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  • Ramón Arteaga

Pobrecitas Vol.I: Diario de masturbación




Los recursos más gastados y limitantes del diario hoy coinciden con las premisas de las formas de escritura dominantes que reparten verdades y propedéuticas supuestamente emancipadoras y políticamente avanzadas sobre la formación de la subjetividad en relación a la sexualidad: la autodeterminación de la primera persona y su comunicación transparente, siempre amparada en las premisa de la sinceridad; la tendencia a sobresignificar como causa y como síntoma lo íntimo, lo cotidiano y lo biográfico, dramatizando su importancia con los dramáticos ropajes de la confesión y la exposición pública; la búsqueda de verdades sobre unx mismx que puede jugar con una sola mano al gato que caza al ratón, en parte gracias a un formato fragmentario que naturaliza lo vago, lo inconexo e incoherente, pero sobre todo por la carta blanca de verdad más inapelable: lo que unx siente. La síntesis en una sola forma de esas premisas de escritura y los discursos que las animan hace que se extienda un cierre claustrofóbico de sentido dificil de evitar cada vez que aparece un diario que habla del sexo en cualquiera de sus posibilidades. La conjunción de esa forma y ese contenido particulares es tan tan que puede considerarse un género propio altamente codificado. Hoy un diario de masturbación se lee por default como una producción inscrita en este género, que no permite ningún margen de incertidumbre: o se sigue la ortodoxia que el género dicta o es un fracaso de su ejecución.


Yo prefiero que un diario así fracase y se desnaturalice su marco de lectura para volver productiva la interrupción de su repetición. Pero no quiero pensar las posibilidades del fracaso como algo intencional, como programa, como resultado de formas de control y especulación dirigidos a fines específicos. No como una operación de sabotaje, parodia, justa crítica, revolución, etc., todo eso que le era tan caro a las vanguardias. El fracaso también es una conducta desviada más ligada al no control, a la incoherencia entre intenciones o a la mala ejecución, al malentendido, a la vergüenza o a la torpeza. Ese glitch dentro de un sistema de convenciones puede pasar desapercibido porque no hay reglas generales que lo vuelvan identificable, que le pongan un nombre y anticipen sus efectos. Por eso la primera vez que leí Registros de algo húmedo o Diario de masturbación (2020) de Francisca Lysionek, publicado digitalmente por Ediciones Microcentro, con ilustraciones de Agus Leal, pensé que era algo mucho más normal, un texto que cumplía con mucha gracia el género que en realidad hace fracasar.


El movimiento desviado del diario no es programático, no viene con instrucciones que permitan identificarlo, ponerle un nombre y anticipar sus efectos. No se puede entender ni explicar como se explicaría, por ejemplo, cualquier operación similar vanguardista. Los puntos de desencaje no están tipificados, solo se puede hacer una apreciación desorientada hacia X direcciones que nos libre de las inercias de lectura y haga del texto otra cosa. Eso es lo que pasó en la performance con la que debutó el colectivo Pobrecitas (Lucas Olarte, Jacqueline Golbert y Francisca Lysionek) en el Conti.




El contexto era soñado para lo que iba a suceder: una sala desproporcionadamente grande y solemne, solo algunos amigxs, un público random que se fue yendo a medida que la perfo avanzaba y un clásico programador de institución bien bañado, con camisa de color verde tranqui y una actitud de gratitud y buena onda general pase lo que pase en el escenario, aunque se prenda fuego. Con tres celulares, tres almohadas y tres prendas rojas cualquiera, Francisca, Luki y Jaki leían Diario de masturbación esparciéndose lánguidamente por el escenario. El hilo del texto nunca se perdía pero las voces por momentos se pisaban, se perseguían, tenían cualquier tipo de diálogo, se enamoraban y se armaban escenas de celos, se sobredramatizaban en cualquier dirección y hacían coros y ejercicios musicales mal entonados, y cuando se cansaban leían normal. Mientras tanto pisaban las almohadas, las montaban, retozaban, hacían posturas de pseudoyoga y poses sexuales muy obvias mientras fingían seguir las pautas de una coreografía de diseño. La “lectura poética” del diario que anunciaba el flyer terminó tomando el sendero de una ópera bufa que no podía tomarse en serio a sí misma: tres amigxs poetas que actuaban de sí mismxs haciendo algo que se les había ocurrido y habían ensayado una vez el día anterior con una mezcla rara de profesionalidad y cualquierismo, de convicción y desorientación, inspiración y desesperación, profundidad dramática y cringe, reproducción y profanación de un texto.


Esta forma de leerlo, que bien puede pasar por un circo bobo sin consecuencias, también puede ser un corrimiento del texto que abre espacios entre lo que el diario es (o puede ser) y lo que queda de él si se lo somete a la recepción más previsible. Por ejemplo, de pronto unx de pronto podía reparar en cómo la prosa barroca y sibilina de Francisca emborrona sus intenciones al describir escenas típicas atravesadas de sentimientos típicos de una chica que se pierde en su fascinación por la trasgresión, el juego y el descubrimiento. No queda claro si se cree lo que cuenta, para qué lo cuenta, si lo considera importante o si se toma en serio a lxs que leemos. Se cuenta a sí misma con gracia, pero por momentos se puede entrever a una actriz cansada que interpreta un papel casi mecánicamente, imprimiéndole su propio capricho para amortiguar el aburrimiento. La transposición de sintagmas, las subordinadas con una cadencia tan perfecta que se leen cantadas y otras inventivas de refinamiento expresivo elaboran demasiado las experiencias y los pensamientos que le suscitan, generando una distancia entre la protagonista-narradora y lo que dice. Esto traiciona la abrumadora sinceridad con la que deberían irrumpir esas experiencias en el texto: con la espontaneidad del descubrimiento o la revelación que se vuelca sin más y con urgencia al papel para preservar y exponer la verdad evidente que portan. Esta dicotomía entre correspondencia y no correspondencia entre discursos y prácticas como dos paradigmas de emancipación sexual es lo que Foucault desarrolla cuando critica la “hipótesis represiva” y contrapone su “hipótesis discursiva” en el primer tomo de su Historia de la sexualidad. Es una discusión ya clásica pero borrada del sentido común que serviría en sus rudimentos para rebajar la incuestionabilidad de la hipótesis represiva en la versión que hoy es moneda corriente: una versión berreta, purgada de complejidad histórica y dimensión social real, presentada en un eterno presentismo individualista, animada por los discursos de la autosuperación y el coaching que presentan la liberación sexual de las grandes represiones casi como un emprendimiento de anuncio de youtube.





