• Francisca Lysionek

Vandalización: menos que una idea



Hace unos días Flor Cugat se hacía una pregunta por Twitter que vale la pena intentar responder. El interrogante era si podría llegar a existir algún tipo de obra que en algún tipo de contexto justifique su vandalización. La mayor cantidad de obra vandalizada pertenece al universo de los monumentos públicos, por razones que todos podemos imaginar. Su accesibilidad masiva relacionada con los emplazamientos en espacios públicos, sus fuertes implicancias simbólicas y la visibilidad excesiva de su carga ideológica, contraria a la de los valores del grupo que integran aquellos que vandalizan; vuelven a los monumentos susceptibles de tales maldades. Estos motivos, si bien lógicos, no explican qué es lo que lleva a una persona o grupo a dañar una imagen, y esa pregunta debe ser atendida si queremos pensar algún posible caso hipotético que responda finalmente al interrogante que se hacía Flor Cugat.


A pesar de no ser motor de este texto la intención de discurrir sobre el poder de las imágenes, lo cual en todo caso es un presupuesto que damos por sentado, refresquemos brevemente cuáles son sus implicancias en esta discusión específica: que la representación de algo o alguien extraído de la realidad puede implicar también la representación de determinados valores; y que la sustitución de lo representado por su mera imagen, muy por el contrario a lo que se creería consecuente a nuestra preciada racionalidad occidental, no implica necesariamente que el objeto (la obra) sea tratada como objeto (¿qué te hizo la escultura de Cristobal Colón?). Esto es así porque la lucha instaurada al momento de vandalizar una obra es una lucha que acontece en el plano simbólico.


Pero afirmar esto último sin más sería sacarse el problema de encima, porque la rabia del atacante definitivamente no es simbólica, y una escultura de bronce en una plaza tampoco lo es. El sentimiento de uno y la materia de la otra son bien reales, además, dudo que la catarsis vandálica sea efectivamente catártica. A veces, parece ser su contrario e insuflar aún más los sentimientos de ira. La querella es simbólica y algo más, porque la imagen es símbolo pero también es algo más. Esta explicación solo es parcial, y parece no ser suficiente para entender la cuota de pensamiento mágico evidente que conlleva la vandalización.


Sin embargo, lo que viene pasando últimamente es aún más insólito. Unos cuantos girasoles en un florero, la joven de la perla, la pacífica vista de unos almiares al atardecer, ¿Qué perversa ideología anti-ecológica se supone que vienen a representar? Por supuesto que ninguna, e intentar leerlo de ese modo sería mal intencionado para con esta juventud británica y constipada que arroja salsa de tomate y puré de papa al vidrio protector de algunas imágenes canónicas (así como queridas) de nuestra humanidad.


Estas obras no se encuentran en espacios públicos, sino en mansiones embrujadas, custodiadas por enormes monstruos de numerosas cabezas que vigilan día y noche su presencia inmóvil. En principio, podemos destacar que las tres obras ocupan cada una su cómodo lugar dentro del canon, y que los tres artistas productores están dentro del más reducido Salón de la Fama que pueda pensarse. Es decir, las tres pinturas mueven a las masas, garantizan la asistencia del público al museo, y la lista de cosas en común termina más o menos ahí. No conforman grupo temático, histórico, estilístico o ideológico alguno.


Además debemos sumar una nueva incógnita para entretejer en nuestro lío, a saber, la producción instantánea de una nueva imagen al momento de vandalizar la primera. Esta nueva imagen que suele aparecer en formato vídeo vertical, perfecta para plataformas como instagram o tik tok, es el registro de la vandalización realizado por el mismo grupo que vandaliza, que luego es viralizado y levantado por medios de todo el mundo. Una imagen que captura el intento de destrucción de otra imagen.


En este punto recordemos que según los mismos integrantes del grupo, no hubo ningún intento real de dañar las obras, sino un llamado de atención a sus consignas colegialas. Estas palabras pueden confundirnos todavía más… La vandalización sabiendo que ningún daño será causado ¿constituye realmente un acto simbólico? En realidad, ni siquiera eso, sino que viene a ser una representación simbólica de un acto simbólico, una “perfo” insignificante libre de consecuencias reales (o simbólicas). Si hace un rato decíamos que la imagen es símbolo y algo más, debemos considerar también que la imagen pueda ser símbolo y algo menos.


Estos videos (nuevas imágenes que dialogan con objetos del pasado) son menos que simbólicos por su banalidad. Desde su fuerte vibra a cambalache filisteo, hasta la conceptualización evidentemente errónea que sugiere una falsa dicotomía entre arte y medio ambiente (tan estúpida que ni siquiera vale la pena detenerse allí), pasando por la tibieza del riesgo mínimo al que se exponen los jovencitos e incluso el abanico de gestos, poses y expresiones faciales de los muchachos que, hablando mal y pronto, dan un poco de vergüenza ajena.


