• Emmanuel Sticchi

La maldición de Polaco


La maldición de Polaco

basura y mercancías del cine en los años 90


Te parece divertido, por no decir un desliz de la historia (que es algo incontrolable) ponerte a anudar recuerdos sobre el cine de los años 90 en un verano como el vigente, con lluvias, calor y rostros tapados por barbijos, como los que solías ver sobre caras de japoneses, otakus o Michael Jackson. Terremotos con barbijos, recitales con barbijos, largos viajes en colectivo con barbijos sudorosos. Además, la acelerada re-alfabetización tecnológica a la fuerza ocasionada por la pandemia en el último año te hace pensar en el pasado, cualquiera sea, como otro mundo, como describir la experiencia en un planeta del que huiste a las apuradas dejando allá la mitad de tus cosas.


Si pensás en el cine que se realizó en Argentina durante la década del 90 se entremezclan y superponen dos historias. En primer lugar, la que has aprendido de grande, la que has leído, cuyas películas has buscado, rastreado y acomodado con esmero en la habitación mutante de la memoria y, en segundo, el recuerdo salvaje del cine que verdaderamente viste durante ese periodo de tiempo, muchas veces sin que haya sido tuya la decisión de hacerlo. Pero son recuerdos al fin, que hacen presión contra tu cerebro y brotan en erupciones que bordan el revés de un fragmento latente de historia.

Dicen que el primer acto de censura cinematográfica en Argentina, luego de recuperada la democracia, fue en 1989 cuando se impidió por medio de una cautelar el estreno de la película Kindergarten, dirigida por Jorge Polaco y protagonizada por Graciela Borges y Arturo Puig. Las desconcertantes escenas de desnudos con niños por parte de los protagonistas despertaron un enardecido repudio de asociaciones ultraderechistas de la época. «Estamos hartos de los negociados de la trenza de los críticos a sueldo y de artistas y productores drogadictos, lesbianas, marxistas, invertidos y prostitutas que nos imponen su “CULTURA”», decía un flyer que se repartía en las puertas de los cines firmado por la Comisión Pro-Cultura Argentina, la cual no existía. La película fue secuestrada y no fue exhibida hasta 2010.


Una posibilidad es pensar en ese desafortunado acontecimiento como un presagio siniestro, una maldición que cayera sobre el cine argentino de los 90. Si bien, efectivamente, se apreciaba en cierta producción audiovisual de la época un perfil estético novedoso que se convertiría con el tiempo en un nuevo Nuevo Cine Argentino, esas producciones estaban lejos de un público extendido en el país. Sin la circulación pirata de internet, sin difusión y con una distribución limitada de copias, la posibilidad de llegada a las personas era poco probable.

Por aquel tiempo florecían las escuelas de cine, estatales y privadas. También lo hacían los festivales, en 1999 fue la primera edición del BAFICI. Lucrecia Martel trabajaba en televisión haciendo documentales o produciendo Magazine For Fai. Adrían Caetano y Bruno Stagnaro estrenaban Pizza, Birra, Faso, Pablo Trapero Mundo Grúa y Martin Rejman producía sus cómicos engendros al margen de toda tendencia más que la propia. Al margen del margen, películas amateur como Plaga Zombie: ¡la venganza alienígena ha comenzado! de Pablo Parés y Hernán Saéz, hecha con un presupuesto de $600, mantenían viva la anónima llama de la impertinencia.

Si pensás en los 90, en el cine que se veía ampliamente, si pensás en vos viviendo en el interior del país tratando de ver películas, te das cuenta de que el cine de autor argentino no existía, no estaba en el radar. Esas películas las veían, si las veía alguien, en Buenos Aires o eran exhibidas en festivales que no se llevaban a cabo en tu provincia ni remotamente cerca. Por esos años, hubo colas interminables afuera de los cines para entrar a ver Titanic. Un puñado de películas nacionales buscaban participar en la contienda comercial.

