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  • Bob Lagomarsino

¿Para qué sirve un Ministerio de Cultura?



Conocido el nuevo director del Museo Nacional de Bellas Artes, la figura de Tristán Bauer comenzó a estar charlada entre los artistas y curadores cualunques. Esa flamante designación, que de nueva no tiene nada ya que se trata de Andrés Duprat, el único hombre blanco finalista de un sofisticado concurso cuya única finalidad parece haber sido la de legitimar a un funcionario de la gestión anterior, suena como una oportunidad perdida.


Esto también coincide con un rasgo distintivo del gobierno de Alberto Fernández que se demoró tanto en comenzar (y en reemplazar a los CEOs de su banca pública) que hoy parece haber llegado a su final antes de tiempo. Alberto es como esos jugadores que cuando van perdiendo por goleada comienzan a caminar displicentemente la cancha sin la suficiente sangre en las venas como para revolear al menos una patada que muestre el mínimo signo de dignidad.


Hay alguna lección que podríamos aprender de todo esto, seguir apegados a las reglas del juego no parece una buena estrategia; y ahora no estoy hablando tanto de fútbol como de la democracia. Es que todo esto no solo parece el escenario habitual de un fin de gobierno sino que parece el final de algo más grande.


Tristán Bauer no va a ser recordado como el peor de los ministros de cultura -existió Hernán Lombardi-, su suerte es otra, la de ser el último ministro de esa cartera. No es que esto sea una gran defensa a su gestión, que podríamos describir como bastante discreta. Sobre todo considerando que se atribuyó como uno de sus principales logros haber pagado el flete de las obras a los artistas de las provincias. En esa línea, si se trató de una conducción con rasgos federales, fue sólo por su negativa a pagar un par de taxis a los artistas porteños. Pero eso no es lo importante, más allá de lo que Bauer tiene socialmente permitido auto promocionarse, sería justo decir que también colocó en el centro de la agenda cultural al feminismo y el cuidado ambiental. Claro que se trataría de un despropósito, o una exageración perniciosa, decir que por eso Bauer tiene algo de culpa sobre la neoreacción libertaria; pero también es cierto que las nuevas narrativas populares se erigen como una antítesis de esas propuestas.


Paradójicamente, quien más provecho está sacando de las demandas insatisfechas no es el movimiento de izquierda que supo estar asesorado por Laclau. Quizás, el error de la militancia kirchnerista haya sido desconfiar de su propia teoría cuando los resultados electorales no salieron como esperaban. Con su “voluntarismo mesiánico”, como dice Ana Sejmet, después de la victoria de Macri trataron de construir otro edificio retórico que se ajuste a sus ideas. De esa manera, la teoría populista fue tachada de cualunque y suplantada por una nueva teoría de la militancia que parecía decir: si a la realidad no le gusta el kirchnerismo peor para la realidad. Pero, lamentablemente, la realidad demostró ser así: cruel, indiferente, neoliberal, capitalista.


Hace unos días la revista mansworldmag publicó una nota titulada "El movimiento populista nunca sucedió" en la que da cuenta del estrellato internacional de Javier Milei, a la altura de otros campeones antisistema, maníacos y carismáticos como Trump y Bolsonaro. La nota, más allá de su abusivo darwinismo social, propone una mirada inquietante sobre el futuro de la política global, Milei, el peronismo y la democracia que sitúan a la Argentina como una gran esperanza, similar a una rata de laboratorio dispuesta a inmolarse para descubrir la cura a una enfermedad mortal.


El triunfo de Milei, antes de decidirse en el barro de la política se puso en juego en el terreno de la cultura y tener un Ministerio no parece haber sido suficiente para llevar adelante la batalla. Lo cierto es que después de estos resultados parece haberse amplificado la pregunta que dice ¿para qué sirve tener un ministerio de cultura? quizás todavía no tengamos una respuesta certera pero al menos estamos seguros de que no sirve para combatir a una reacción libertaria. Ahora, lentamente, comienza a circular una nueva pregunta algo más corrosiva ¿para qué sirve la democracia?


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