• Julieta Rosell

Yo estuve en el MOPI



- “Estos papeles metalizados van acá en la fachada, bien como un banner de museo, que te deje ciego el reflejo del sol que pega directo”. - “Entrás re encandiladx del sol, y adentro, todo negro, lo único que se ve son las obras, ilumuninadas bien puntual. Y para salir, tenés que abrir estas cortinas negras tipo telón y te encontrás con la última obra, que es la isla”. Así fue como conocí a Julieta García Vazquez y a Ana Vogelfang en la Isla Clusellas, bajo el sol abrasador de las 2 de la tarde, explicándome lo que iban a montar en 3 días. Llegaron hasta acá porque fueron cautivadas por la historia de Josefa Díaz y Clusellas, esta mujer que dicen fue la primera en Latinoamérica en firmar sus pinturas, con las que aportó registros del tránsito fluvial del río Paraná y por ende, de la configuración de los intercambios económicos que moldearían la forma de habitar un territorio. Vienen hace algunos años buscando pistas, y quizás inventando algunas otras, con las que poder desarticular relatos constituidos dentro de la historia, la historia del arte, y la memoria de las personas con quienes se vinculan. El Museo Ocasional de un Paisaje increíble (MOPI), fue una parada más dentro de esta búsqueda.

Pasaron muchas cosas el día del debut y despedida del MOPI. Natalí Faloni preparó un recorrido poético por lugares de la isla especialmente seleccionados, Celeste Medrano hizo visitas guiadas por el museo combinando narraciones de distintos orígenes. La agrupación chamamesera de Alto Verde nos mostró cómo se baila el chamamé y cómo se grita un zapucay. Comimos empanadas de pescado, dibujamos animales y bodegones sobre un nylon transparente invitados por el colectivo Ratona. Fuimos partícipes del diálogo surrealista que tuvo la historiadora local Analía Molinari, con una Josefa miniatura. Mas tarde, unos nenes, todavía atónitos con la obra de Ayelen Coccoz, nos preguntaban si la muñeca de Josefa era una señora que adentro tenía una nena, algo súper ridículo pero hermoso, el flash particular de lxs ninxs ante esa representación realista, que encarna la idea del doble, de vida contenida, de presencia.

La previa a la inauguración -y clausura- del MOPI involucró los traslados más insólitos y lxs colaboradores menos pensados. Metros y metros de gabardina negra para encortinar todo el interior del museo, un generador de 200 kg, bidones de combustible, carros hechos con partes de motos, pedestales hechos con troncos, pescados a la parrilla, lancheros improvisados y muchas ganas de que todo suceda.


Una recolección maratónica de obras que requirió de 2 días de recorrida por los museos de Santa Fe, la escuela Mantovani y casas de vecinxs, quienes dieron en préstamos sus objetos, constituyeron la colección del MOPI. “Yo si tuviera plata, tendría un museo” contaba Liro Lucero, mientras la ayudábamos a descolgar los objetos que colecciona en las paredes de su casa del barrio de Alto Verde, para cruzarlos luego a la isla. Pieles de víboras, cabezas de yacarés, láminas de paisajes (de esas que están montadas sobre chapadur y bastidor y que se destiñen con el sol), guirnaldas de osos de peluche y caracoles. Intuyo rápidamente que la idea de este museo, y el impulso para llevarlo adelante, también se construyeron sobre estos relatos y deseos.



El texto de sala del MOPI tiene sólo una fecha: 4 de diciembre de 2021, como en un margen. Es la fecha de inicio y de final, fecha con la que se inscribe en la historia. Pero ¿cuál historia?, ¿contada por quien, escuchada por quién? Porque la historia ya no parece ser más “la” historia, sino una multiplicidad de relatos tan maleables como las circunstancias y las personas que lo componen, y que estas artistas nos lo recuerdan, lo ponen frente a nuestra cara, mostrándonos un amasijo de vínculos imprevisible, cosechado y entretejido como una trama que va hilvanando objetos y palabras, y que engancha personas y memorias a su paso. El texto de sala es también una foto, la foto del fin del MOPI al atardecer, como adelantándose a ese momento de la clausura, como si el sólo acto de elegir esta imagen para la contracara del texto hubiera significado inferir el final, haber pensado también en ese momento; adelantarse, cual spoiler prudente.

Todo el MOPI implica la idea de expedición, de recorrido, de desplazamiento: hay que llegar en lancha a la Isla Clusellas, y caminar, al sol, hasta llegar. El museo se construyó siguiendo una tipología isleña, la ranchada: una especie de carpa enorme, cuya estructura está hecha con troncos de la isla y el techo es una lona de camión de la familia de María. María, Tino y sus once hijxs son lxs únicxs habitantes de la isla, a quienes Julieta y Ana conocieron en uno de sus tantos cruces. Ellxs levantaron la estructura del museo y cortaron los troncos para el logo de la fachada. Las paredes del museo son las chapas que tapiaban la casa donde vivió Josefa, hoy en ruinas, que está en el centro de la ciudad de Santa Fe. Este acto de desarmar algo, de llevarse algo de un lugar y ponerlo en otro para construir otra cosa -que es parte de lo mismo, pero en otro lado-, habita de una forma muy particular la idea misma de construcción. Motorizada por el mito de la pintura perdida de Josefa, un paisaje fluvial que ella pintó desde la terraza de su casa en Santa Fe, cuando la fisonomía del territorio todavía dejaba ver el río desde allí, la acción del Museo Ocasional de un Paisaje Increíble extrapola los saberes, los recuerdos, se para desde el otro lado y mira desde enfrente. Reconstruye un paisaje dentro del paisaje. El MOPI es una congregación de operaciones simbólicas: más inocentonas o más sesudas, entrecruzan saberes científicos, antropológicos y populares en un esfuerzo colectivo. Las obras del museo, son todos préstamos e intercambios, que Julieta y Ana consiguieron forjando vínculos con vecinxs, trabajadorxs de museos, artesanxs y artistas de la ciudad de Santa Fe. Todo el patrimonio del MOPI se sostuvo gracias a esas conexiones, a esos encuentros y charlas que las artistas supieron llevar adelante durante meses de idas y vueltas.

El MOPI es una invitación a pensar la idea de soberanía, sobre las decisiones de una artista mujer de fines del siglo XIX, sobre la posibilidad de desarticular los relatos y los símbolos de un territorio, de recrear imágenes y refundar vínculos, sobre las formas de crear un Museo.



*MOPI es una obra de Ana Vogelfang y Julieta García Vázquez, que se inscribe dentro de una investigación más amplia y expandida sobre la obra de Josefa Díaz y Clusellas, y desembarcó en la convocatoria de la última edición de BIENALSUR, que le dio curso y cauce a través de una alianza de muchas puntas y con el apoyo del Ministerio de Cultura de la Provincia de Santa Fe y de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de Santa Fe. Contó con el acompañamiento curatorial de Florencia Battiti, la mirada atenta de todo el equipo de BIENALSUR, y fundamentalmente los brazos de muchxs colaboradores locales sin los cuales no hubiera sido posible.


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