• Isabel Millar

La extrema derecha y la fantasía



La extrema derecha y la fantasía

¿Por qué es tan difícil cambiar los sentimientos de extrema derecha? Vemos a nuestro alrededor la evidencia de que debemos luchar por la igualdad social, la emancipación de los oprimidos y una reforma general del sistema para lograr una mayor justicia... estoy tratando de formular una respuesta. En pocas palabras, desde un punto de vista psicoanalítico, puedo decir que una mera argumentación racional no alcanzará para convencer a la gente de llegar a esa justicia social. Otra opción posible sería apelar a la empatía y la tolerancia de los individuos. Pero, una vez más, esto parece muy difícil cuando se trata de personas de extrema derecha. Esas personas están profundamente comprometidas con la creencia obstinada de su propia superioridad. Y también piensan que ciertos grupos sociales simplemente merecen morir. Está pasando algo que es muy difícil de erradicar y se debe a un elemento casi incontrolable de la historia: la fantasía. Entonces, tenemos que hablar sobre la función de las fantasías de extrema derecha para analizar este fenómeno político.

Todos estamos familiarizados con algunas de estas fantasías de extrema derecha, por más cliché que parezcan. En el contexto religioso, ciertos movimientos sectarios siempre han tenido una obsesión por la santidad del cuerpo femenino, y siempre han castigado a las mujeres que se atrevían a rechazar esta imagen. No es casualidad que la extrema derecha siempre haya tenido un fetiche por la virginidad de la víctima blanca, y el mayor enemigo de esta virginidad es la pulsión sexual de los hombres negros. El patriotismo estadounidense actual se basa en demonizar al Islam como el enemigo final de la prosperidad estadounidense. ¿Y no son los judíos los que secretamente acumulan enormes riquezas a expensas del hombre común? ¿Qué tienen en común estas fantasías? Que hay un "otro" imaginado que viene a robarnos "nuestro" placer. Y eso no se debe hacer, porque es malo y perverso. Los muchos otros forman El Otro, que es una amenaza imaginaria a la propia fantasía de omnipotencia. Y esta fantasía funciona tan bien porque todos estamos impulsados ​​por un defecto real e irresoluble en nuestra existencia. La fantasía de ultraderecha es una forma de referirse a esta carencia. Y fue Freud quien nos dijo que toda fantasía, incluida la política, tiene un lado sexual. No es coincidencia que el nazismo siempre haya estado impregnado de imágenes sobre las características sexuales masculinas y femeninas.


El objeto de la fantasía


Quizás primero deberíamos volver al filósofo político Thomas Hobbes para comprender mejor la noción de carencia. En su libro Leviatán esbozó cómo se puede lograr la libertad absoluta en su estado de naturaleza. El estado de naturaleza es el que precede a las formas complejas de sociedad. En el estado de naturaleza, el individuo puede perseguir sin inhibiciones su propio interés. Pero eso también significa que, en el estado de naturaleza, los individuos se destrozarían unos a otros para lograr los objetivos del interés propio: el hombre es un lobo para su prójimo. Por lo tanto, es necesario frenar esta fantasía de libertad absoluta con otra figura de fantasía: el Leviatán. El monstruoso Leviatán nos socializa, interviene en el estado de naturaleza para frenar la búsqueda del placer absoluto. Por lo tanto, es necesario establecer un contrato social entre las personas. Entonces, en el universo hobbesiano, notamos que una sociedad solo puede funcionar de acuerdo con las normas civilizadas cuando la libertad destructiva y absoluta del individuo se limita a la fantasía.

Así, con Hobbes, sabemos cómo funciona una fantasía en el campo político del Estado. Pero... ¿cómo funciona la fantasía dentro de la micropolítica de la familia y las relaciones interpersonales? Esta respuesta se puede encontrar en el trabajo del psicoanalista Jacques Lacan que analiza el mito freudiano del “Padre Primordial”. En Tótem y Tabú Freud describió el estado mítico de la familia primordial. En esta familia el padre primordial estaba a cargo tanto de la descendencia femenina como de la masculina. Este padre era el factor de control sobre la interacción sexual, es decir que tenía el poder de prohibir las interacciones sexuales. La función del Padre Primordial, en su forma simbólica, retorna en nuestra existencia como seres sociales y sexuales. Muchas formas de regulación simbólica entre las personas aseguran la diferenciación sexual en nuestra sociedad. El núcleo familiar también está regulado de acuerdo con mandamientos y prohibiciones simbólicas, y en un nivel superior nosotros como sociedad, es decir, como colectivo, también necesitamos esta regulación simbólica para poder funcionar socialmente.

