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  • Victoria Márquez-Feldman

Feminazis. Ensayo sobre la condición femenina.


París, 1944. Caído el régimen nazi, comienza la épuracion, la purga. Los collabos son perseguidos, muchos de ellos asesinados, ahorcados en plena calle. La furia estalla. La depuración arrasa. La purga de los colaboracionistas, de los franceses que cooperaron con los alemanes. De los collabos y las collabos. Las colaboracionistas horizontales. Aquellas las mujeres que se acostaron con nazis, por placer o por necesidad, fueron humilladas públicamente: el método elegido para hacerlo fue la tonsure, el rapado forzoso. Cabezas rapadas para castigar a la mujer donde más le duele (o en donde el hombre ve su esencia): en su belleza, en la constitución de su ser. Una práctica antiquísima, quemar a la bruja, que regresa siempre que hay que buscar un culpable. El chivo expiatorio de la civilización, el ser menstruante. No por nada un libelo de sangre decía que los judíos menstruaban, todos ellos. Destinados al cadalso, a la hoguera, al escarnio público. Los otros. Ese otro. Esa mujer.


Feminismo mainstream y culto privado. La víctima culposa.


Se puede ser linda con la cabeza rapada? Sí, si la que decidió raparse sos vos, supongo. De vuelta en Argentina después de varios años, veo hermosas chicas con las cabezas rapadas, jóvenes blandiendo pancartas “si te maltrata no te quiere”, una multitud de manifestaciones denunciando la violencia machista. No puedo creer tenía razón, no se puede hacer pareja con un violento. Por eso me fui del país hace más de una década. Lo que no se puede, no se puede.


Pero sin embargo tantas, tantas pudieron hacerlo. “Nosotras no sabíamos” parecen decir muchas, que “descubrieron” el feminismo de grandes, como conversos religiosos que antes vivían en la ignominia. A veces, los más fervientes conversos son también los más temerosos. A la hora de la purga, mejor insistir en que uno es distinto: yo no colaboré, no le hice el juego al patriarcado, yo soy libre, linda y loca, y si vos no gritás mis consignas, ¿cuán feminista sos? Pero entiendo el furor, quizás el señalamiento de la mala feminista sea parte de simples sobreactuaciones ancladas en la culpa: ¿Acaso la tondue está orgullosa de lo que hizo?¿Tuvo agencia en esta colaboración horizontal, o sólo intentó salvar su vida como pudo? Si yo me rapé, rapate vos, sufrí conmigo. Y es la verdad. Rapada o no, sufro con vos, hermana. Compartimos una existencia que ningún hombre conocerá jamás, a un nivel visceral, íntimo. Ellos nunca conocerán el terror ni el asco como lo conocemos nosotras. Aunque a veces osen pensar que sí, llenos de prepotencia. Acá un ejemplo, breve, de ignorancia y emocionalidad:


En una entrevista publicada en la revista Seúl en noviembre 2023, el escritor Marcelo Birmajer decía, acerca del auto-odio judío: “su principal exponente es Hannah Arendt, que nos da el ejemplo más paradigmático que es su amor sexual por Heidegger [...] Vamos a ponerlo en términos bien prosaicos: no te acostás con un nazi".


No pude terminar de leer la nota de la repulsión que sentí. Al escupitajo masculinista respondo: sí, te acostás con un nazi. Con muchos. O vienen y te violan. Sos mujer. No podés elegir ser Heidegger. Sos Arendt. Y no te odiás a vos misma. Quizás podés ver la humanidad hasta en los hombres más atormentados. El amor jamás es pecado. Pero una cogida es un endorsement, parecería decir el macho, si sos judía no te acostás con un nazi, ey. Si sos un nazi, supongo, te acostás con quién se te cante. Y si sos judío, nunca vas a poder acostarte con una nazi me parece, porque ¿existen realmente nazis mujeres?




Hora de no ver


Nunca pude no ver la violencia. Soy experta en intuirla. Pero otras chicas no. Una vez hablé con la ex novia de un chico con el que salí quince días, antes de darme cuenta de que era un enfermo celoso: le pregunté, ¿cómo hiciste para estar tantos años con él? Se lo preguntaba desde la bronca de una femcel que estuvo “sola” durante una década. ¿Si no puedo tener novio, qué tengo fallado? ¿El intelecto, el cuerpo, el corazón?. Aparentemente es la visión (tengo demasiada). Ellas no sabían, no conocían otra cosa. Estaban cegadas.


Me di cuenta que mi bronca venía de ver a esta chica como una privilegiada, una colaboracionista horizontal, envidiando lo que ella pudo tener (una pareja) y yo no, la eterna soltera. Pero nos sentamos a tomar algo y a charlar y lo primero que me dijo es “yo fui víctima”. Y es verdad. Aunque me angustie tanto lo que le pasó y me pasó y nos pasa. Y sí. Yo te creo, hermana. Lo que me pregunto es: ¿cómo salirse del lugar de víctima? ¿Volviéndose victimaria? ¿Rapándose el pelo, agrediéndose a una misma? A veces sucede, hacemos lo que podemos. Quien recibe violencia, violencia expresará. A veces contra otros, a veces contra ella misma. No podemos escapar. Pero quizás podamos liberarnos. El feminismo mainstream ofrece pistas, pero esconde, también, sus trampas.