Un argentino en Nueva York o Esa maldita costilla, ambas de Juan José Jusid, representan otra cara del cine argentino de esos años. La extrema farandulización de las narrativas, herencia del cine hecho durante la dictadura, se revitalizó con fuerza sabiendo capitalizar el clima de derroche y la fiesta que caracterizaba la política estatal de aquel entonces. Susana Gimenez, Guillermo Francella, Natalia Oreiro, Rossy de Palma, estéticas kitch plagiadas a Pedro Amodóvar, un remedo berreta de Mujeres al borde de un ataque de nervios, todo mal encarado, basura reluciente capaz de brillar como oro.

Por ese tiempo, la propaganda intensa de Mi pobre angelito 2 puso en auge la locura desenfrenada por la espléndida Nueva York, meca alucinada del consumo sin fin, en la que hasta un niño (siempre que sea blanco) que sabe hacerse de una tarjeta de crédito puede participar a sus anchas del capitalismo más ebrio. El cine nacional quiso dejar su huella en ese camino, con una comedia pasatista que idealizaba las aventuras de un turista argentino por la ciudad de Rudy Guiliani. Todavía había World Trade Center, todavía había uno a uno y el sueño del turismo.

Durante la década del 90 las películas circulaban mayoritariamente en videoclubes, aquellos lugares con habitaciones y pasillos repletos de estantes y cajas de plástico. Se asistía a las salas de cine, pero una oferta cada vez más reducida y homogénea fue convirtiendo lo que alguna vez supo ser un espacio de emoción y misterio, en grandes cadenas de cine industrial, eminentemente norteamericano, anexadas a shoppings, casinos, hipermercados y otros enormes espacios de consumo. Los cines viejos se transformaron todos en iglesias evangélicas. La alternativa más interesante de aquel tiempo estaba en los videoclubes, que si eran de barrio, mejor, si eran emprendimientos de alguna persona excéntrica en su casa, mucho mucho mejor.

Mientras la nueva generación de realizadores apiñados en Buenos Aires retrataba amigos en la puerta de una casa, adolescentes rapados deambulando por las calles oscuras de Capital Federal o trabajadores precarizados viviendo el día a día, otro cine explotaba el imaginario del consumo de las formas más grotescas con estrellas de la televisión. La maldición de Polaco sería justamente esa, un periodo de producción audiovisual reprimido, trunco, poco difundido, pasatista o apocado. La censura y sus tentáculos, la condena social, el neoliberalismo y el soborno del consumo, un laberinto interminable de probabilidades que se entretejen sobre años oscuros, regados de muertos, atentados, corrupción y encubrimiento.

En la vida contemporánea plagada de barbijos, youtubers, tiktokeros e instagramers, el cine de los 90 te parece un manchón sobre un vidrio. Muy atrás quedó aquel mundo en el que la producción de imágenes implicaba un enorme esfuerzo y su concreción estaba envuelta en un halo de espectacularidad, maquinaria enorme y desproporcionada. De igual manera, el acceso a ellas. Mirado desde el prisma opaco de este presente multipantalla, que no te permite distinguir nada, la producción cinematográfica de la década del 90 te parece consecuente con los acontecimientos que esos años le trajeron al país en suerte: un pasadizo entre dos crisis económicas, un baile al borde de la cornisa, un montón de basura, un papel dorado que brilla, el castañeo de una dentadura postiza. El fantasma de Polaco que no olvida.


Imágenes:

(1) Fotocollage utilizado en el afiche promocional de Kindergarten (1989) de Jorge Polaco.

(2) Volante anónimo repartido en contra de la película. Fuente: Jorge Sala, “Crónica de un caso de censura: Kindergarten (1989, Jorge Polaco), la iglesia y la frágil postdictadura argentina”, Revista Atrio, n° 22, 2016, pp. 218-227.


#EspiralAños90 edición especial de textos críticos sobre los años 90s

editado por Francisco Lemus y Mario Scorzelli

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