• Jorge Drechsler

El sur interior


Llegamos al teatro sobre la hora, atrasados, con hambre. En casa había una crisis en la heladera y no sabíamos con precisión qué íbamos a comer. También nos vimos sumidos en un error del tipo nominal-geográfico, es decir, nos confundimos de calle, pero logramos asistir al estreno de Todo lo que arde es mío, en La Fábrica, en Villa Crespo. Se cuenta el desarrollo de un incendio doméstico, en una casa aislada en el sur argentino, donde una niña envía a su perro a buscar ayuda al pueblo más cercano. El pie de la cordillera es el área en el cual se desenvuelve este relato en tono de fantasía. El Nahuelpan configura los nombres míticos de los cerros, testigos de lo inmenso y lo pequeño, dan un marco ominoso que resulta en simultáneo familiar y exótico al imaginario porteño. El bosque, felizmente montado sobre una grada sin usar -gesto escenográfico que da cuenta de su vacío, o inutilidad. La obra transcurre con urgencia y ritmo de poesía, capta al espectador atento al devenir inmediato de la trama. Estamos frente a la magia de poder decir que alguien es un perro, y que así sea. Uno podría pensar que es la inmediatez de un incendio que avanza, o el uso sólido y elástico del tiempo presente en el relato lo que te mantiene al borde del asiento, pero a riesgo de equivocarme, yo creo que es otra cosa. A saber, los dos personajes que llevan adelante el relato/acción son una niña y un perro, que pese a su profunda conexión espiritual, vínculo afectivo, por su propia naturaleza, son dos personajes que no pueden del todo interactuar con el mundo que los rodea. Uno es un perro rodeado de humanos, la otra es una niña rodeada de adultos y montaña. El personaje de la madre aparece en forma de órdenes o reproches. Todos estos personajes para expresarse necesitan ser relatados y entonces es el relato el que incendia a estos personajes.

Todo lo que arde es mío escrita y dirigida por Álvaro Ochoa Martínez se presentó en La Fábrica Espacio de arte durante julio de 2022.


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