• Francisca Lysionek

La fragilidad de una historia



Las puertas del cielo. Una mano invisible corre el cortinado de encaje anciano y ahí lo vemos, un paraíso desencajado, que se dispersa de forma irrecuperable si alguien abre una ventana y sopla el viento. Así de frágil es una historia.


La delfi entra al confesionario sin pedir que dios la perdone por sus pecados o la sane de sus carencias. Enumera sus faltas, las raya en la madera, describe, se sirve de palabra y dibujo para arremeter contra la pared del interior, coletazo estilográfico que pone a prueba la precisión de la baba secreta que emana de su piel.


La delfi y sus movimientos, de gracia aniñada y sinceridad brutal. Encantadora en su indiferencia que es, en realidad, la otra cara de una inmensa preocupación por su supervivencia. La preocupación de la delfi, que se traduce en estado de alerta, da una extraña paz.


Es sabido que así como se puede alcanzar la iluminación contando granos de arroz, mirando un punto fijo o recitando el daimoku del universo frente a una cartulina de color; también es posible invocar lo sagrado apretando el estilógrafo contra las hojas de un cuaderno.


Si hace poco el living del Vómito funcionaba como laboratorio-planta de reciclaje, ahora se ha transformado en un diario íntimo. Un diván sobre la tarima, de espaldas a la ventana, es el spot indicado para la contemplación. Te sentás y mirás el despliegue celestial de confesiones estampadas contra el vidrio de dos puertas que enmarcan un marco, que a su vez enmarca un dibujo, como la mamushka guarda dentro de la panza a su similar.



Un secreto decide contarse a los gritos, animando a los demás a seguir su ejemplo, y ahora todos hablan a la vez. Hay que acercar la vista y acercar la oreja para distinguir qué dice cada hoja. La experiencia se tiene que encarar con la seriedad y profesionalismo del chismoso o el detective privado.


La vida habla siempre de la vida, y esta es fundamentalmente dolor. Nadie acá es ajeno a la belleza cínica y turbada de un sueño macabro que aparece una y otra vez hasta volverse parte del colchón, la almohada y la sábana. ¿Quién no se ha despertado en mitad de la noche, sudando gotas frías, con la imagen mental estática de la cabeza cortada de un bebé dentro de una bolsa de plástico?


Sueños e historias se manifiestan como fantasías fantasmagóricas, una catarsis a la vez primitiva y sofisticada en la que los deseos trabajan a la par que los miedos primarios y se confunden entre ellos. No es tarea sencilla hacer que ingrese la intimidad en una historia sin perder rápidamente el control y que aquella empiece a coquetear con los perniciosos extremos conocidos: el de la catarsis lírica e histérica, el del show de variedades, encantador en la misma medida que irritante, o el de la frialdad entumecida del recuento objetivo de los días en los que no pasa nada.



La delfi sortea con frescura los peligros y aterriza en puerto fascinante. El secreto reside en la intención de estas confesiones que acumula en los rincones de su casa. Columnas hechas con cuadernos decorando un ambiente, papeles revueltos dentro de la mochila, el registro compulsivo y radiográfico que hizo La delfi de sí misma y solo para ella a lo largo de los años.


Para ella, no para los otros, y esto es clave. Se intuye una cierta cuota de "no me importa nada" en algunos trazos de La delfi, mientras que otros son tan amorosos que se confunden con un bordado, como cuando escribe el nombre de un gran amor, una gran amiga. Este ingreso del garabato, el borrador, la agenda o lista de compras perfilando el drama expresivo de sus personajes atormentados es lo que nos cautiva. Una honestidad desinteresada, una estética trabajada y refinada para sí misma, exhibida casi por casualidad.


En pocas palabras, la visión pasajera de algo auténtico y genuino. El espectador no fue tenido en cuenta durante la concepción de cada obra, porque éstas nunca fueron pensadas como tales. Como el minino que posa majestuoso lengueteando sus patitas, La delfi trabaja por y para ella; y esa autosuficiencia entre dibujo y dibujante genera en quien mira el alivio de ver asomarse lo crudo y lo verdadero del dolor humano.


El trabajo del Vómito fue darle un nuevo marco a cada hoja que abandonó su cuaderno. Un contexto místico en el cual generar el ingreso adecuado de esta oscuridad, ante todo real, en el mundo. Duras líneas ortogonales se derriten como la cera de una vela. La madera se transforma en vidrio y refleja sutil la mirada accidentada de quien miraba y puede ahora mirarse mirando. ¡No te olvides de tu propia cara! dice la puerta transparente. ¡Vos también sos parte de esta historia! El círculo cerrado entre La delfi y sus darksecretos tenía que quebrarse, porque el mundo siempre pide y necesita que se muestren los mostros tiernos que merecen ser mostrados.



Magia Vulgar de Delfina Liébana en El Vómito (Aráoz 832). Próxma apertura: Viernes 13/08 se realizará una gran subasta y remate de Magia Vulgar a partir de las 19.00 hs.

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