• Mario Scorzelli

Historietas legislativas


El horizonte electoral del año 2001 estaba signado por una escasa credibilidad en el gobierno que ya había dilapidado sus últimos votos de confianza en un programa de ajuste fiscal con el objetivo de contener la inexorable devaluación del tipo de cambio atrasado artificialmente por los efectos de una convertibilidad insostenible. Esa sensación, que afectaba la realidad para materializar la profecía autocumplida de la crisis, encontró una de sus mayores expresiones (anti)democráticas cuando el voto bronca se impuso en las elecciones legislativas de la Ciudad de Buenos Aires.


La Alianza había apostado el poco capital político que le quedaba al “efecto pelada” como si la sola aparición de la figura salvadora de Domingo Cavallo tuviera la cualidad de poder generar un optimismo espontáneo. Con el desempleo creciendo, los salarios a la baja, los nuevos impuestos a las cuentas corrientes y los recortes en jubilaciones, la misión abstracta (controlar los descalabros macroeconómicos y llevar tranquilidad a los mercados) que recaía sobre su lustrosa cabeza tenía todo el aspecto de ser una tarea imposible. El voto de confianza brillaría por su ausencia y la reacción sería absolutamente contraria: el voto bronca, una singular expresión a la que no le haríamos justicia si la circunscribimos exclusivamente al ámbito electoral.


Las elecciones legislativas de 2001 constituyeron un hito no solo por la significación política y el resultado de los escrutinios que terminaron de pulverizar la legitimidad del gobierno, sino por la particular forma de expresión que dejaría sus marcas impresas en los votos impugnados. La bronca se materializó en un amplio repertorio de boletas apócrifas intervenidas creativamente con la imagen y el nombre del personaje Clemente, un candidato carismático que emergió del mundo de las historietas para darle visibilidad al rechazo a la clase política.


El acuerdo entre los ciudadanos y sus representantes parecía haberse roto, al igual que la ley de la convertibilidad que mantenía la mágica ecuación de un peso = un dólar. La elección dejaría en evidencia que el poder otorgado para ejercer la representación del pueblo se sostiene a partir de acuerdos tan inestables y poco duraderos como el valor del dinero argentino.


El periodo democrático más largo de nuestra historia amenazaba con llegar a su fin y la simpática figura de un personaje de ficción, cuyo único mérito parecía ser el hecho de no poseer manos para robar, se convertiría en uno de los principales adversarios. “Votemos por Clemente” esa era la consigna que circulaba activamente a través del ciberespacio. Los mensajes de correos electrónicos venían acompañados por una razonable argumentación que decía:


“Clemente es un personaje popular netamente argentino, creado por un tipo muy preparado e inteligente, y fundamentalmente no tiene manos, por lo que no puede robar… No puede ser que los políticos sigan de fiesta mientras el país se hunde. Forcemos un cambio en serio, pero en paz. La única manera de que paren la joda es pegarles donde les duele. Los políticos viven del voto de la gente, ya que no sólo se legitiman y llegan a lugares de curro con él, sino que además el Estado les paga a los partidos por cada voto.”


Esta propuesta parecía aglutinar con la ironía de su retórica un compilado de clichés discursivos que reúne argumentos propios del nacionalismo, la aristocracia, el conservadurismo, el populismo y el anarquismo para darle forma al malestar de un amplio espectro (anti)político. La consigna se reprodujo rápidamente como los spams en las casillas de correo, hasta que logró infiltrarse con virulencia en otros espacios topológicos como las reuniones de consorcio o las filas de los bancos. “Votemos a Clemente” se volvió un eslogan tan pegadizo como el estribillo de cualquier canción de Babasónicos.





La boleta de la lista #$%& que impulsaba a la figura de Clemente como senador nacional logró materializar en las urnas el sentimiento de bronca que el ciberactivismo había ayudado a impulsar. De esa manera, tuvo lugar una acción colectiva que implicó la utilización de diferentes estrategias artísticas y retóricas para lograr accionar sobre el dispositivo electoral obteniendo como resultado una amplia mayoría de votos nulos que convirtieron a un gracioso personaje ficcional —que bien podría ser considerado un ancestro de la rana Pepe— en el protagonista de la elección.


Las boletas fueron el soporte de una tira cómica que nos permitió experimentar un vínculo problemático entre el arte y la política. Un vínculo en el que los sentimientos y la libertad de expresión llegaron a confrontan los límites de la democracia para transformar la historia en una historieta. Quizás lo más interesante de este caso no sea que nos permite revivir el clima convulsionado de unas elecciones legislativas tan problemáticas como las actuales, sino que abre interrogantes sobre las particulares interpretaciones históricas que construyeron narrativas en las que el arte y la política de aquellos años se relacionaron de una buena manera.


Lejos de las tesis que afirman encontrar en las prácticas del arte comunitario y autogestionado del nuevo milenio “un proceso que impulsó el crecimiento y el entusiasmo para reconstruir la fe en las instituciones del estado”, este caso parece mostrar una historia alternativa que quizás se escuche mejor musicalizada por Ricardo Espinosa y tomando una cerveza a la sombra de un edificio de arquitectura financiera ideado por Cesar Pelli.


Mientras tanto, estamos asistiendo a la emergencia de un nuevo actor que ha decidido entrar en el juego electoral. Javier Milei, con la promesa romántica de dinamitar el Banco Central y exhibir sus ruinas para recordar el fracaso de las políticas económicas de retroalimentación negativa, hoy es el representante genuino de los votantes malhumorados que cambiaron el lema “que se vayan todos” por el más problemático “vamos a entrar nosotros para sacarlos a patadas”.







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