Hoy en día, el manual de la buena feminista viene con comparsa incluida: slogans, eventos, imágenes para compartir, ideología política ready-made que hay que respetar so pena de exclusión. Pero ¿existe otro feminismo posible? ¿Cómo incluir a todas las mujeres en la lucha colectiva? Pola Oloixarac se preguntaba lo siguiente, en su artículo de 2019 “Vindicación de las bellas:


“ […] ¿Puede el feminismo ofrecer algo más allá del cuerpo? Una respuesta es la lucha colectiva. ¿Pero cómo creer en esa lucha colectiva si en ella no hay manera de que todos los cuerpos femeninos sean aceptados? Cuando las feministas acusan a las bellas de ser “funcionales al patriarcado” les ofrecen un juego en el que nadie puede ganar, excepto las que desean marcar una superioridad moral de libertas, donde el resto de las mujeres está en falta. ¿Y marcar que estás en falta no es lo propio de esa versión de la autoconciencia correctiva y disciplinante que ahora llaman patriarcado?”


¿Existe algo más allá del cuerpo para estas mujeres, las vedettes caídas ahora en la desgracia de la vejez? se pregunta la escritora. Una respuesta posible es la que le ofrece su congénere peronista, mencionada en el mismo artículo: “Cuando el tiempo quita la belleza, el vacío se llena con eso que se usa para llenar vacíos: la mística”. Es posible que así sea. ¿Pero qué es lo que queda de la belleza cuando pasa la época de la bonanza, entonces? La mística, el mito, el ícono.



Divismo y política


Los argentinos somos afectos a aferrarnos a estampitas, imágenes perennes que nos recuerdan la belleza de la juventud. Quizás el ocaso del kirchnerismo haya coincidido con la vejez de Cristina Fernández de Kirchner. ¿Es posible que su envejecimiento físico, su imagen de mujer se haya vuelto intolerable a los ojos de la opinión pública? ¿Tiene algo que ver esto con la pérdida de su legitimidad política? Pero parece muy tirado de los pelos, ¿no? Ya volveré sobre esto, en otro artículo. En fin, algo hemos crecido igualmente, Evita a los 33 ya se había extinguido. Cristina nos abrió un camino, nos extendió la fecha de vencimiento, como toda diva, se convirtió en ícono, en líder. Alimentará el imaginario popular en tiempos de zozobra y quedará como símbolo de “aquellos años felices” para algunos, como una grotesca caricatura política entre Norma Desmond y el Ciudadano Kane para otros, pero no dejará a nadie indiferente. Muere un político (o se marchita una diva) y nace una religión. Swifties o Kristies, Madonnas modernas, la mujer que se niega a colaborar se vuelve reina. La diva, entre la virgen y la puta, se vuelve icónica, eterna. Y a reina muerta, reina puesta. Las divas no paran de surgir, por suerte. Se pelean entre ellas. Se pelean contra todos. Yo no las amo ni las odio, tampoco les temo : las respeto. Como dice mi madre, al mar no hay que tenerle miedo sino respeto. Y una mujer fuerte es como el mar: a su fuerza se la respeta, se la reconoce. Esconde secretos profundos y puede traicionarnos con una correntada. Son, sin duda, más fuertes que los hombres. Y una mujer, para llegar lejos en politica, vaya si debe ser fuerte. Entiendo el terror que sienten los no iniciados. Pero estamos acá para quedarnos.


¿Será verdad, como dicen, que para ser presidente en Argentina hay que ser psicópata? ¿Existen mujeres “buenas” en la política? ¿O somos todas bichas? Algunas contaron con el apoyo de un verdadero compañero y se integraron a las instituciones políticas orgánicas, donde trabajaron largos años antes de saltar al estrellato. Otras, sin experiencia, se tiran igual como fieras al foso de los leones en pos de la defensa de un proyecto que quizás ni ellas mismas comprendan. Celebro su audacia, aunque no comparta sus banderas. De todos modos la cuestión es que, por ahora, no se puede llegar lejos sin formar parte de una power couple. Aunque a Perón lo haya “hecho” Eva Duarte (de eso no tengo dudas) y Cristina haya sido la kingmaker de Néstor, siempre ha sido el varón quien ocupó legítimamente su lugar en el poder, debiendo ser la mujer previamente legitimada por la autoridad masculina para ser aceptada en fin como líder. Llegar “sola” parece por ahora imposible. El futuro guarda sorpresas igual, y bienvenidas sean. Quizás tengamos pronto una presidenta por enroque: de nuevo, una mujer, en nuestro país, podría subir al sillón de Rivadavia de la mano de un varón. Y qué socios se fue a buscar la señora Villarruel. El hambre de poder, el autoritarismo, la violencia, es una fuerza que también nos habita. Como la compasión. ¿Se habrá acostado con un nazi la señora Victoria? ¿O ya estaba muy viejito el señor al que ella amaba? Imposible conocer el fuero interno de esta mujer, inescrutable, aterradora, que espero, de todo corazón, no llegue jamás a la presidencia de la Argentina. Ella representa un ejemplo – perverso – de aquello en lo que podemos transformarnos las mujeres. Hay que pasar del temor al respeto para poder empezar a escucharnos. Porque quizás si haya nazis femeninas, o feminazis, como les dicen. Están entre nosotras.

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