La acción iconoclasta insiste en ser comprendida, como ya se mencionó antes, desde el pensamiento mágico, una manera de entender las cosas del mundo que excede al símbolo o lo inhibe. Aquellos que actúan desde el pensamiento mágico parecen no distinguir entre la cosa y su representación. Sin embargo, la acción del grupo denominado Just Stop Oil (¡¿on canvas?!) no sería en principio realmente iconoclasta… ¿O sí? Dijimos que sus ataques son a lo sumo representaciones, un espectáculo en el que se pretende atentar contra una obra de arte a la cual se sabe de antemano que no le pasará nada. Conversando sobre estas cuestiones, ayer Fran Amigo ofreció su propia hipótesis del asunto, refiriéndose a la constante potencialidad o virtualidad que atraviesa nuestras vidas cotidianas, y sus consecuencias conceptuales.


Visto desde una realidad basada en la virtualidad, el pretender que se daña una obra puede ser tan significativo como dañarla, o incluso podría significar dañar a la obra en sí misma; de la misma manera que una clase virtual es una clase, o una cita por zoom constituye una cita. Este problema es terrible, absolutamente contemporáneo y capaz de inducir al pensamiento a los más desastrosos escenarios distópicos imaginables. De ahí a la matrix hay un solo paso, y el problema no sería ya que la acción no llegue al plano simbólico, sino que lo simbólico exceda a la realidad de forma tan desbordante, que se convierta en lo único que podemos conocer.


Siguiendo la interpretación de Fran Amigo, puede decirse que el daño es el hecho de producir una imagen que contiene a la primera imagen siendo dañada. Si aceptamos esto como cierto podemos inclinarnos a pensar en dos opciones. Que la actitud de nuestros jóvenes sería tan iconoclasta como la de León el Sirio, porque no importa que se produzca una nueva imagen, esta constituiría un excedente no deseado, la intención no es producir más obra y en todo caso esta imagen no tendría de ninguna manera el estatuto de obra de arte. O caso contrario, ateniéndonos a los hechos, podemos decir que no hay iconoclasia, y la producción de esta nueva imagen viralizada, tan accesible como un monumento público emplazado en un parque urbano, guste o no guste, es una obra que contiene otra obra y la hace dialogar con el presente de manera novedosa (no porque la vandalización sea un acto novedoso, pero sí es inédito en la historia de estas obras en particular). Si nos decidimos por esta segunda opción seremos como la serpiente que se come su propia cola, y partiremos de un hecho potencialmente iconoclasta para terminar adjudicándole un carácter de idolatría.


Sería enroscante y placentero seguir dándole manija a este dilema, pero desafortunadamente debemos atender las actualizaciones que constantemente van surgiendo respecto a este tema. Mientras escribía el último párrafo, recibí un mensaje de Sibila Gálvez. Una noticia, que en realidad es un video, es decir, una nueva imagen, en la que se ve como miembros de Just Stop Oil (¡¿painting?!) vandalizan, ahora sí, un edificio londinense, el Thames House, sede de uno de los servicios de seguridad británico. El pequeño posteo de instagram indica que esta no es la única edificación que ha sido atacada. La arquitectura no cuenta con vidrios protectores, se ha abandonado el plano de la matrix, volvemos a donde empezamos, afortunadamente, con nuevas ideas.


Me interesa en particular subrayar el vínculo que existe entre iconoclasia e idolatría, como dos caras de la misma moneda, relación evidente no solo porque una emerge en oposición a la otra, sino por su raíz común, ambas son productos de una misma mentalidad que concibe a las imágenes no como mero símbolo, sino como una extensión de aquello que representan. Repetimos, entonces, la lucha no se desarrolla solo en un plano simbólico (yo destruyo simbólicamente aquello que el símbolo representa en pos de hacerme presente de forma simbólica en una batalla que me precede y me supera -es decir, expreso mi rechazo ante un conjunto de valores-), sino que lo simbólico se relega para darle lugar al acto, mi ataque mueve al mundo y hace estremecer a sus objetos. El mundo de las ideas se cristaliza en una acción que no es solo devastadora, sino también creativa porque produce nuevas imágenes. Imágenes terroríficas, que algunos piensan que vienen a ser tan solo una pequeña parte de lo que nos merecemos como humanidad destructora.


Es difícil sentir simpatía por un pensamiento tan anti-humano, por eso la empresa está condenada a fallar. La creación de imágenes que contienen dentro suyo la representación (simbólica o no simbólica) de la destrucción del pasado es un fenómeno que encastra perfectamente en los modos de una sociedad que rechaza su propia historia, en una búsqueda imposible, que es la búsqueda de la inmortalidad.


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