Pero seguir con esta discusión en este contexto sería vampirización teórica, así que vuelvo al diario. Otras entradas se lucen con la expansión lírica en la escritura de los recovecos más indecibles y sublimes del placer, un clásico de la literatura del destape y la liberación sexual. En una relata sus espasmos místicos camino al éxtasis como variaciones abruptas dentro una la descripción de una pieza de música clásica: descargas eléctricas del cuerpo que se acompasan con las notas más graves de un contrabajo, fantasías que drenan la conciencia a medida que los violines se imponen, la técnica del “pizzicato” (pulsar o pellizcar la cuerda de un instrumento) como forma compositiva de un orgasmo que un novio le enseñó, etc. Las Pobrecitas leyeron este texto como una sola voz y un ritmo perfecto que se iba acelerando al compás de la paja culta, se mimetizaban con la solemnidad odiosa de la metáfora musical y con los destellos de un cuerpo desgarrado por el éxtasis. Interpretando al pie de la letra, se entregaron sin más a una parodia que chapotea en los costados más camp de esas expansiones líricas, por más que Francisca la haga pasar un una manifestación sincera añadiendo detalles autobiográficos que tienen la dosis perfecta de excentricidad y verosimilitud.


Después de la performance volví a abrir el pdf del libro y encontré un epílogo que nunca llegué a leer titulado “El fracaso de una idea”. No tiene nada que ver con el diario, pero de alguna forma suma a mi apuesta por las posibilidades del fracaso como una forma de no control vs. el fracaso como operación calculada. En el epílogo se cuenta la historia de un proyecto de libro que nunca llegó a ser y que partía de un poema llamado “Manifest ahre”. La portada del libro iba a ser una foto de la fachada de un edificio de la calle Belgrano en Neuquén, la imagen recurrente que Francisca veía de adolescente todas las tardes que tenía clase de música y su profesor de batería le hacía la idea fija en cuatro con fruición: “Ahre que me están cojiendo” decía, divertida con un nuevo punto de vista sobre sí misma que desrealizaba la escena sexual al mezclarla con el “ahre” que rezaba la fachada del hotel.


De esa imagen y ese sentimiento fundacional, la idea era que el libro desplegara “un manifiesto acompañado de poemas capaces de desarrollar ese concepto. Más que una palabra, dice, “ahre es un universo de formas de decir y arrepentirnos de lo que decimos”. Francisca sigue relatando su elaboración conceptual sobre “cierto terreno inestable de comunicación” que “nos acerca y nos aleja del mundo. Nos acerca porque es un código compartido, en el que sin entender mucho qué significa concretamente, todos sabemos que de alguna manera se asocia al error, a la vergüenza y a la tibieza”. Por más claro que lo tenía, los poemas no salían, el hotel del letrero fue demolido antes de sacar registros, los archivos con los que se iba a armar una videoinstalación que era parte del proyecto se perdieron y otros infortunios frustraron todo. Francisca no pudo pagar las cuotas de su proyecto-tesis sobre el fracaso de la sinceridad: algo tan elaborado, tan consciente de sí mismo y con un objeto y un objetivo tan claro que en el epílogo puede contarlo y casi agotarlo cómodamente en dos carillas.


Mientras renunciaba a todo eso, las hipótesis razonadas sobre esa forma inestable de comunicación se fueron diluyendo hasta volver a ser la sensación que un día fueron: una autopercepción que devuelve una imagen más inestable y más productiva de unx mismx que Francisca terminó por desplegar en su diario, esta vez sin diseño conceptual y sin proponérselo, siguiendo una pauta de producción tan fácil y con tantas convenciones que tenemos incorporadas como la del diario y una excusa tan generosa como la sexualidad. Ese es el desvío de Diario de masturbación, la adopción colateral de un género que termina arruinando y que responde a la voluntad de entregarse al diario, esta vez entendido como una forma mínima que tiene como único principio el avance. A partir de ahí abundó en el manoseo y el desdén del motivo principal y los recursos típicos del formato, la insistencia en sus variaciones, en temas colaterales, en el ensayo de distintos estilos, en una autoconciencia de la escritura que surge y se desvanece sin neurotizarse a fuerza de cortes, de entradas, de días, mientras todo lo que se dice o se afirma (sobre la sexualidad o cualquier otra cosa) se va gastando a medida que la vida (y no lo que se quiere contar de ella) avanza mientras se escribe solo para seguir avanzando y defraudar las inercias de lectura con las que se la quiere atrapar.


Acerca de Pobrecitas Vol. I: Diario de Masturbación, performance poética realizada en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti por Jacqueline Golbert, Lucas Olarte y Francisca Lysionek, basada en el libro digital Registros de algo húmedo, de Francisca Lysionek, publicado por Ediciones Microcentro en diciembre del 2020.

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