• Bob Lagomarsino

Alberto y el Golem. Sobre la justicia social y los fantasmas


Es característico de los gobiernos socialdemócratas que la primera y más importante función de sus políticas públicas sea la imperiosa necesidad de defender a los ciudadanos frente a los hipotéticos poderes maliciosos de los mercados. A partir de esa inferencia incomprobable, se genera una serie de extrañas ecuaciones con resultados problemáticos. Por ejemplo, sin ir más lejos, prohibir por un mes (30 días) la exportación de carne con el objetivo de bajar el precio.


Se extraña la época de Guillermo Moreno, sobre todo si pensamos en la comida y los dólares, recordemos que su primera medida al mando de la Secretaría de Comercio fue la apertura de las exportaciones. Aunque mi corazón peronista se sienta traicionado, realmente quiero que le vaya bien a este gobierno. El delegado Alberto es sin dudas el mejor presidente posible que podemos tener los argentinos; considerando, entre otras cosas, los factores antropológicos, mediáticos, psicológicos y matemáticos que condicionan las elecciones democráticas.


Sin embargo, creer que medidas como esta pueden solucionar los problemas de los ciudadanos contra algo tan hipotéticamente peligroso como los malignos poderes de los mercados parece más fantasioso que cualquier cuento de hadas. ¿Cómo es que se diseña esa medida tan disparatada? en todo este relato mágico parece faltar una explicación coherente.

Quizás deberíamos revisar como adultos y con total seriedad esas ecuaciones que hablan sobre los peligros de los hipotéticos poderes maliciosos de los mercados. Para esto tendríamos que hacer el esfuerzo de no burlarnos, o al menos no burlarnos mucho, de sus postulados. No obstante, me parece justo explicitar sin rodeos cual es mi argumento: no existe ningún riesgo para los ciudadanos debido a los hipotéticos poderes maliciosos de los marcados que un gobierno socialdemócrata pueda mitigar.


Para no generar tanta indignación, voy a tratar de demostrar esta proposición de la manera menos ideologizada posible, con una simple prueba matemática: Para demostrar X, que no existen tales riesgos para los ciudadanos debido a los hipotéticos poderes maliciosos de los mercados que el gobierno socialdemócrata pueda mitigar, primero voy a exponer el caso Z, para después pasar a demostrar que no existe ninguna diferencia sustancial entre X y Z.



Pero antes de realizar esta demostración básica permítanme inspeccionar un poco el contexto. Si la proposición que afirma que “el hipotético poder malicioso de los mercados es uno de los mayores problemas que enfrenta la ciudadanía” es tan irracional como intentaré demostrar… ¿por qué se ha convertido en una creencia tan popular?


Mi opinión en este punto es que la verdadera amenaza existencial para la ciudadanía es la irracionalidad en sí misma, algo que el maravilloso libro La era del terraplanismo económico define como la irracionalidad humana organizada. Esta irracionalidad sería la encargada de realizar la compleja ecuación de mitigar el riesgo de los hipotéticos poderes maliciosos de los marcados… sinceramente, ¿esto no les parece algo por lo menos problemático?


Un arquetipo de creencia irracional, que surge de la naturaleza humana y se repite en las culturas se llama mito. La gente obtiene doctorados todo el tiempo sobre esas cosas. Podríamos hacer el ejercicio de pensamiento de comparar la narrativa sobre los peligros de los mercados con el popular mito del golem. La historia dice así: hay un agente mágico que se vuelve contra su creador o causa estragos al obedecerlo en exceso.


Emparejar esta narración mítica del golem con el relato socialdemócrata sobre los mercados no alcanza para demostrar que es falso, pero al menos podría ayudarnos a especular por qué se ha vuelto una narrativa tan popular, incluso entre personas inteligentes. Que la historia de los peligros de los mercados coincida, o al menos sea algo parecida a los cuentos populares, solo nos sirve para demostrar que es atractiva. Esta identificación importa solo porque presenta una explicación alternativa sobre el magnetismo de la narrativa. Mientras una historia coincida con algún arquetipo mítico, no necesita una correlación con la realidad para prosperar y reproducirse.


Hasta ahora no he probado nada, quizás solo que las personas inteligentes no son inmunes a los delirios populares. Tal vez este sea el momento de pasar directamente a la lógica real. El relato dice que los mercados malignos son cosas totalmente autosuficientes. En teoría, ya hemos visto que es posible que los humanos creen un golem. Supongamos que este golem es el maligno mercado y adquiere una autonomía tal que ha decidido destruir a los ciudadanos, en cualquier caso no sería algo más que un cuento popular.


Los malignos mercados quizás no sean algo que goce de una existencia física autónoma, tal vez su existencia está limitada a esas narrativas. Es verdad que los cuentos populares viven gracias a las creencias de los pueblos y habitan en las mentes de los ciudadanos que de alguna manera han internalizado su existencia. Por esta misma razón no deberíamos olvidar que es la misma mente del ciudadano que cree en los cuentos populares la responsable de la existencia de los mercados malignos. Abusar o abdicar de esta responsabilidad no mitiga los problemas que pueden ocasionarnos.


Echarle la culpa a un fantasma puede funcionar para encontrar una salida en un cuento de hadas pero cuando levantamos la cabeza y miramos la heladera sigue estando vacía y esto es porque las heladeras no se llenan con magia, hace falta al menos un poco de planificación. Esto es algo que 10 años de peronismo nos ha enseñado ¿Para llenar la heladera no sería mejor reactivar la economía, que la gente tenga trabajo y que suban los salarios? y, si alguien cree en las habilidades humanas para controlar los fantasmas ¿no sería mejor realizar un control de precios de acuerdo a los ingresos para subsidiar la carne?


En el corazón del mito del golem está el concepto de acción inhumana. Una creación fuera de control intenta destruirnos con su poder maligno (El marcado). Pero, la regla que establece que solo los humanos tienen la capacidad de actuar con responsabilidad de sus actos es un teorema sin el cual el concepto de justicia es imposible. Afortunadamente, este teorema es fácil de demostrar: La responsabilidad humana no se ve afectada por ninguna cadena de intermediación no humana. Si disparo un arma y mato una persona no puedo culpar a la pistola de mi asesinato.


Siguiendo esta ecuación no podríamos culpar a “la mano invisible del mercado” porque solo es una proyección de las conductas y creencias de los ciudadanos, los verdaderos responsables. No es el golem el que destruyó los puestos de frutas, sino los humanos que construyeron y desataron al golem. ¿Qué sentido tiene responsabilizar al golem o al mercado? la verdad es que no puedo comprender este tipo de políticas, quizás porque sea imposible creer al mismo tiempo en la justicia y en los fantasmas.


No podemos darnos el lujo de conducir al pueblo -lo mejor que tenemos en esta tierra- rumbo a una fantasía sin fundamentos. De todas maneras, no deberíamos cometer el error de confundir los cuentos de hadas con la doctrina religiosa que tiene claros principios y valores porque, al fin de cuentas, todo indica que vamos a necesitar de un milagro.

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