• Mariana Cerviño

Gumier, su vida en la isla



Los últimos días de alguien importante en nuestras vidas son una daga, al menos en este primer tiempo del duelo, como se dice. Pensar que todo pudo ser distinto, que pudimos hacer cosas que no hicimos, autoreproches que acrecientan el dolor. Quizás uno piense todo esto como una manera de seguir agarrado, aunque mal, a ese objeto de amor que ya no está en el mundo. Son durísimas las muertes, quién no lo sabe. Además de la tristeza concreta por esa persona que acaba de morir y a la que no veremos más, condensan todas las muertes, del pasado y del futuro: la nuestra también. Así es que todavía no pudo aparecer en mí la investigadora, desubicada como quedé, que debería hablar en público.


Pero quisiera decir algo, desde este lugar emocional donde estoy ahora y que quizás después en unos días deje, porque el tiempo calma. Es sobre cómo vi la vida de Gumier en su casa del Delta.


Como todo artista romántico y moderno, Jorge valoraba la vida más que el arte, aunque mejor sería decir que el arte le pareció importante en la medida en que mejoraba su vida. Era un maestro en el arte de vivir. Empezaba el día tempranísimo, tipo 6. Tenía su huerta, sus sábanas colgando en la cuerda, cuadrados color bordeaux, verde agua, otras celestes, floreadas…flameando sobre el fondo de los distintos verdes del entorno de su casa al que quería que llamáramos: parque (no jardín). Le gustaba la vida rural, la naturaleza super romantizada, obvio. Sus gatos, los pájaros, las gallaretas, los patos, toda la fauna y la flora del Delta, las amaba. Las 3 cabañas que tenía aparte de su casa, estaban pintadas por dentro y por fuera con sus colores y estaban decoradas hermosas, con cuadritos de Laren y otros que en este momento no recuerdo.


Había hecho una parquización en el fondo de su casa muy aparentemente espontánea pero no, circular, un camino ondulante, canteros de chapa un poco chuecos, mil y un mecanismos que ensayaba, erraba y mejoraba. Muchas veces le faltaba plata para tener todo funcionando bien, el mantenimiento en la isla es costoso. Plantó casi todo él. Sauces eléctricos, cítricos, un níspero, cañas de ámbar, todo tipo de flores y de árboles, maceteros antiguos por ahí, muebles de hierro con muchas curvas, un muelle grande y robusto. Todo ese paisaje era una obra. Su casa era su paraíso aquí y ahora, tal como era su idea del arte también.

Buscaba el bienestar pero también la intensidad, el desborde. Y estas dos cosas a veces son contrarias, porque el deslímite a veces genera poco bienestar al otro día y puede causar problemas de salud. Comía, sin embargo, muy sano, vegetariano siempre, sabía mucho de alimentación y todo tipo de recetas herbales, florales, naturistas y homeopáticas que incorporó muy tempranamente a su vida en plena primera ola del ecologismo y las terapias alternativas, en los tiempos de El expreso imaginario.


Tenía en la isla una vida social muy concurrida, organizaba grupos y encuentros políticos, como se sabe, lo pasaban a visitar todo el día vecinos y vecinas, chusmeaba, charlaba con todo el mundo, contaba anécdotas graciosas durante horas. Sabía todo de todo el mundo. Estaba muy conectado.


Hubo varias muertes seguidas en los últimos años que lo golpearon mal. También la cuarentena, que un principio disfrutó, después de muchos meses lo aisló demasiado. Su salud se deterioró. Pero hasta último momento quiso recuperarse. Era muy vital, muy alegre, muy gracioso y amorosísimo con todo el mundo.


Digo estas cosas porque quizás alguien pueda pensar que su vida en la isla era solitaria, triste, dejada. No fue así lo que yo ví. El amaba vivir allá y quería volver lo antes posible.



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