• Bob Lagomarsino

Cuadro político


Desde que Cristina Fernández decidió la entronización del que fuera bufón de la corte durante la presidencia de Néstor, todos sospechamos que el poder real no estaría en la Casa Rosada, sino que sería dirigido desde el Senado de la Nación. A pesar de las piruetas argumentales de los sectores moderados del Frente de Todos, que también tienen que luchar contra los vehementes delirios de algunos militantes asalariados, las sospechas iniciales parecen transformarse en algo evidente: Alberto Fernández no es más que un instrumento del cristinismo duro, el mismo que se ocupo de agravar la crisis económica al final de su anterior mandato.

Esta historia encuentra una postal perfecta cuando la eminente baronesa del sur del Área Metropolitana, Mayra Mendoza, exhibe en sus redes sociales los atributos del monarca y el origen divino de los reyes. Según esta doctrina, el poder proviene de una deidad celestial y no de la voluntad del pueblo, los súbditos o cualquier fenómeno temporal. Al cortesano real, Alberto Fernández, lo vemos rodeado de pinturas de Néstor y Cristina; y a Mayra luciendo un tatuaje de media manga que retrata al ex presidente y hace composé con un barbijo que también reproduce a los impulsores del empleado gris a la primera magistratura del país.


No deberíamos apresurarnos en juzgar la imagen malintencionadamente como ya lo hicieron las redes sociales. Más allá de nuestro juicio estético sobre las pinturas que ornamentan el ambiente, es preciso reconocer que Mayra es un cuadro político fascinante. Una mujer clave en la estructura del poder. La primera que pudo formar parte de la dirección de La Cámpora, una organización en la que aparentemente no faltaron casos de abuso y violencia de genero a compañeras y militantes. Solo para mencionar otros cuadros importantes están los casos de Romero y Ottavis. Ella tuvo que luchar contra ese sistema e intentar transformarlo desde adentro. Para eso, impulsó la agenda feminista y obligó a enviar a las sombras a varios miembros cuestionados. También deberíamos mencionar el detalle no menor de que Mayra pudo derrotar décadas de peronismo histórico en Quilmes.


Es la compañera Mayra quien hoy nos indica que el poder es propiedad de Cristina, que Alberto debe subsumirse a los bastidores ornamentales del despacho de la municipalidad de Quilmes y que no hay más margen para continuar con el verso de un movimiento alfonsinista socialdemócrata a la medida de los sueños del Presidente. El discurso de Alberto para la apertura de sesiones ya no deja ningún margen de dudas, ni las pocas organizaciones que le rendían una relativa lealtad se atrevieron a movilizarse para acompañarlo en el Congreso. Un simple chistido alcanzo para despabilar a los últimos trasnochados que todavía no se habían enterado quien es la que manda.


Sin entrar en otras apreciaciones estéticas acerca del mobiliario escandinavo que puede conseguirse a buen precio en Ikea, es suficiente recordar que una imagen vale más que mil palabras y Mayra nos ha mostrado hacia donde mirar.


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