• Pilar Alfaro

Blanda dureza



Cuando era chica, solía ir seguido al Jardín Botánico con mi mamá. Me llamaban la atención las plantas y las mariposas que revoloteaban alrededor de las flores. Antes también había gatitos y eso era lo que más me interesaba. Luego, al ir creciendo, lo visité con amigxs, amores y sola. Durante el último año, me encontré pasando por allí muy seguido; lo hice mi refugio, mi espacio silencioso, donde solo importa el frío y el limpio aire que pasa por mis pulmones, los sonidos de mis pies en la tierra rojiza y el leve crujir de las copas de los árboles cuando se levanta el viento. Esa es mi historia con este lugar, y la que me interpela a la hora de describir este recorrido por sus pasajes y descubrir a algunos de sus personajes: las esculturas. Espero que lo disfruten y hallen un refugio momentáneo como yo.


Lugar con historia artística: en él funcionó el Museo de Arte Moderno cuando todavía no tenía edificio. Además, se han llevado a cabo varios eventos artísticos. Claramente tiene una identidad marcada en sus venas, donde la salvia tiene en su ADN un componente artístico. Quizás esto se deba a que entre sus hojas se esconden las esculturas. A pesar de sus fríos y duros cuerpos, entremezclados en la vegetación, respiran junto a la flora y fauna del lugar.


Cuando se entra al Jardín Botánico por la concurrida y ruidosa entrada de Avenida Santa Fe, inmediatamente nos golpea una brisa fresca, y comenzamos a sentir el leve y dulce olor del rocío. Mientras más nos adentramos, las hojas de las copas nos van envolviendo en sus cantos y nuestro cuerpo se comienza a perder entre sus laberínticos pasajes. Mientras que el cuerpo va soltando el pavimento y redescubriendo con los pies otras sensaciones, los ojos comienzan a trabajar como los de un cazador, que está cada vez más atento a su entorno. Se divisan formas blancas, grises y verdosas, otros cuerpos que nos acompañan o guían nuestro recorrido.


Entramos en su juego, casi actúan como el canto de las sirenas en el mar, que seducían a los marineros para guiarlos junto a ellas al agua. Algo así me sucede cuando entro al Botánico; esos músculos tiesos y expresiones congeladas llaman y atrapan a lxs visitantes como si de un hechizo se tratara. Entonces me pregunto: ¿cuál es el magnetismo de estas esculturas? Quizá sea la forma orgánica de sus cuerpos fríos y tiesos, o quizá nos detenemos a observarlas esperando que sigan con el movimiento del instante capturado por el cincel.


En mis últimas visitas, me detuve en el musgo que se aloja en los cuerpos como la misma dureza que indica su material. Estas pequeñas plantas se aferran a la rigidez, como si intentaran devolverles la vida o como si las esculturas respiraran a través de ellas. Es tremendo el efecto causado por el verdor en Los primeros fríos, una escultura de un hombre junto a una niña, ambxs semi desnudxs, acurrucadxs para compensar el frío que lxs envuelve, ubicadxs entre el follaje como cobija, olvidadxs a la intemperie y ahora este manto húmedo lxs abraza.



Si seguimos caminando por sus pasajes, a veces nos quedamos solxs, nos adentramos tanto en la maleza que empezamos a sentir el frío levantarse desde el suelo, como si intentara congelar a lxs que pasean por sus jardines. ¿Estas esculturas habrán sido visitantes que finalmente cayeron en el somnífero hechizo? Cuando el cuerpo se empieza a hundir en la humedad, nos despierta bruscamente la bocina de un auto, indicándonos que nos hemos perdido en el ligero andar y ahora estamos en una de las esquinas del jardín, casi pegadxs a la reja.


Luego de ese leve sueño, necesitamos reponer fuerzas para emprender la salida o, tal vez, es que aún seguimos encantadxs: no podemos despedirnos del todo de este oasis. Nos sentamos en un banco a escuchar los profundos sonidos que producen las gotas al caer en el estanque de la fuente. La luz juega con nuestros ojos, refracta en las gruesas cintas de agua y destruye nuestro reflejo en el espejo del fondo.


Finalmente, nos levantamos y ahora vemos esas espaldas tiesas un poco ennegrecidas por la humedad, sedimentos que se alojan en los pliegues de sus vestimentas y delicados y angulosos rostros que nos despiden sabiendo que volveremos a entrar. Las esculturas y el jardín nos esperan nuevamente para suspendernos en el tiempo, ablandar nuestra quejosa mente y dejar de lado nuestro duro andar.




imágenes:

Juan de Pari, El Despertar de la Naturaleza, escultura en mármol, 1938.

Miguel Blay y Fábregas, Los primeros fríos, escultura en mármol, 1892.

Étienne-Maurice Falconet, Bañista, reproducción en mármol, aprox. de 1757 a 1760.

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