• Nina Power

Abrazar la ambivalencia



Pensando más allá de "izquierda" y "derecha"


La humanidad tuvo varias generaciones antes de esta. Muchos hombres y mujeres que vivieron juntos y en algunas ocasiones hasta se amaron y tuvieron hijos, o no tuvieron hijos y trabajaron. Esas personas heredaron algo de sabiduría de sus mayores y tuvieron que enfrentarse a los avances tecnológicos a lo largo de su vida. Seguramente tuvieron que afrontar problemas colectiva e individualmente, basándose en las virtudes tradicionales o religiosas, o invocando la ley cuando fuera necesario.


Los cambios importantes en la historia humana, que se relacionan con las transformaciones tecnológicas, parecen ser una característica paradójica de nuestra naturaleza humana, es decir, somos criaturas para quienes el uso de herramientas es una parte central de nuestro ser, en la medida en que para bien o para mal somos transformados por la tecnología. En esa dirección, entonces, no siempre tiene sentido oponer la tecnología a la naturaleza, o la humanidad al resto del planeta, imaginándonos como dioses o parásitos. Pero, ¿hasta qué punto somos diferentes de nuestros antepasados? Ya sea que imaginemos el feudalismo, con sus jerarquías y vínculos con la tierra y los ritmos de las estaciones, o nuestros antepasados ​​victorianos supuestamente reprimidos, inevitablemente imaginamos que somos superiores de alguna manera, más avanzados, más "modernos".

Sin embargo, muchos de nuestros problemas son los mismos, o incluso están agravados por las tecnologías adaptadas para hacer la vida más fácil. Luchamos por tener una vida virtuosa, incluso aunque creemos que estamos más allá de la religión. Luchamos por no actuar de manera religiosa, aunque se supone que debemos entender que la vida está completamente dominada por la cosmovisión científica. Nos preocupamos por las mismas cosas que nuestros antepasados, sentimos las mismas emociones y enfrentamos los mismos tipos de sufrimiento.


¿Qué tiene que ver todo esto con la política? Después de la modernidad, después de la revolución sexual, después de internet, ¿dónde nos encontramos? ¿Cómo podemos seguir adelante? Todos los proyectos universalistas más importantes —el cristianismo, la Ilustración, el capitalismo— aparentemente se han derrumbado, y solo este último se aferra a su intercambiabilidad y mercantilización sistemática mientras atraviesa crisis tras crisis. Por lo menos, podemos decir que el capitalismo no nos proporciona ningún ideal que valga la pena preservar; al contrario, destruye todos los valores, toda tradición, como nos dejó en claro Marx.


Ni la “izquierda” ni la “derecha” parecen muy fuertes hoy, aunque cada uno culpa al otro y asume que el otro tiene el poder cuando quizás no lo tiene. El conservadurismo se vendió hace mucho tiempo al capitalismo de libre mercado, desmoronando así su compromiso ideológico con la política de movimiento lento y el espíritu conservacionista. La izquierda, tampoco parece oponerse mucho al libre mercado y ha perdido el control sobre las personas a las que se supone que representa: la clase trabajadora, los desposeídos, los que más se beneficiarían de la redistribución. La "izquierda liberal" se ha vuelto en cambio pedante y crítica, y ha descuidado a los más pobres. La izquierda ha abandonado la clase, la derecha, la tradición. Ninguno de los "lados" existe realmente. Esto cierra capítulos y abre nuevas posibilidades.


La tecnocracia a la que nos enfrentamos hoy en día es una mezcolanza de burocracia, autoritarismo, incompetencia, corrupción y está desprovista de moralidad. Como revela la pandemia, los gobiernos prefieren actuar con miedo que con la razón, o quizás son incapaces de explicar a personas como ellos por qué se están implementando estas medidas.



Mientras tanto, otra “guerra cultural” consume nuestra energía. Varias figuras, eventos y debates —Trump, Brexit, sexo/género, BLM, el encierro, la libertad de expresión— se movilizan como distracciones y como divisores perniciosos de la humanidad, creando enemistad donde probablemente hay más acuerdo de lo imaginado.


Puede que sea nostálgica, pero aunque parezca increíble la “vieja izquierda” fue defensora de la libertad de expresión, pro-libertad de asociación y luchó contra una derecha censuradora. La vieja izquierda tenía un sentido del humor que estaba comprometido con la bondad, el perdón y la igualdad. No buscó dividir a la gente, de hecho, pasó gran parte de su tiempo señalando que la clase dominante y los capitalistas se beneficiaron precisamente de esta táctica. La vieja izquierda entendió la historia desde un punto de vista materialista: es decir, comprendió cómo los hombres y mujeres reales estaban condicionados por su tiempo, pero también consideró el poder que tenían para darle forma. No buscó encubrir la historia ni endulzarla: más bien entendió que las lecciones de la historia, así como su ciencia y su arte, nos pertenecen a todos, y cada uno de nosotros está irreparablemente ligado a ella.


La nueva izquierda no se parece a la vieja izquierda. Una curiosa combinación de sadismo, emocionalismo y superioridad moral inmerecida parece dominar muchas de nuestras instituciones, y parece haber poco interés por parte de los justos en escuchar a cualquier persona mayor o a alguien que no esté de acuerdo. Es una posición profundamente vaga, imaginar que las personas que viven hoy de alguna manera saben más sobre lo que se puede decir y sobre cómo funciona la realidad que todos los que vinieron antes que ellos. La verdadera pregunta no es quizás de dónde vino esta juventud indignada, sino más bien por qué las instituciones no son lo suficientemente fuertes para aferrarse a valores más importantes. Cuando la respuesta final es el dinero, la controversia comienza a parecer aterradora...

Sin embargo, no creo que la mayoría de la gente piense, actúe o sienta de forma tan sencilla. Creo que un pequeño número de narcisistas ha llegado a dominar el discurso político en todos los niveles y nosotros, como sociedad, somos incapaces de reconocerlo, en parte porque queremos ser comprensivos y los narcisistas son excelentes para jugar con la amabilidad de los extraños. Por eso es imperativo aferrarse a la realidad, pensemos en la palabra "based", cualquiera que sea nuestra política. Es sumamente importante ser honestos y no evitar la complejidad cuando se presentan problemas políticos difíciles y desacuerdos. ¿Qué te parece el mundo? ¿Qué pensás realmente? ¿Cómo te gustaría que funcionara el mundo? ¿Cómo podemos arreglar las cosas de la mejor manera posible para todos?


Todos somos criaturas complejas, impulsadas en parte por el deseo, en parte por la razón. Tampoco somos tan diferentes de aquellos a los que aparentemente nos oponemos, y es nuestra falta de cosas similares lo que a menudo impulsa nuestra animosidad entre nosotros. ¿Cómo podemos abrazar nuestra ambivalencia, sobre nosotros mismos y sobre los demás, para no llegar al callejón sin salida nihilista de nuestra política, sino al punto de partida para pensar en una nueva política, más allá de la "izquierda" y la "derecha"?

Después de años de lanzar insultos inexactos, ha llegado el momento de hablar: ¿de qué vamos a hablar?



Título original: Embracing Ambivalence: Thinking Beyond “Left” and “Right” de Nina Power. Publicado en Savage Minds (febrero 2021) traducción: Mario Scorzelli



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