• Matías Heer

Mil Lorcas un Pound




El Canto II de Ezra Pound comienza:


Hang it all, Robert Browning,

there can be but the one “Sordello.”

But Sordello, and my Sordello? *

Podemos pensar que Pound nos incita a una multiplicación de los Sordellos al ponerle un freno a Browning y proclamar un lugar para su Sordello, su personaje imaginario. Pero seamos un poco más incisivxs y preguntemos si acaso no está pidiendo la primacía del suyo, de coronar una obra, un personaje, un imaginario, quizás Un pacto :


I make truce with you, Walt Whitman—

I detested you long enough.

I come to you as a grown child

Who has had a pig-headed father;

I am old enough now to make friends.

It was you that broke the new wood,

Now is a time for carving.

We have one sap and one root—

Let there be commerce between us. **


En este poema Pound reproduce la hegemonía edípica padre-hijo para representar una herencia literaria unívoca, de un masculino a otro masculino. El primer verso inicia con una tregua (generalmente traducido como pacto, truce significa un acuerdo entre enemigxs) y dicha tregua no se hace desde un interés mutuo (por empezar, Whitman está muerto) sino desde el hartazgo: “Ya te detesté bastante”. Desde el inicio el poema confiesa cierta resignación, una incomodidad de fondo que por más acuerdo que se realice no desaparecerá. El chico creció y entra en la edad de hacer amistades, de conocer el mundo más allá del vínculo de amor-odio con su padre, y hereda la madera que cortó el padre y solo él; y por este hecho lo vestimos en nuestra imaginación con un trajecito de leñador y un hacha, cristalizando un arquetipo masculino y subsumiendo de esta manera la compleja historia de voces de la poesía, y de la poesía de Whitman en particular, a un solo camino causal: “Tenemos una sola raíz, la misma savia” para finalmente ofrecer un acuerdo basado en la lógica racional y alienante del comercio y el intercambio de mercancías. Hasta podría ser un bello poema colonial: de la guerra a la tregua, de la tregua al mercantilismo. No hay fraternidad, ni mucho menos amor, ternura, sino comercio: un acuerdo entre hombres que decide el rumbo del flujo de esa savia literaria.


¿Y cuál es esa incomodidad que lo fuerza a una tregua resignada? Según Witemeyer Pound dijo: “Soy un Walt Whitman que aprendió a usar cuello y camisa de vestir”, ¿acaso un comerciante civilizado? Y en otro momento: “No se puede llamar artista a un hombre, hasta que se muestre capaz de reticencia y moderación…” (Hugh Witemeyer, On “A pact”). Pound ve a Whitman como un desaforado y no se refiere solo a la falta de mesura técnica de sus versos, sino también a su nosotros, dos chicos juntos, abrazados, a los cálamos y a la erotización de la naturaleza y las ciudades, a su displicencia por la racionalización. La estela cuir de Whitman es aplastada por Pound y puesta al servicio de un canon patriarcal, unívoco, moderado y racional.



Hagámosle decir a Lorca, que también está muerto: pará un poco Pound, hay lugar para muchas Wallys, Whitman ¿y nuestra Whitman? El Whitman de Lorca, en Oda a Walt Whitman, no cortó nada, no fue invitado a ninguna repartija de bienes, ni a ninguna tregua. Es más, le dedica una oda:


Por el East River y el Bronx

los muchachos cantaban enseñaban sus cinturas

con la rueda, el aceite, el cuero y el martillo.


Whitman y Lorca caminan multiplicados por el Bronx donde los muchachos no realizan meras actividades preasumidas masculinas, sino que chocan dos mundos: el enseñar sus cinturas, una erótica sutil de una zona prefigurada femenina, y el mundo de la rueda, el aceite, el cuero y el martillo; y si aplicamos un poco de insolencia histórica nos podemos remitir al bdsm y los leather bars. No se realiza una tarea adánica, idílica, cortar un leño, o neutralizante, comerciar, sino que nos sumerge en medio de las multitudes “(n)oventa mil mineros sacaban la plata de las rocas” y “los muchachos luchaban con la industria” en un clima oscuro que nada remite al imaginario utópico y naif de Whitman:


Cuando la luna salga

las poleas rodarán para turbar el cielo;

un límite de agujas cercará la memoria

y los ataúdes se llevarán a los que no trabajan.


(...)


Nueva York de alambre y muerte.


Lorca no quiere inaugurar ningún comercio: el comercio ya es el status quo en el que se gobiernan esos cuerpos que no duermen, que no quieren ser río, que no aman las hojas grandes, ni la lengua azul de la playa, incluso que no mueren porque trabajan. El pacto al que llega Pound es el pacto del que escapa Lorca. Sin resentimiento, sin subrayar una línea de paternidad megalomana, Lorca invoca a Whitman con dulzura y erotismo:


ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman,

he dejado de ver tu barba llena de mariposas,

ni tus hombros de pana gastados por la luna,

ni tus muslos de Apolo virginal.


En lugar de un padre castrador (que corta la nueva madera), un amante deshinibido, con su barba de mariposas, Lorca lo nombra como un “anciano hermoso como la niebla” y lo hace gemir “que gemías igual que un pájaro / con el sexo atravesado por una aguja”. El cuerpo de Whitman se quiebra, se despedaza, se animaliza, se hace pájaro, se hace niebla, tiene el sexo atravesado por una aguja, un dolor en el sexo, un sexo problematizado: buscando un cuerpo que sea como un río, no hay padre, ni herencia, solo amistades, las maricas no son hombres, son ríos, sueñan en el desastre:


soñabas ser un río y dormir como un río

con aquel camarada que pondría en tu pecho

un pequeño dolor de ignorante leopardo.


