• Francisca Lysionek

El chivo confundido, el público ofendido




No faltan los disfraces capaces de encubrir cualquier acción maligna haciéndola pasar por una bondad que ofrecemos gratuitamente, en nombre del valor moral contingente que nos resulta conveniente en cada caso.


Yo voy a proporcionar un ejemplo de esta capacidad tan humana en las líneas venideras, yendo en contra de algo por estar a favor de esto otro, al igual que ese algo estuvo en contra de alguien que declaró previamente y con saña, su antipatía por este algo que se ve a sí mismo como bueno, bello y verdadero, pero que también puede ser tomado por torpe, engañoso y encubridor.


Los humanos estamos metidos en un lío, y cómo saber quién tiene razón cuando dice que el problema más urgente es aquello que responde a sus preocupaciones personales y moviliza su propio corazón (lo que comúnmente denominamos identity politics).


La multitud de agendas políticas que recorren el ámbito social digital es de las frivolidades menos simpáticas que agobian y estallan las redes sociales. Don’t get me wrong, no condeno, en este acto acusatorio, a todos y cada uno de los posteos que alguna vez se hicieran y denotaran un interés político y económico concreto o velado que sostiene al posteo en sí.


Si algún torpe o distraído tiene la mala fortuna de decir algo así como “no me gusta que las redes estén tan politizadas”, seguramente un coro de querubines encabritados pueda saltar a argumentar que, justamente, todo es político, y que una red social, cosa frívola y absurda, solo puede hacer sentido si es utilizada como medio para hacer la revolución (lol).


El problema acá se hace en seguida muy evidente: la cosa frívola y absurda no termina siendo desmantelada desde su interior por el ímpetu revolucionario, sino adjudicándole a la revolución sus cualidades inmanentes; frivolidad y absurdez. La nobleza del statement, el espíritu corajudo de la causa, se banalizan y pierden su entidad empática. La lucha por la justicia social se vuelve una golden shower egomaniaca y fluorescente, una prenda para ponerse y declarar una personalidad adecuada al contexto.


Son intereses sobre todo fotogénicos los de esta política estetizada que mueve el pulgar al corazón y lo rasca para mostrarse de acuerdo con una declaración política; e incluso el acto de apoyar un dedo en la pantalla parece llegar a satisfacer la idea que uno tiene de sí mismo como la vara moral de mayor excelencia, o la expresión más acabada de un sujeto comprometido y empático.

Por supuesto que este fenómeno, que ha sido ya harto ridiculizado en el mundo a lo largo de los últimos años, enseguida se topó con su veta hasta el momento más oscura y cuestionable. La cultura de la cancelación llega finalmente a tierras argentinas, importada desde solo dios sabe ya qué canal de youtube o personalidad en twitter, que habrá sido el primero en caer hace dios sabe cuánto tiempo.


¡¡No quiero ofender a nadie!! ¡¡Pero también quiero decir lo que pienso!! Ya di suficientes vueltas en la cama, me desvelé y envié decenas de audios de diez minutos. Hay algunas cosas que no se cuestionan. El bombardeo sistemático de mensajes odiosos provenientes de ¿cientos? ¿miles? de usuarios dirigidos hacia una sola persona difícilmente esté bien, o pueda ser algo que merezca alguien. Hay quienes consideran que algunas personas sí lo merecen, en realidad. Por principio, yo estoy en contra del linchamiento en todas sus expresiones, materiales o virtuales, y considero víctimas a quienes lo reciben.


En muchos casos, estas víctimas también fueron victimarias, causaron un daño previo que generó una reacción desmedida de violencia hacia ellos mismos. Con oídos pasmados he escuchado gente bien hablar del karma y de la justicia cósmica, pero la humanidad hace tiempo que dejó de depender de la justicia cósmica y aprendió a generar sus propios recursos fluctuantes y endebles para lidiar con estos asuntos. La existencia de la ley es algo similar a un milagro, lo que no significa que esté exenta de todo tipo formulaciones corruptas, severos delays, trabas burocráticas y dificultades en su aggiornamiento.


La justicia por mano propia, el linchamiento, son expresiones de un estado menso y embotado del ego. Ocurren cuando alguien se cree por encima de la ley (y se disfraza con la idea de que “la justicia no hace nada”) y considera que sus intactas facultades le permiten ejercer ¡no solo un juicio! sino un castigo apropiado para el que delinque.


En el espacio digital, la agresión toma una forma no física, y se basa en el insulto, la amenaza, la cizaña, y la obscenidad. Y siempre, por regla general, esa agresión es dirigida hacia un chivo expiatorio. El chivo expiatorio es sacrificado por una multitud enardecida que se tiende a ubicar en la vereda opuesta a la del chivo (por supuesto, siempre, y sin excepción, esa será la vereda del bien).


Una pregunta posible en este punto, es si existe un humano preparado mentalmente para cargar con este tipo de violencia, la del todos contra uno. Quizás algún psicópata. En general, diría que no. Que es una suerte si esa persona en proceso de cancelación puede contar con una fuerte red de afectos que contenga su bienestar emocional durante la turbulencia. Pero es una herida complicada de cerrar.


Una vez dicho esto… ¿Qué se supone que debemos hacer con la otra cara del pobre chivo? ¡¿Qué debe hacer el chivo con su propia sombra?! Necesita abrazos, pero también dejar de compadecerse. Decirle que acá no pasó nada, que es pura víctima de una turba furiosa, es mantener al chivo en un estado de fantasía infantil que lo reduce a un animalillo inofensivo, y esa postura no es útil para nadie en un mundo donde el peligro acecha en cada esquina.




RECENT POST