• Helena Pérez Bellas

Leer y escribir (Capítulo 3)



Leer y escribir 3: todo se conquista con trabajo


Francisco Garamona no se acordaba de mí y está bien, no soy memorable o cambie en estos años; como me dijo alguien soy una cebolla, me saco las capas, nazco otra vez. Oculta entre los ruidos de la ciudad lo fuí a ver a su primera librería en Palermo cuando yo tenía 22 o 23 años no más que eso, me tomaba el 34 desde el borde de la Capital Federal y más que los libros recuerdo que todas esas veces que fuí brillaba el sol. Después la vida: difícil para mi, fácil para otros, imposible para todos. Y no fuí más. Una noche de mil noches en el Sanatorio Güemes, estaba esperando los 20 minutos que te permiten en terapia intensiva. Quería leer Meridiano de Sangre, pero no encontraba las palabras, me hundía en un sinsentido de letras inconexas y de la pila de libros que tenía en la mochila, agarré un librito pequeño de Garamona que había comprado cuando mi vida era otra, enclavada en el oeste de la capital, sin responsabilidades y con toda la gente que conocía viva o más o menos viva. Leer poesía para mi es como si tuviera que aprender a leer de cero, es lo único que leo lento, vuelvo para atrás veinte veces, donde otros se deslizan yo me trabo. Un médico me preguntó, qué lees. Poesía, le dije. Los médicos siempre quieren saber qué está leyendo la gente porque casi nunca tienen tiempo de leer. Después de eso mi papá se murió y por eso me acuerdo. Porque se dieron las cosas así y no se dieron de otra manera. Así es el destino.


Viste que Garamona da un taller, le dije a Leandro. Si, me dijo. Leandro es mi amigo y aparte escribió una re novela que se llama Malicia. Por qué no vas, me preguntó, él es un editor de los que no quedan. Veía que los días pasaban y con ellos el plazo de la inscripción, me frenaba que pedían dos poemas para evaluar y yo en mi vida escribí un poema. A las once de la noche, una hora antes del cierre, abrí la pestaña con la ficha de inscripción, completé mis datos y en el espacio en blanco escribí dos textos en prosa que fui partiendo a fuerza de enter. Después espere a que me dijeran que no o ni eso a que ni me escribieran. Estaba triste, estoy triste, porque mi vida está cambiando de una manera más profunda y no la puedo arreglar con la metáfora de las capas, estoy cansada, mi viaje fue largo. Me dormí, dos días después me tomé el 119, me bajé en Warnes y me paré frente a un local que se llama LAR, en Nicasio Oroño y Maturín. Empecé muchas cosas ese día, todas al mismo tiempo, mezcladas entre sí, querer, escribir, marcar territorio, es todo lo mismo.


Nunca supe definir el amor, pero se sentirlo cuando me toca. La primera vez que escuché un poema de Lautaro fue un poema largo, yo estaba de espaldas a él, hirviendo agua y era una voz profunda que por las virtudes del cemento y el concreto, llegaba a mi sin cuerpo pero con alma. Qué decir, las palabras se imponen solas y unas noches después le pedí el poema para leerlo en mi casa, con la distancias de decenas de cuadras, cinco barrios y kilómetros de avenidas que me protegen de eso que me toca el corazón, pero prefiero, no me lo rompa.


Desde que voy al taller de Garamona las cosas cambiaron, intuyo que algunas para bien cuando me miro antes de salir, siento que no me acompaña el aura de abandono que siempre me delata. Y puedo escribir desde un lugar que es mi primera novela y no tengo que vivir con esa sensación de farsa constante, cuando me preguntan que escribís ya no digo cosas, cosas que nadie lee, cosas en internet, cosas. El domingo estaba sentada al lado de Nicky y un flaco me preguntó, qué escribís. Mi primera novela, le dije. Y las cosas se van llenado de palabras en mi caso con abuso de verbos y acciones constantes, después aparece lo que hay que cortar, pero todo sirve para algo, si alguien está llorando a un muerto estoy más afilada para saber qué decir, si alguien separó también y si la persona que más querías te traicionó, caminas por la calle, te golpeas con la gente, el día es gris, cruzas la calle a destiempo, te atropellan y te morís. Rewind. Escribo otra cosa, te armo otra vida, en la que te podes quedar a vivir.


