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  • Agustín Fernandez

El peronismo es el espíritu



En el momento en que la realidad se desmorona, una frase dicha al inicio de aquella historia que hoy termina es susurrada al oído del creyente y con la fuerza incomparable que acompaña a los misterios celestiales, somos empujados nuevamente de nuestras camas para cumplir con obediencia el destino errado de nuestros padres. La dulzura que acompaña estas consignas, entre amonestación maternal y palmada al hombro de quien nos guía hacia el cadalso, se asocia engañosamente con la dimensión histórica del canto, la voz destemplada del Pueblo, que supo sostener tanto la marcha de las cacerolas como los palos en las rutas, el himno vergonzoso de la guerra infame y la desmadrada voracidad de las turbas mundialistas. Del “triunfo” de la democracia hasta su “fin”, a los muertos del capital nadie les canta: son el precio que pagamos por el beneficio de nuestros consumos en moneda extranjera. Saber distinguir la canción verdadera de la voz miserable de la obediencia es una ciencia antigua relegada a los artistas, quienes sin embargo cuentan entre sus filas con practicantes obcecados de la sordera emocional.


Si este pueblo me pidiese la vida…


Dan ganas de llenarse de mierda las orejas cada vez que algún morboso dirigente -o un cínico artista- replica los sirénicos cantos de la antigua jefa, invocando su magia como si de su cuerpo canceroso naciera el diferencial de las relaciones de fuerzas. Sobre todo desde que asesinaron a la nueva jefa, con el adicional de dejarla viva, para que el terror de la amenaza surtiera su efecto total en su falta de consumación, que desde entonces permanece todo el tiempo sobre todos nosotros. La madre amenazada, el padre muerto y la prole impotentizada por lo que llaman las contradicciones, pero que cada uno experimenta a diario como el cumplir con la condena, fundada en la culpa de habernos abandonado a la ley del padre (que confusamente hablaba la lengua del capital) cuando deberíamos haberlos mandado a todos al carajo, con sus llamados a la necesidad histórica, forma decorosa de obligarnos a cortarnos las bolas y olernos el culo los unos a los otros hasta el fin de los tiempos. Y encima ahora debemos responder a la amenaza de quienes gritan la obediencia en las redes sociales, jefecitos en pañales, miserables lamebotas que se babosean con violar cuanto haya de mujer en el planeta.


La sagrada familia


No haber visto entonces que la (imaginaria) casa del padre (del padre) tenía celosías para no ver adentro y una amplia cocina con barrotes y el jardín separado para cada núcleo familiar, con perro y parrilla y lugar suficiente para el auto. No olvidemos el nicho de la virgen, en el que desde entonces nadie sabe qué poner. Y que con esa promesa en los bolsillos avanzamos confundiendo el jardín y la parrilla, el asado y la heladera con la realización de nuestros horizontes de emancipación. Ningún desierto a donde huir nos fue ofrecido entonces ni nos ofrecerán nunca, porque en el desierto podríamos hacer cualquier cosa y hacer cualquier cosa es exactamente lo que ahora está prohibido: el uso común de la tierra; la crianza colectiva de lxs niñxs, según unas formas que nada deben a la familia; el amor hacia todos los seres, conforme queramos sostener la indiferenciación promiscua con todo a nuestro alrededor; el mantener vivos a los muertos; el creer únicamente en la ley que solo la naturaleza es capaz de enunciar en toda su potencia; el saber escuchar esa ley y seguirla, como lxs pequeñxs son capaces de convertirse en un tren, como quien danza imita lo que escucha y como quienes al ver las estrellas descubren en ellas un orden que replica el de nuestros propios movimientos. Pero mucho menos tampoco: ni un rato para juntarnos en secreto, ni un lugar del que podamos apropiarnos sin mostrar el carnet, ni siquiera el ejercicio elemental de intervenir las instituciones de las que ya formamos parte, porque el mundo nos corre con la picota y nos muestra -en el reverso de la foto de la casa con jardín- un destino palpable de miseria material que comprobamos en nuestros recibos de sueldo y en nuestros planes sociales, nuestras becas y premios, nuestro trabajar gratis por el brillante porvenir que nunca llega. Mientras tanto, como una hábil amenaza municipal, más gente vive y muere en las calles.


Organización del pesimismo


Desde luego que este diagnóstico fatídico no es del todo cierto, porque aún despojados de nuestras pertenencias sabemos la alegría del compartir, conocemos la intensidad del amor y nos la pasamos criando niñxs propios y ajenos en las escuelas, las universidades y las calles. Y sabemos también que todo pertenece a quien lo usa y que las cosas desconocen la propiedad y que al final venga alguien a quitarnos lo bailado. ¿Entonces qué?. Entonces la propuesta elemental, las bases sobre las que edificar nuestro desierto: abandonar las instituciones, el trabajo, la familia, los hijxs, los padres, los hermanxs, los amigxs, las ciudades, la jefa, la industria, el daño, el llanto, la miseria, la culpa, la angustia y a nosotrxs mismxs y abrazar, uno por uno, los sueños perdidos, la tarea común, nuestra niñez rota, la familia deforme y llena de agujeros, con lxs niñxs convertidos en maestrxs, con padres convertidos en aprendices, de las plantas, de las piedras y del cielo, con amigos hermanas primos que bailan en las noches infinitas de los días del trabajo que es, ahora sí, aprendizaje continuo y gozo. Y con el arte que amalgama las tareas con la riqueza y el amor a todas las cosas con el más resuelto abandono, regocijados en la felicidad ajena que es obra de la tarea común. Para al fin darle a las cosas su nombre y que en ese nombre esté la clave de la propiedad de todxs. Y que el daño sea remitido a sus fuentes y resuelto en el manantial de la forma en que lo cóncavo absorbe su convexo y así hasta que en un largo tiempo, desconoceremos por fin la culpa y el dolor será una fase del ciclo que aprendimos a atravesar juntos y en silencio.

Pero quizás todo esto sea muy abstracto (utópico decían) entonces mejor mantengamos viva a la madre, pero que cuide a los nietos, que tiene ganas y así no nos la matan de nuevo. Vayamos a la casa del padre, a ver si en los cajones encontramos algo, una carta, un revólver, las llaves de un cofre o al menos una guia filcar con anotaciones al margen. Y salgamos a pegar los carteles de las fiestas clandestinas en las que criamos y amamos como se nos da la gana, organicemos la kermesse de las desdichas y de la alegría (una feria de arte y de trueque, sin chetos ni garcas), la cooperativa de consumos ilegales, la clínica para desahuciados mentales, la mutual antifascista, la agencia de viajes a la oscuridad de la noche, para volver purificados. Reconocer, sí, que alguien nos está quitando lo que en virtud de nuestra sola existencia nos corresponde y salir a recuperarlo a como dé lugar. Nosotrxs, que estamos más cerca de las aguas termales que del viaje de egresados, que no formamos parte de la gloriosa JP ni de ninguna generación dorada, pero que experimentamos un comunismo del que no teníamos conciencia, una infancia sin mercado, unos golpes en el estómago, un sexo casi sagrado, unos paseos en el bondi sin luces, detrás del patrullero, nosotrxs, digo, ahora, estamos preparadxs.


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