En la base de todas las fantasías de la extrema derecha también encontrarás el mito del Padre Primordial. Los extremistas de derecha encontrarán placer en la regulación patriarcal y misógina de las relaciones sexuales y sociales. Este placer puede explicarse por el hecho de que siempre hay un defecto estructural en el orden simbólico (nuestro mundo lingüístico de socialización), y es precisamente este defecto lo que resulta necesario para reproducir la diferencia antagónica entre los cuerpos masculinos y femeninos. Por ejemplo, el mito fascista del soldado conquistador que hará venir una sociedad autoritaria: la fantasía última sobre cómo debe proceder la relación sexual entre el hombre (heroico) y la mujer (objeto pasivo a conquistar).

Y sí, el mayor objeto de fantasía de todos los tiempos humanos sigue siendo altamente predecible: el pene. El pene, el falo, fascina a las personas en su naturaleza feroz. En nuestro imaginario cultural, el falo es el sustituto de todo lo indestructible y omnipotente. Tenemos al pene real, en todos los tamaños posibles, flácido o erecto, y luego lo simbolizamos con el falo, el objeto de fantasía intangible. El falo es así la simbolización sexual vicaria de todos los penes y cuerpos femeninos. ¡El pene es la causa de todos los males!.. estoy bromeando, por supuesto. Pero en realidad hay una lógica psicológica subyacente. Detrás del falo simbólico todavía se esconde la falla. Y constantemente fantaseamos con un objeto de deseo –lo que Lacan llama objeto a- que llene ese vacío. Por lo tanto, el objeto a es nuestra causa de deseo, e indica que nosotros, como seres psicológicos, experimentamos un defecto en la estructura de la realidad. Entonces, esta causa del deseo, moldeará nuestra propia subjetividad, tanto para las experiencias masculinas como femeninas de la subjetividad.

Lacan, basándose en Freud, presentó en el Seminario XX su teoría más interesante sobre cómo el psicoanálisis pretende conceptualizar la diferencia sexual. El Padre Primordial finalmente fue asesinado por sus hijos. Su progenie masculina se negó a aceptar su monopolio sexual sobre las mujeres. Tiene perfecto sentido entender que su descendencia también quería participar del placer sexual. Y este parricidio es por lo tanto necesario para lograr la relación/diferencia sexual. Luego del parricidio, uno se atrevería a suponer que los hijos se harían cargo de los mismos impulsos sexuales desinhibidos del padre, pero nada es menos cierto que eso. Los hijos se sintieron culpables por matar a su padre. Esa culpa se internaliza, y cualquier tipo de placer obsceno solo logra alimentar la culpa. A partir de ahora, la autoinhibición reside en la psique del individuo. El padre ha desaparecido, pero al mismo tiempo regresa en el Superyó de nuestra psique. El Superyó es entonces el que nos impondrá mandamientos y prohibiciones. El sacerdote predicador en cada uno de nosotros.

Lacan quiere dar un paso más, quiere formalizar abstractamente las categorías de masculinidad y feminidad, haciéndolas aplicables a la interacción social entre personas. A lo “masculino” se le asigna el papel tanto de excepción como de inclusión. El concepto de “Hombre” está estructurado por un hombre que se erige como una excepción al grupo: el Padre Primigenio y su capacidad ilimitada para el placer. Esta es la base de la identidad universal del “Hombre”. Pero la posición masculina también se refiere a la inclusión, la posición masculina también está dentro de un grupo cerrado: los hijos que forman una horda y como grupo se les impide obtener placer. El sexo masculino, desde un punto de vista lógico, es a la vez omniabarcante y castrado. La posición femenina tiene una lógica diferente, es no abarcable y tampoco tiene límites para definirse como ser femenino. Es decir, no puede ser castrada. Podemos concluir que la masculinidad significa un límite al placer, mientras que la feminidad significa el camino ilimitado del placer.

