• Romina Wainberg

Diez impresiones corporales sobre El libro de los caballitos (2020) de Valeria Meiller


El libro de los caballitos

Valeria Meiller

Buenos Aires: Caleta Olivia, 2020.

[pronto en circulación]

Confieso que he empezado a escribir esta reseña, a escribirla en la mente como se enhebra un hilo, como se acaricia una especulación, antes de leer El libro de los caballitos. He empezado a escribir desde el momento en que escuché a Valeria Meiller leer sus poemas rampantes, dorados, filosos, y lloré no sólo porque tuve que llorar (el llanto es lo que no se elige), sino porque supe internamente que cualquiera fuera la duración de esa lectura iba a quedarme demasiado corta. Hay una forma de acabarse de los versos de Valeria que es puntiaguda, un modo de crecer que mantiene y sabe que mantiene nuestro cuerpo entero en su vilo, y cuando el poema muere estamos al mismo tiempo solos y agradecidos como nunca. Es desde la hondura de esa soledad y de ese agradecimiento que escribo esta reseña.


El libro de los caballitos es el cuarto título de Valeria, que ha publicado también El Recreo (El fin de la noche, 2010), Tilos (La Propia Cartonera, 2010) y El mes raro (Dakota, 2014). El más reciente es, me animo aventurar, el más arriesgado y el más esculpido de los volúmenes: la consolidación de un estilo que no pide disculpas ni por su agudeza ni por su audacia. El libro está estructurado en cinco partes: “El trote corto”, “Los caballitos”, “El desbocado”, “La última carrera” y “Epílogo”. Cada una de las partes está a su vez compuesta por cinco poemas, excepto por el “Epílogo” que está integrado por uno solo. Dado que esta reseña quiere invitar a la experiencia de la lectura —si es posible, a la lectura en voz alta; si es factible también, a la lectura colectiva— no voy a emplear los siguientes párrafos en “resumir” las “temáticas” coherentes de cada sección del poemario. Voy a compartir, en cambio, impresiones que se desprendieron de mi encuentro con el libro y que me compelieron a esta escritura urgente.


1. En “Los niños están pastando”, ese título que es ya un enigma, ya una provocación, hay este racimo de versos: “En los campos de los otros / la guadaña alcanza todas las hierbas / corta el problema de raíz, el pasto / es más verde y ningún puñal / interrumpe el futuro de la descendencia” (11). Amén del misterio que se acurruca en esos “otros” cuyas caras desconocemos, y del horizonte entero que abre la guadaña al cercenar las hierbas, hay en estos versos el pálpito de una ambición que recorre el libro: la tactilidad, la violencia, la tradición literaria argentina arqueada sobre dos siglos, la oportunidad (y la oportunidad de perder la oportunidad) de salvar lo poco salvable que queda, la familia… Todo no se agazapa sino que se asume en ese ramillo de versos, y después de leerlos no hay manera de no haberlos leído, no hay forma de olvidarlos.


2. En “También los hombres están pastando” hay un inicio que es de los más tremendos que he leído en los últimos años (y que por eso no adelantaré en este texto). Después vienen estos versos: “Crecen de golpe los niños sin saber / que los hombres galopan rápido por el apuro / de morirse antes que todos los demás” (13). Una poeta no es sólo la que sabe qué dice y cómo dice el verso, sino dónde se abre y cuándo se termina. Es ese criterio de discreción el que produce, sobre todo, una generosidad que es un ardor.


3. “La tropilla” incluye estos versos que aún no termino de entender, cuya belleza todavía estoy maridando y cuya complejidad me encuentro ahora mismo entreteniendo: “Los caballos avanzan por el paisaje / rápidos si los sueltan sus jinetes / porque saben el camino de vuelta. / Los niños al crecer / hacen el mismo movimiento: / van hacia la espesura / de la vida como si volvieran” (15).


4. En “El desbocado”, ese poema brumoso, espumante, desolador, hay estos versos importantes: “Una palabra sin montura / no se encabalga en ningún verso / sobrevive aislada” (28). Si, siguiendo a Sarduy, la escritura es descomponer un orden y componer un desorden: he aquí una encarnadura. Una teoría entera del lenguaje se agrupa en la postulación, por completo posible, de una expresión aislada, y el sistema entero de signos se destartala ante la idea de una palabra sin montura. El salto inesperado que sobrevuela y que anuda con ternura campos semánticos dispersos es el corazón del poema.


5. “Arde Troya” incluye cuatro versos cuyo enigma solo se resuelve con la lectura completa del poemario. ¿No es, un cuartero de versos misteriosos, la mejor invitación a la lectura (una golosina o un anzuelo)? “Los caballos se inclinan / como si fueran a beber, se encienden / quemándose más rápido que los niños / en la parte más caliente del fuego” (36-7).


6. En “Zaino” hay otro cuartero de versos que cala. Este cuartero no cela un misterio pero trae consigo un murmullo, un aura, una exigencia de lectura de cada frase con la cadencia grave de las plegarias: “A veces el amor se separa / con sabiduría de tu cuerpo para salvarte / y otras tus ojos avistan un campo no tan verde / donde tu corazón se comprime como el desastre” (43). Si en “El desbocado” hay toda una teoría del lenguaje: ¿no hay en “Zaino” toda una teoría del amor?


7. “Los caballos más lindos” dona una de las reflexiones más bellas, más afiladas, sobre la línea que no divide, que no acaba nunca de dividir, a los adultos de los chicos: “Las canciones de cuna / todas dicen ‘no tengas miedo’ / porque ni los padres ni los niños van / hacia la noche dóciles, confiados” (49-50).


8. En “La yegua negra” hay una maestría descriptiva que despunta. Desde la particularidad de la llegada del sol “galopando como un bostezo oscuro” (53) hasta la sutileza del “ovillo suave de [la] conversación” (53), hay un ojo en la singularidad de la experiencia que salva toda escena de la grosería de la abstracción.


9. “El último galope” define la lengua al mismo tiempo que el amor: “¡Silencio! Pero la lengua / siempre habla con eco / regresa como una enorme consecuencia. El amor en cambio / no vuelve nunca / es una tropilla desbandada” (55). No hay, sin embargo, síntesis: el poema es una apertura, muchas formas de la entrelínea; muchas maneras de la membrana y de la sinestesia.


10. “En este poema no hay caballos” es un esfuerzo narrativo que vale la pena que no lo arruine. Sus últimas frases cierran el libro y devuelven la mente de la lectora a su arruga introspectiva, trastocada… Hay un manojo de versos que vale la pena adelantar, no obstante, porque sugieren un tono sin estropearlo y reiteran sin redundancia el criterio curatorial del poemario: “Una noche abrieron los establos, dejaron que partieran / lavados por una luna ausente / en la oscuridad de la hora anterior / al alba, por el aire de un mundo / fundido en escarcha. Ni un solo pájaro / cantó, los coronó el silencio / negro de la noche” (64).


La dificultad de escribir sobre la escritura de Valeria reside, en buena parte, en que la poeta no nos permite cortar sin dolor. Cada extracción de verso, cada mutilación poemática, se siente como una injusticia. Por eso la reseña ideal de este libro hubiera sido su transcripción exacta. Título por título. Poema por poema. Palabra por palabra.

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