• Rodrigo Barcos

Leyes absurdas



Pensar en el contacto de la esfera del arte con la esfera de la política siempre estuvo asociado en el sentido común a una mera ilustración, un sentido de corrección política o una ilusión de justicia, algo bastante alejado del arte y mucho más de la acción política.


Sin embargo siempre me interesó pensar en la performatividad artística que se puede encontrar en la política y en la implicancia política que contienen ciertas obras y biografías.


Si algo problemático arrastramos de siglos pasados es haber hermetizado las categorías a la hora de generar pensamiento porque el mundo nunca se nos presenta de esa manera, sino por el contrario, emerge de una forma orgánica y diversa, pero sobre todo de una forma mutante. Hay algo de esa adaptación y mutación que es propia de la vida, en forma de células, plantas y animales, que genera sinergia con su contexto y que está en constante transformación, actualizándose permanentemente para su propia supervivencia. Algo similar sucede en las ciencias sociales en relación al derecho. Las leyes creadas por los humanos responden a un contexto social específico de una época determinada y cuando esas leyes quedan caducas porque el mundo es otro, se derogan o modifican, o en último caso, se proponen colectivamente la legislación de otras nuevas.


Entender la complejidad de cualquier organismo vivo implica alejarse de la simplificación que opera en la sociedad contemporánea, sobre todo de las concepciones morales. Las personas públicas, ya sean artistas o líderes políticos, no son seres mitológicos, heroínas románticas o villanos oscuros de guante blanco. Son mortales que toman decisiones estéticas, políticas e intelectuales en sus campos específicos bajo intereses determinados. Pero a diferencia de las células que no tienen conciencia de sí mismas, la política y las leyes tienen como fin común la representación. Esto ejemplifica el primer punto de tensión indivisible entre el arte y la política, donde en una esfera se busca una representación mayoritaria, en la otra se espera una singularidad absoluta.


La sanción de leyes tienen la capacidad de moldear la sociedad del futuro, de ampliar derechos y perpetuar estigmas. Lo podemos constatar en un pasado no tan lejano. El reglamento policial de contravenciones de 1946 determina que “las personas que se exhibieran en lugares públicos, con vestimentas indecorosas o se despojaren en los mismos sitios de ropas de vestir exigibles a la cultura social serán reprimidos con multa o arresto”. En otro inciso la misma condena aplica a las personas que incitaran o se ofrecieran en lugares públicos para el acto carnal. Esto claramente significó la criminalización del trabajo sexual y de las disidencias durante las décadas posteriores, por qué ¿en qué se basa la policía para saber cuando una vestimenta es o no indecorosa?


Podríamos pensar que ésta contravención tuvo su auge en la dictadura militar y su fin en la transición hacia la democracia, pero no. Estoy a punto de narrar un hecho que sucedió hace unos pocos años en plena costa bonaerense que es digno de una performance de bienal. Una amiga oriunda de Necochea estaba tomando sol en la playa de su ciudad natal con su madre y amigas, acostadas en la arena con el torso desnudo. Luego de algunos comentarios agresivos al pasar, terminaron siendo rodeadas por 20 efectivos policiales acompañados de seis patrulleros obligándolas a taparse. Al negarse argumentando que tenían el mismo derecho a estar tomando sol que cualquier varón sin remera de esa misma playa los efectivos policiales terminaron llevando las intimidaciones a su clímax amenazando con ponerles los ganchos y llevarlas presas. Nena, ponete el saquito, diría Perlongher. Más que pensar en la dimensión absurda de imaginar al peso azul del estado invadiendo la playa en plena temporada por ese simple acto focalicemos la atención en las múltiples personas que llamaron insistentemente al 911 para que los efectivos se hicieran presente en la playa alentándolos a que las llevenpresas. Es ahí mismo donde se ve la efectividad de las leyes en el tiempo, en el disciplinamiento que logra en la sociedad configurando las subjetividades sociales durante décadas.


En este sentido y volviendo más atrás en la historia, se podría pensar que la ley sancionada en la época en que Sarmiento era gobernador que estipulaba el apellido paterno como única opción viable para la inscripción civil también moldeó a la sociedad de ese momento configurando un machismo estructural que se tradujo en la falta de derechos para una gran parte de la población. Retrocediendo aún más en la historia, podemos pensar que la persecución a la diferencia sexual puede tener su raíz en la primer ley de sodomía que penaba las relaciones homosexuales en Inglaterra en 1533 y que implicó la pena de muerte hasta 1896. En Argentina este año se cumplen 10 años de la ley promulgada en 2012 donde el estado reconoce a la identidad de género autopercibida y dudo que veamos sus efectos hasta dentro de unos cuántos años.


Es imposible pensar en la conformación del sentido común y de la subjetividad social por fuera de estas acciones políticas y legislativas. Por eso me resulta un poco inédita e inverosímil la concepción anti-política que de tanto en tanto vuelve a emerger. Como si todo el tiempo no estuviésemos haciendo política, defendiendo unos intereses y resignando o atacando otros. No me extrañaría darme cuenta que la misma gente que exigía violentamente que llevaran presa a mi amiga por estar sin remera sea la misma que dona plata a un influencer por una causa social sintiéndose parte de un bien común, estableciendo máximas tales como “sos todo lo que está bien” o sea parte de la que amplifica una estafa piramidal en compañías inversoras de dudosa procedencia.


Sin caer en pesimismos, la realidad me parece un escenario gris y distópico. Prefiero las locas, las enfermas, las anormales, las que están más allá del bien y del mal, las que se juntan y organizan para exigir leyes urgentes, pero también a las que crean leyes absurdas y fantasiosas que duran una sola noche haciendo otro mundo menos sobrio y hostil posible. Ojalá las encontremos en algún momento a todas juntas ocupando las bancas del congreso.

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