J.G. Miño es especial o al menos para mi tiene algo, magia, candor, ponele. Te amo, le dije y él también me ama. Una noche nos fuimos a comer pizza a Imperio y nos quedamos hablando mil horas, nos sacamos una selfie, lo escucho leer y creo, acá hay talento. Le hable a todos mis amigos de él y hace unas noches llevé a Guille a una fiesta porque pensé que iba a estar Miño y no estaba, pero me metí entre la gente, creo que en un momento me tocaron el culo pero no pasa nada, recorrí esa casa sobre la calle Araoz ida y vuelta veinte veces, al final me senté en un sillón negro en el cual podría haber dormido lo que quedaba de la noche y una flaca me dijo, no importa nada porque nos vamos a morir. Gulle, le dije, vamos. A unos metros en la calle con saco estaba Facundo y yo le dije mira, ese es Facundo, escribe bárbaro. Ayer leyó un cuento genial sobre un burro que mata gente en los Valles Calchaquíes y yo pensé, necesito saber cómo cablea el cerebro de esta persona. Caminamos con Guille hasta Scalabrini Ortiz por Córdoba y me dijo estás contenta, no. Si, le dije. Las cosas se definieron solas en el aire, fui a mi casa, dormí once horas en en esas once horas mi cuerpo se ocupó de arreglar algunas cosas que están todas rotas hace rato, después me enfermé, me volví a dormir un día, dos días y el miércoles llegué al taller, leí, pensé todo vale la pena si se conquista con trabajo.



Damián me paró el sábado y me dijo, che vos vas al taller de Garamona y le dije, si, quién te habló del taller. No sé, me dijo, vos no me hablaste. No, le dije. Alguien me invitó, me dijo. Bueno, le contesté, tenes que venir. Le doy un abrazo a Robert, le sacó una foto hermosa con Francisco y anoto para la posteridad. Una chica a la que le saco dos cabezas me frena el paso y le digo, si. Vos fuiste a lo de Laiseca, me pregunta. Si, le digo. Genial, me contesta, contame como era y saca un cuaderno con una birome. Me clava la mirada y me cierra el paso. Paupy me pregunta, que escribías en lo de Laiseca y yo le digo, cuentos, pero eso no es lo mío. Uno nace, tiene una novela adentro, algunos en la superficie, sale sola. Yo la tenía oculta. Una noche Laiseca me dijo, ya va a llegar, primero la vida. Y otro día me dijo Francisco, ya llegó hay que escribir. Un prólogo de veinte años, nunca en papel, siempre en la vida.


Nicky lee mis cosas hace mil años, con paciencia, que es lo que hay que tener para relacionarse conmigo. Yo nunca le creía que le gustaban de verdad, más de una vez me dijo algo y yo saque las garritas. Ahora puedo dialogar que para mi es como querer. Paso por la librería y me quedo leyendo entre las obras de arte en total silencio y le veo el pelo rubio detrás del monitor de la mac y Roberto me habla de poesía y yo después le pregunto, este poeta lo tengo que leer, este lo tengo que leer y este. El otro día me leí el libro de Paupy, Estoy Tranquilo. Larga hablando de algo genial, algunos animales tienen el don de ser cuidados, los perros, otros no. No podía creer que alguien encerrara tanta ternura en tres líneas. Paupy me escuchó leer el día donde lleve, al menos para mí, lo mejor que tengo escrito. Lautaro me dijo, qué bueno que justo ese día estuvo Paupy. Unas noches después le dije a Francisco, yo no voy a poder terminar esto. Y él me dijo, ya lo terminaste.


Mis compañeros son en general talentosos, no digo eso fácil y no se lo digo a todos. Tengo debilidad por la novela, así que cuando Carolina dijo traje el capítulo de una novela yo dije, si, es ahí, vamos con esa. Tiene algo que vuela, pero terrenal, se luce y la juventud acompaña. En Corrientes y Dorrego, Paupy me pregunta, y vos lees y le digo leo todos los días. Te gusta Kafka, me pregunta. Me encanta Kafka, le digo, la literatura es mi vida. Aguante, me contesta. Qué es escribir mal, no sé, no importa tampoco, no estoy en esa. Yo quiero pensar que los que van al taller de Garamona escriben bien, porque necesito ser feliz. Sin rebajar lo que hacen que lo hacen por ellos, con todo el egoísmo del cual soy capaz, cuando quiero que las cosas buenas de la vida me toquen de una vez y no me dejen más del otro lado del vidrio.


Me cuesta la gente, le digo a Francisco. Ya sé, me dice.


Todo lo que te hace bien, también siempre te hace un poco mal. Quiero escribir la historia del mundo, que la gente la lea y se mude ahí, que alguien cree una máquina que condensa personas y las mete en mi novela, que está buenísima no porque la escribo yo, no por lo que dice, no por los lugares donde se mete. Está buenísima porque eso es darse, existe porque hay otros y está viva porque la gente está viva y porque yo tengo ganas de vivir, al final no sé muy bien qué estoy haciendo, las cosas se invirtieron escribo una novela es verdad, pero es la excusa para escribir este texto más breve, al palo como siempre, donde todos se tienen que sentir incluidos porque los retengo, después vemos que hacemos, que somos, que podemos ser y que vinimos a darnos. Para el amor hay tiempo, para escribir hay más tiempo todavía. No importa como escribir.


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Esto es posible gracias a la generosidad de Lucas Martinelli Y Belén Coluccio, creadores de LAR


 

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