Así “el Hombre” sólo puede obtener placer a través del falo y su castración, mientras que “la Mujer” encuentra placer fuera del mecanismo de la castración. Por lo tanto, la feminidad significa una proliferación de innumerables posibilidades de placer. Pero aquí hay un giro adicional a los dos modos de sexualización. La masculinidad lo abarca todo, pero la feminidad no conoce esta totalidad. Hablando formalmente, se puede ver la situación desde la perspectiva de que la categoría de feminidad en realidad no existe, ya que no se le da un límite a esa categoría. Así que no hay una definición de lo que significa exactamente la feminidad. Lacan habla de dos tipos de placer: el placer fálico y el Otro. Y, por lo tanto, no existe una forma fija o normativa en la que las personas entablen relaciones sexuales entre sí. La normatividad cultural sobre las relaciones sexuales siempre es construida socialmente, es decir, hay dos sexos, pero la experiencia de ellos es múltiple. En palabras de Lacan, “Il n'y a pas de rapport sexuel”.

Entonces, el placer fálico, es impulsado por la búsqueda de la máxima satisfacción, una satisfacción que en realidad nunca tendrá lugar. En otras palabras, la carencia siempre debe ser cubierta. Siempre está buscando nuevos objetos de deseo, que vemos expresados ​​principalmente en fetiches sexuales. El foco puede estar en los senos, las nalgas, los genitales o cualquier otra parte del cuerpo. Pero el placer fálico nunca se limita al físico. Cualquier cosa que cause placer puede ser un foco. El goce del Otro tiene otra lógica, acá el placer hay que buscarlo en lo lingüístico, en lo discursivo. El placer reside en la palabra y en los significantes que posibilitan que el deseo se comunique a través del lenguaje. Me gustaría subrayar que estas dos formas de placer deben ser vistas de una manera abstracta y lógica para poder entender los dos polos de "Masculinidad" y "Feminidad". Esto no quiere decir que, en realidad, un hombre sólo pueda llegar al placer a través del placer masculino. O que una mujer no pueda experimentar placer fálico.

Lacan enfatiza que es muy importante entender el modo femenino de placer: sin el tipo femenino de placer, no se puede entender el papel del falo. La “Masculinidad” trata de escapar de su castración simbólica, pero siempre falla en su intento: el intento de preservar la fantasía del falo todopoderoso. La castración simbólica sólo pone un límite al placer fálico. La “Feminidad” simplemente significa que no puede haber una idea universal sobre “La Mujer”. “La Mujer” es exactamente lo contrario de ese afán fálico de inclusión, aunque tampoco está determinada por la demarcación de la castración simbólica. Ya ha sido completamente sometida a la castración, pero sin adherirse a la fantasía de que puede escapar a ella. Para "La Mujer" no existe la fantasía de cumplir la función del Padre Primordial. Pero la misma constatación de que ella ya está completamente sujeta a la castración fálica, abre también la posibilidad de saber que esa castración implica una forma de autoengaño artificial. Desde un punto de vista femenino, si existe la castración, entonces la ficción masculina del Padre Primordial y su omnipotencia fálica es por lo tanto imposible. Es “el Hombre” el que no comprende su propia contradicción sexual. No existe tal cosa como una excepción a la castración después de que se haya realizado la castración. Y es por eso que la "Feminidad" es el Otro, para que pueda encontrar su placer fuera de la castración fálica.



