• Francisca Lysionek

La vida dormida, una política de lo femenino.



¿Qué es una vida dormida? Una vida clausurada, apenas disponible. Arrancada de su estar en el mundo, en estado de espera. Si existen vidas dormidas, solo pueden ser vistas por vidas despiertas. Digamos que estar despiertos es un estado pasajero, igual que su contrario. Momentos fugaces y lúcidos, conscientes, no ejercitables ni voluntarios.


En La vida dormida, Natalia Labaké revuelve el archivo familiar para hacerlo dialogar con el registro que ella misma lleva de una decadencia envejecida, consecuencia futura y desconocida para las figuritas que posaban delante de la cámara de su abuela, allá por el año 1989.


Fin de fiesta y ahora la pregunta es quién paga los platos rotos. Posiblemente todos. Los que querían estar ahí y los que no. Las hijas, las locas,las esposas trofeo, las que confiaron en un hombre, las que ingresaron en la escena accidentalmente, las que supieron estrangular la angustia, sonreír y decir whisky, y las que no llegaron a la foto. En las familias, todos están a merced de todos los demás, un malestar comunitario, con breves alegrías transitorias compartidas.


La película se compone de un archivo del presente que se comprime y acomoda en un archivo del pasado, como oro líquido que rellena las fracturas de un jarrón japonés, y así, Natalia ubica y rediseña su entorno familiar. De ella lo que ofrece es su modo de ver, silencioso y discreto, entonces efectivo. Cómo toma la palabra una mujer que se sienta a la mesa, rodeada de varones, a veces peronistas y encarnizados, a veces sofisticados e insoportables.


Cada mujer tiene su estrategia, pero la respuesta universal es que la mujer siempre toma la palabra como puede. La toma o la pide, rara vez se la ofrecen. La ausencia de voz en off en la película, la falta de denuncia, es en sí misma una denuncia. En el reverso de lo dicho, en las inmensas lagunas de silencio, es ahí donde se encuentra la estructura o la voluntad que arma una familia.


¿Por qué filma la abuela de Natalia? O para quién, o bajo qué consignas, son preguntas pertinentes. Llevar el registro de una vida fuera de lo común es una práctica conocida, hoy constituye de hecho, un trabajo. Pero el influencer filma para los otros inmediatos que en tiempo real demandan información personal de una vida que hasta hace poco era entendida como privada. Las grabaciones de Haydée son, en cambio, misteriosas, su carácter se vuelve de a ratos tan íntimo que resulta incómodo de ver.


Sin embargo, persiste la presencia de Juan Gabriel Labaké, su retrato jerarquizado, como figura idealizada y con coronita, solo opacada en un instante por la presencia circunstancial de Menem, bañado por los rayos del sol mientras desciende con elegancia desde una lancha hacia la tierra firme. Hacia el final de la película se muestra una escena en que los, por entonces jóvenes, abuelos aparecen juntos en un acto del PJ vestidos en composé, detalle revelador de una política femenina puesta en juego, y que no debe ser confundida con mera ingenuidad. El adorno es, en definitiva, lo que hace que las cosas no sean iguales entre sí, lo que marca el límite entre cosa y cosa.


Haydée filma para los suyos y su descendencia, pero el modo que tiene de poner la atención en su presentación y la de su marido indica una inteligencia poco doméstica, se adivinan pretensiones expansionistas. Registra su propia ambición, no menor a la de su compañero.


Lo que omite la lente de una, es lo que se expresa con más fuerza frente a la lente de la otra. La nieta alimenta, con su forma silenciosa de filmar, el desarrollo de aquello que la cámara de Haydée no tuvo tiempo ni quiso capturar. La mirada de Natalia es paciente y persevera, busca respuestas, aunque estas a veces sean mudas. Bibiana es vista y oída quizás por primera vez en toda su vida adulta.


Hasta ahora, Bibiana ha sido tratada como un secreto, un glitch en el linaje, un cuerpo que no ha podido estar a la altura del mandato de Isabelita que da inicio a la película: “La mujer, en su característica de madre, tiene la sagrada misión de forjar la esencia de la nacionalidad”. Despojada de su función materna, Bibiana es ubicada por su entorno como paria, y hace síntoma de su rol de chivo expiatorio.


La vida dormida, a pesar de mostrarnos una vida familiar en algún sentido (y como buscaba Haydée) fuera de lo común; sigue siendo fuertemente arquetípica. Un retrato extraordinario de situaciones ordinarias. Poder y putrefacción, relatos de silencio. Y lo hace sin tibieza, a la vez que en forma desprejuiciada. Digo que sí, empatizamos con el dolor de la tía, pero también nos conmueve el Labaké ya anciano que con alegría encara un karaoke de la marcha peronista. Aventuras de la vida, y luego, el letargo merecido.


*La vida dormida, de Natalia Labaké, puede verse viernes 26 de noviembre de 2021 a las 20.00 hs. en el MALBA





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