuerdo de un fleco que apasionado ardía,
en el reflejo de tu cara al mediodía
en la estación de William Morris.
Trepados en el tren viajábamos
en las condiciones de transporte de esos días.
Parábola y antena,
jardín irregular semidesierto,
donde yo dormía y soñaba,
con vos, conmigo, con cualquiera.
Era joven y tonto, pido perdón, lo siento.

 

 

Despedida

 

Nos pasaba a buscar muy temprano
un auto de alquiler rumbo al aeropuerto,
esperábamos en el sector VIP comiendo
ostras con copas de champagne helado.
Volábamos en aviones siempre
en primera clase. Llegábamos
a universidades extranjeras
donde nos recibían comitivas de jóvenes
ansiosos y fanáticos por conocer
las novedades de nuestras
últimas producciones.
Asistíamos a fiestas de gala en castillos
vestidos de riguroso smoking
y allí estaban nuestros anfitriones
y los nuevos amigos y amigas
junto a las bebidas más exóticas
y las últimas drogas de diseño
y bailábamos hasta el alba
en jardines derruidos o en pistas
con piso de vidrio transparente
bajo el que se podían ver
nadando unos delfines,
pero igual, la vida era una mierda.
Después, dábamos recitales de poesía
en auditorios repletos
donde nos entregaban
un voluminoso álbum dorado
para que estampáramos nuestra firma en él,
y reíamos contentos, escribiendo
en la dedicatoria cualquier cosa.
Nos otorgaban subsidios para filmar películas.
Nos llevaban a festivales, nuestras obras
ganaban los mejores galardones.
En hoteles imperiales
hacíamos orgías, las chicas y muchachos
pasaban iridiscentes, sus pieles
se fundían unas con otras mientras
caminábamos en bata fumando un habano,
mirando las volutas de humo azul
flotando en el aire de la madrugada,
pero igual, la vida era una mierda.
Después, íbamos a una isla
en el Mediterráneo
con jeques árabes enjoyados
y perfumados de rosas
e increíbles princesas provenientes
de las dinastías más nefastas
del planeta, y andábamos juntos
en la playa, montando sobre
caballos pura sangre, corríamos
y el viento nos besaba las mejillas,
nuestro pelo volaba y nos sentíamos dioses,
pero igual, la vida era una mierda.
Más tarde volvíamos a casa
y encontrábamos que
nuestro arquitecto amigo,
el que estaba de moda, por supuesto,
había reformado nuestro estudio
y los mejores artistas de la época
habían colaborado con sus últimas obras
para embellecer las paredes,
porque éramos íntimos,
y cuando mirábamos sus pinturas
nos poníamos a soñar, sentados en un sillón
de cuero de potro donde bebíamos coñac
y fumábamos haschís tunecino
o tomábamos otras drogas
que una chica nos traía en un plato de oro
hasta quedar exhaustos y dormidos
con una sonrisa beatifica en los labios,
pero igual, la vida era una mierda.
Nuestros hijos e hijas crecían
y en sus ojos veíamos reflejadas
todas las maravillas que les tocarían vivir.
Las tardes parecían extenderse
por siempre en nuestros corazones
y las noches no tenían final...
Viajábamos sin parar, buscando
nuevas sensaciones que nos trastocarán.
Tomando whisky con hielo
proveniente de icebergs milenarios.
Pescábamos tiburones rosados en Bali.
Un niño nos vendía una perla
que había extraído con sus manos
de el lecho marino,
pero igual, la vida era una mierda.
Componíamos las mejores canciones
y los más ambiciosas novelas de vanguardia...
Hacíamos música para películas,
actuábamos en teatros,
filmábamos documentales,
creábamos performances,
y cuando no se nos ocurría nada
hacíamos obras de arte conceptual
para matar el tiempo...
pero igual, la vida era una mierda.
Los fondos eran infinitos
y los frentes también.
El dinero fluía y fluía y fluía.
Y a veces no sabíamos
qué hacer con él
y lo tirábamos o lo quemábamos.
Hacíamos chistes dándoles
a mendigos cifras astronómicas
y entre nosotros peleábamos
para ver quién era
el más excéntrico y despojado.
Una noche en Nueva York,
otra en Tokio, en París, Emiratos Árabes,
Lima, México DF, Ontario,
o en el desierto de Atacama,
tocando un ukelele
junto a una gran fogata,
casi siempre felices…
¡Ah, pero igual, la vida era una mierda!

 

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