La obscenidad de extrema derecha y la fantasía fálica

“La masculinidad” está impulsada por la fantasía del todopoderoso Padre Primordial que también sujeta la “feminidad” a su Ley. La fantasía fálica masculina, que está dirigida a “La Mujer”, se basa en la prohibición y la limitación. Por lo tanto, es una forma de socialización, en la que la función masculina sirve para introducir al individuo a su rol en la sociedad. En la fantasía de extrema derecha, esta fantasía masculina va a toda velocidad. No es casualidad que la extrema derecha insista mucho en un estricto orden social, obediencia ciega y disciplina cadavérica. Esto encuentra un hermano menor en la autonomía, el pensamiento crítico y el cuestionamiento de las limitaciones sociales. Por lo tanto, la “Feminidad" es sinónimo de lujuria y capricho para la fantasía masculina y, debido a eso, constituye una amenaza para el orden. La “Feminidad” posee una forma completa de placer que la “Masculinidad” no puede alcanzar. Por lo tanto, no es de extrañar que para frenar ese placer temerario la fantasía de ultraderecha sueñe con una mujer encerrada en su casa. La “Mujer”, por sí misma, corre el riesgo de la degeneración y el libertinaje.

Entonces podemos concluir que el falo arroja un velo sobre cómo experimentamos nuestras relaciones sexuales. La función fálica actúa como un engaño para ocultar una falla específica en la “Masculinidad” y la “Feminidad”. Para “La Mujer” esta función fálica consiste en una forma real de engaño. Le impide mostrar que es una actora en la relación sexual, y es precisamente la obstrucción de esta intuición lo que constituye su defecto. Para la "Masculinidad" el falo es un completo misterio, más bien es una forma de autoengaño. El falo simplemente debe ocultar que él mismo está en la raíz de la falta de conciencia de que nunca será verdaderamente omnipotente. Por lo tanto, estas dos posiciones nunca pueden reconciliarse. La lógica de la sexualidad se basa en última instancia en dos intentos fallidos de convertirse en un “sujeto completo”. En ambos casos, la sexualidad está impulsada por la carencia. Y es precisamente la imperfección de cualquier subjetividad lo que hace que existan tantos modos de experiencia sexual.

El mito del Padre Primordial, que puede poseer todos los placeres y puede disfrutarlos obscenamente, es lo que impulsa los movimientos de extrema derecha. El quiere experimentar una forma plena y completa de placer. Todopoderoso y sin límites. Para lograrlo se debe impedir que el Otro perfore esta fantasía, incluso a través del exterminio físico. Es el Otro quien quiere robar o prohibir este placer imposible. Por eso la extrema derecha también es aficionada a la transgresión: hay que humillar violentamente al Otro, hay que impedir el robo. Los instintos no quieren conocer fronteras, y la extrema derecha tiene la moral completamente pervertida. La violencia física es un deber en nombre de la legitimidad de los propios objetivos de placer: "la comunidad armoniosa del pueblo", "la raza pura", etc. Una obscenidad total. Fue Pasolini, quien con su obra “Salò o le 120 giornate di Sodoma” trazó perfectamente la lógica sexual pervertida del fascismo. En esa película vemos cómo los fascistas de extrema derecha, con su discurso militarista de orden y pulcritud, someten a los presos a todo tipo de humillaciones sexualmente obscenas.

La causa imaginaria del placer sexuado se remonta a la simple observación de que la posición masculina está determinada por la posesión de un falo, mientras que la posición femenina indica precisamente que ella es el falo. Todas nuestras relaciones sociales están impregnadas de este antagonismo muy persistente. “El Hombre” espera ser la fuente del placer femenino, cuando en realidad desprecia la búsqueda de la mujer. Y “La Mujer” quiere ser la máxima satisfacción para el insaciable impulso sexual masculino. Y tal vez esto provoque asombro, pero todos caemos bajo esta lógica. Las posibles consecuencias patriarcales, misóginas y autoritarias de esta lógica son muy evidentes dentro de la ideología de extrema derecha. Pero el fetiche del placer fálico está igualmente presente dentro de la izquierda. Todos tenemos fantasías. Así es como funcionamos como sujeto. El intento de prohibir el placer sexual y la fantasía fálica es una locura y hace más daño que bien. Pero la izquierda tiene la tarea de ser consciente de cómo ciertas fantasías obscenas se proyectan sobre el otro. Sólo debemos señalar que los celos por el placer del otro pueden degenerar en violencia obscena, algo que Lacan llamó “jealouissance”.



Extreemrechts genot en ongenadige opzwellingen van haat, Isabel Millar. (2021)

Traducción Ana Sejmet y Mario Scorzelli

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