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  • Bettina Pavetti

Con título



Sobre la curaduría


Hubo una muestra en Calvaresi, curada por María Guerrieri, que dejó muchas cosas para hablar. No porque haya sido particularmente polémica, sino porque contaba con muchas imágenes, decisiones y un evento al cual acudí que rodearon esta exhibición bien llamada Brote Pictórico. Para empezar, la muestra estuvo conformada por 28 artistas: Fued Amin, Susana Aguirre, Marcelo Alzetta, Adela Borda Bortagaray, Luis Centurión, Minerva Daltoe, Felipe De la Fuente, Pedro De Simone, Cayetano Donnis, Enrique Gandolfo, María Gandolfo, Mario Darío Grandi, Oscar Herrero Miranda, Cristina Hopffer, Juan Carlos Faggioli, Estanislao Mijalichen, Dignora Pastorello, Ileana Rabin, Nicolás Rubió, Orlando Ruffinengo, María Laura Schiavoni, Ana Sokol, Alfredo Spampinato, Juan Scalco y Juan Otero. Sólo Nicolas Rubió y los tres invitados, Inés Beninca, Maxi Masuelli y Ale Rosetti, siguen vivos.


La curaduría de María fue analógica y accidentada: tomó decisiones de artista para apropiarse de los obstáculos como herramientas. Pero, ¿cuáles obstáculos? Bueno, el acervo de pinturas de Calvaresi existe en un pdf extenso. Aquellas pinturas que formaron parte de la exposición están subidas en un pdf más escueto en la bio del perfil de Instagram de Calvaresi. Recomiendo verlo para aproximarse al punto de vista de María, que tuvo que conformar una muestra con esa información preciosa pero precaria. Entonces, para entender estas pinturas, las dibujó una por una y, sin saber realmente sus tamaños, las organizó como una paisajista, horizontalmente, trazando un camino nuboso entre los cuales podían convivir. Las paredes de Calvaresi tenían el color celeste y gris claro porque, por ejemplo el celeste, era el fondo de pantalla con el cual María proyectaba la muestra. Ese era el color que había acompañado su incertidumbre. Con testarudez, María confió en la traducción. Dejó que los cuadros sean independientes a las líneas que los colores trazan cuando se encuentran. Algunos estaban muy altos, otros al ras del suelo.


Los dibujos que mencioné anteriormente estaban en una carpeta de cartón dentro de la muestra: un excedente, la evidencia que deja una curaduría desde la intuición. Es la traducción visual que lleva al entendimiento. Un entendimiento llevado al espacio dentro de una galería. Un espacio de una galería conformado por pinturas.



Sobre las pinturas


Vamos a hablar de las pinturas exhibidas: eran 35 de las cuales, a continuación, para no hartar la paciencia del lector, procederé a categorizarlas caprichosamente en las cosas que a mí me interesan.


De esas 35 pinturas había 6 pinturas con animales, formando un total de 27 animales: 1 avestruz, 1 leona con 5 cachorros, 3 perros, 13 vacas, 3 cisnes y 1 caballo.


De esas 35 pinturas había 7 que parecían salidas de un sueño: las de Iliana Rabin “Sin título”, Maxi Masuelli “Sin título”, Alfredo Spampinato “Avestruz en la pampa”, Enrique Gandolfo “Paisaje con haz de luz”, Felipe De la Fuente “Linyera y mirasoles”, Orlando Ruffinengo “Manzanas rosas” y Marcelo Alzetta “Animal profundo”. De esas 7 pinturas, sólo dos tenían la presencia de personas: la de De la Fuente y la de Iliana Rabin.


En esas 35 pinturas sólo había 8 frutas, eran manzanas y estaban todas en una sola pintura de Ruffinengo.


De esas 35 pinturas había alrededor de 52 flores repartidas en 5 jarrones, uno por pintura de los artistas: Juan Carlos Faggioli, Inés Beninca, Minerva Daltoe, María Gandolfo y Juan Otero. De esas 5 pinturas sólo una no llevaba el título “Sin título”, y era la de Inés Beninca que se llama “Vértice”.


De esas 35 pinturas hubo solo una que no entendí: “Sin título”, de Ale Rosetti.


De esas 35 pinturas hubo una que resultó mi preferida: “Sin título”, de Oscar Herrero Miranda.