Frente a una guerra imaginada y fálica que se resuelve en un intercambio comercial, aquí los cuerpos se descomponen y vuelven frágiles. hay deseo e ignorancia. Pero Lorca no es lineal, también lo enaltece en una masculinidad que al mismo tiempo no cansa de destruir:


Ni un solo momento, Adán de sangre, macho,

hombre solo en el mar, viejo hermoso Walt Whitman,

porque por las azoteas,

agrupados en los bares,

saliendo en racimos de las alcantarillas,

temblando entre las piernas de los chauffeurs

o girando en las plataformas del ajenjo,

los maricas, Walt Whitman, te señalan.


Lo bello de esta imagen: quienes lo señalan no se burlan, ni lo juzgan, o detestan, sino que lo invitan e invocan, señalan la estela cuir que Pound destruye con el hacha y el comercio. Y no es una invocación solitaria: Lorca, y Whitman, se multiplican en miles de voces de las ciudades, en árboles y andamios, aceite y toro y alga. El idealismo purista del comercio acá implosiona, el mundo al que se expone este Whitman es un mundo marica, trabajdor y desgarrado:


Porque es justo que hombre no busque su deleite

en la selva de sangre de la mañana próxima.

El cielo tiene playas donde evitar la vida

y hay cuerpos que no deben repetirse en la aurora.

(...)

Este es el mundo, amigo, agonía, agonía.

(...)

los ricos dan a sus queridas

pequeños moribundos iluminados,

y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada.


Llegando al final del poema Lorca realiza un giro abrupto y comienza a despoticar contra las maricas exaltadas y deseantes, defendiendo los roperos, los solitarios “que queman sus labios en silencio”, este espejo odiante de la voz deseante previa, que luego se continúa con una enumeración de sinónimos para homosexual, no puede ser leída de una manera llana y literal eludiendo la ironía dramática con la que enuncia Lorca:


¡Maricas de todo el mundo, asesinos de palomas!

Esclavos de la mujer, perras de sus tocadores,

abiertos en las plazas con fiebre de abanico

o emboscadas en yertos paisajes de cicuta.


¡No haya cuartel! La muerte

mana de vuestros ojos

y agrupa flores grises en la orilla del cieno.

¡No haya cuartel! ¡Alerta!

Que los confundidos, los puros,

los clásicos, los señalados, los suplicantes

os cierren las puertas de la bacanal.


Una parte de la crítica más convencional a Oda a Walt Whitman interpreta esta parte bajo la lupa del arrepentimiento; no creo que alguien que con tanto conocimiento de causa, con tantas dobles alusiones (“cuando el amigo come tu manzana, con un leve sabor de gasolina”) y tantos nombres para marica, que gasta 8 versos para enumerarlos se esté arrepintiendo de nada. Más bien está reutilizando un discurso, como apuntan Salgado y Pérez-Rodríguez para las poéticas de Stein hasta la Zowi: “Las puestas en acción de las afueras de una lengua, o de una lengua en relación a sus afueras, ofrecen a los sujetos la posibilidad de un existir lingüístico no higiénico y en lucha contra la cooptación semántica del consenso”. Y esto se aclara cuando se anuncia quiénes cerrarán las puertas de la bacanal: los clásicos (la herencia), los señalados (que son los que señalan), los suplicantes (“lo que queremos es que nos deseen”, decía Perlongher). Otrxs hablan de una división entre el mundo afectivo que busca Lorca como utopía frente al mundo del deseo regulado por el mercado. A mi modo de ver, seguramente diferente del de Lorca, podemos rescatar algo de esta disputa pero sin dejar de lado la parafernalia humorística que implica la reapropiación estética/política del insulto.



Si bien este análisis parece marcar una idea binaria (el Whitman de Pound, patriarcal, el Whitman de Lorca, cuir), no significa que solo hayan dos Whitman: podemos remover la literatura y encontraremos el Whitman de los puertos de zarpas coloniales de Pessoa, el de los supermercados de Ginsberg, el encarnado por Callero o el lesbo Whitman de May Swanson. Sin embargo, generar este pequeño aparato de análisis quizás nos ayuda a pensar el campo cultural contemporáneo y precedente y nuestra relación con las herencias veladas: la influencia de Pound no se debe solo a su técnica o a su poética, sino también a una concepción del campo cultural y las relaciones humanas. Detrás de esos paradigmas de herencia cultural se halla un política de la misma y una forma cotidiana de pensamiento que nos toca repensar para demoler su representación.



* Aguantá, Robert Browning,

no puede haber más que el “Sordello.”

Pero Sordello ¿y mi Sordello?


** Hago una tregua contigo, Walt Whitman-

Ya te detesté bastante.

Me dirijo a ti como un chico que creció

Y que tuvo un padre testarudo;

Ya estoy en edad de hacer amigos.

Fuiste tú el que cortó la madera nueva,

Ahora es tiempo de tallarla.

Tenemos una sola raíz, la misma savia—

Que haya comercio entre nosotros.




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