Y no quería dejar de mencionar las pinturas de Ana Sokol que eran dos: una que tiene muchas personas mirando incrédulas al frente con una iglesia de fondo. Es de día y hay nieve alrededor. Ellos están muy abrigados. Y la otra que es una leona, con una mirada un tanto parecida a la de las personas que mencioné, alimentando a sus crías. En sus pinturas los personajes son descubiertos por el que los mira, y los que estamos en una imagen delimitada por un marco, somos nosotros. También había dos de Dignora Pastorello que tenían un grado de misticismo a la par, porque una es un ángel en el cielo entrando a un arco donde, del otro lado, lo espera un árbol. Y la otra es una estatua de un caballo en un museo vacío. Por último, la pintura de los tres perros de Herrero Miranda. Nada más.



Sobre ese día


Bueno. Un día, Inés Beninca y María convocaron a diferentes personas para ser parte de este brote a partir de una actividad pictórica. El invitado especial fue Rafael Cippolini. Fue de ayuda como lo es una antena de radio: bajó palabras mirando las pinturas para que las utilicemos como disparadoras. Las palabras fueron muro, nube y rama. Éramos 8 personas de las cuales 5 pintamos. Fueron 5 minutos por palabra, así que estuvimos 15 minutos para hacer 15 pinturas en total.


Luego tuvimos que elegir una pintura preferida, acercar nuestros ojos a tan sólo centímetros de distancia y pintarla. Mientras me iba acercando a los perros de Herrera, comencé a ver un gesto muy sutil de un color naranja asalmonado claro y un cian pastelísimo que conformaba la luna en ese cielo oscuro. Descubrí dos colores que no se ven a distancia. Pude adivinar qué pincel había usado. Los perros estaban claros en medio de su noche negra azabache. Intuí temperaturas y sonidos. Una vez más 15 minutos, esta vez 6 pinturas fueron hechas porque Cipolinni se sumó a pintar.


Por último, con la misma pintura elegida, hubo que ir del otro lado de la larga sala para volver a pintarla. Pude ver cómo las figuras que estaban con colores parecidos a su entorno iban desapareciendo. Los perros del fondo no se adivinaban, las combinaciones de colores se redujeron a uno solo, los detalles se disiparon en generalidades. Un solo perro en la noche oscura. Estuvimos otros 15 minutos y fueron hechas otras 6 pinturas.


Luego de 45 minutos pintando, terminamos desplegando 27 pinturas en el suelo y las miramos sonriendo en silencio.



Sobre la ingenuidad del arte


Aún me sigo preguntando sobre, como diría Vale López Muñoz, la supuesta ingenuidad de estas pinturas. El conjunto de pinturas elegidas son parte de una realidad fantástica: elementos de la cotidianeidad están exaltados en colores saturados y tienen un brillo propio de ver con fascinación algo. Tal vez no sea necesario explicar qué es el arte ingenuo o citar la célebre frase de Mujica Láinez sobre los artistas ingenuos que pintan como si no existiese la historia del arte. Pero este género pictórico marca una época, porque una vez que fue categorizada la pintura como ingenua, no puede un artista ejercer la ingenuidad a conciencia. No existe, bajo estos términos, el artista ingenuo que se define a sí mismo como ingenuo, ya que se invalida como tal cuando adquiere noción del espacio y tiempo social en el que se sitúa. Por eso esta categoría no podría aplicarse al artista despierto del arte contemporáneo. La ingenuidad es necesaria para dar lugar al descubrimiento de las cosas. Esto es algo necesario de aplicar a cualquier persona, sea artista o científico.


La historia fagocita y diluye complejidades para volverlas parte de un discurso. No quiero que estos artistas sean algo seco, inamovible y atado a una época, por eso también aprecio que no se haya mencionado lo ingenuo en ninguna parte de la muestra, ni en el texto curatorial, que contaba con un poema muy lindo, ni dicho en voz alta aquel día.


En esta exhibición, en el papel sobre la escalera había dos oraciones escritas por María que decían: “Artistas que pintan lo que tienen a mano, lo que observan y les rodea, lo que recuerdan, lo que no quieren olvidar. Hacen brotar con fuerza sus códigos secretos”.



Sobre la muestra colectiva Brote Pictórico, con curaduría de María Guerrieri en Calvaresi

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